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TRIBUNA

Advertencias

domingo 19 de julio de 2026, 18:55h

¿Qué parte del verano puede considerarse como ya terminada? ¿En qué momento del mismo podemos dilucidar si llevamos bastante tramo recorrido o todavía es pronto para saberlo? Hay una fecha, puesta por cada uno en el calendario, en la que va notándose el cambio. Te dices, bien, esto queda a un lado, veamos qué nos depara lo siguiente. Pero no deja de ser una irrealidad en la que todavía no nos hemos podido posar, además de que, mareados por las consecutivas olas de calor, no se queda el razonamiento de cada uno como para ponerse filosóficos, solamente erráticos, ocurrentes los mejores días.

Los que nos hemos criado con las abuelas, más específicamente con abuelas castellanoleonesas, no podemos evitar que la elegía nos adelante por la banda y vaya marcando lo que ayer era sinónimo de jolgorio y contagio del mismo. No lo miramos igual y nos da por mascullar que eso se acabará pronto y que ‘el verano se impuso como un telón helado’, que decía un verso de Luis Muñoz, para avivar la distancia con todo. Es complicado saltarse esa pájara, más cuando lo que nos detiene no llega a contrarrestar nuestro poco fundado desabrimiento. ¿Se diluye con la edad?

La marquesa de S. no tenía una respuesta clara, sólo me advirtió, con sendos tirones amistosos del brazo, que me estaba poniendo un tanto pesado últimamente con eso de lo que el verano eleva o hunde en el ánimo de cada uno. Tampoco es que haya dejado de hablar de lo mismo, llegadas estas semanas, en ocasiones anteriores. Tampoco, tampoco, replicó ella, pero mejor sentémonos a tomar algo, siguió, que entre escucharte darle vueltas al tema y el trote cochinero al que me llevas, me va a dar una alferecía. Ordeno y mando. No le faltaba razón.

Dos tintos en la terraza de un recodo de la calle de Segovia. Eso, eso, tú busca un sitio con más escaleras si eso, de verdad, parece que hoy quieras acabar conmigo. Los marqueses también lloran, ya se sabe. Menos atribulado uno y aposentada e hidratada ella, pudimos orearnos con el público de la zona, que nunca es del todo distinto, pero siempre es mucho menos de lo que podría ser. Sólo en tardes específicas consigue entregarse en todo su esplendor, y ahí es cuando no te creen una palabra si intentas contarlo después. Como era de esperar, las parejas repetían el minué de sus amoríos nacientes o asentados, no sabemos si al mismo nivel de deshidratación que la marquesa, pero por ahí iría el asunto. Nos miramos y saltó con la misma pregunta de hace unas semanas. Hoy, ¿qué dices? ¿Qué te parecen? Uno tenía ya el pesimismo en mínimos. Es bonito que estén así. A la marquesa de S. le hicieron volatines los ojos notando el sarcasmo. ¿Qué?, le respondía, tampoco me apetece mentir; son romances de hipódromo los que están teniendo, pero igualmente es bonito ser testigo de ellos. ¿Romances de qué?, preguntó, inevitable la risa, sujetándose la dentadura, tintineando el collar. Sí, claro: esos que ocurren demasiado rápido como para sentir que realizar la apuesta va a tener sentido. Agité mi vaso como quien estaba seguro de haber firmado un texto lleno de ideas sin parangón. Pedimos dos más. La marquesa asintió. Eres más tonto…

Nada se puede, ni se debe, hacer contra esos sentimientos. Si acaso, poner en el momento en que son testimoniados, las mismas dosis de entusiasmo que demostraron sus autores. Tienen que importar lo justo, sin miedo a que más adelante cambien y a quienes los cuenten. Lo dijo Carlos Pardo en otros versos: ‘Parece que el presente/ se afana en alterar sus huellas/ para fingir después que son reales,/ con sus mismos temores y actitudes./ Su mentira es absurda, pero útil’.

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