La mayor parte de las familias españolas con arraigo de varias generaciones tiene un vínculo familiar con la Guerra Civil. El trauma puede superarse, pero difícilmente se olvida, al menos, durante el primer siglo, cuando todavía la memoria familiar es sólida para que exista un enlace, más sibilino según avanza el tiempo, entre antepasados y receptores. Luego, guste o disguste, esta memoria se desvanece, igual que se disolvió en la historia el tétrico impacto de la invasión napoleónica, el frenesí de las guerras carlistas, los conflictos bélicos de 1898 y en el Rif o incluso la Guerra de Sucesión. Según las familias se mezclan y las vivencias quedan distorsionadas, la masacre y la mediocridad que significa la violencia humana se desdibujan.
Pero habitamos en 2026 y la Guerra Civil y su impacto sociopolítico siguen vigentes. Escribo esta crítica, de hecho, en dieciocho de julio, cuando el conflicto estalló y dividió, a diferencia de otros anteriores, el país y la humanidad de las personas. Sin bandos ni banderas los hubo salvajes entregados a la agresividad compulsiva y buscadores incansables de un amor por la vida que salvó a afines y a adversarios de acabar con su cuerpo olvidado en una fosa común. En medio, una gran masa de habitantes que sólo quería sobrevivir, intentando pasar desapercibidos, no siempre con buen éxito.
De pasar desapercibido, en buena medida, trata Los abrazos perdidos, la nueva propuesta narrativa de Pepa Fraile. Publicada en Grijalbo (sus anteriores trabajos, autoeditados, también merecen justa atención), Fraile confía al lector la memoria de Clara, la protagonista, quien con apenas veintidós años —veinticuatro en su nueva cédula de identidad—, con el origen y los datos falsificados, es responsable de su hijo y de su propia pervivencia una vez se quedó viuda. Al principio, la nueva Clara y su hijo Miguel pasan desapercibidos en su nuevo destino, un pequeño pueblo catalán. Sin embargo, una guerra fratricida posee siempre una sombra alargada.
Antiguos conocedores de su anterior identidad, viejos compañeros de armas de su marido, el renacimiento del amor, el deseo de ver al hijo crecer en paz y el rencor, el ánimo de obtener rédito social, también de sentirse superior causando daño, de vecinos convertidos en delatores.
No contaré el final, al que queda invitado a descubrir el lector o lectora, como el resto de la trama Sí diré que esta novela es capaz de situar a la mujer y su fragilidad en aquel terrible contexto pre y post bélico con un potente esmero narrativo. Los abrazos perdidos es una novela colmada de humanidad y de acierto en el estilo. En ocasiones, un poco chirriante en el equilibrio de voces como sucede, por ejemplo, con los gestos y palabras rudas, también en algunos momentos de diálogo, que no se perciben naturales. Por lo demás, la prosa es fluida y de agradable lectura, lo que ya es decir mucho para el género entre los miles de propuestas que se presentan cada año para ser publicadas.
Pienso, no obstante, que el esfuerzo de Grijalbo por descubrir nuevos talentos, muchas veces en solitario, tiene el doble filo de, quizá, no estar exigiendo un pulido mayor a las obras que escoge. En sus cuatrocientas páginas, esta novela podría haber mejorado su ritmo y enfoque de haber existido un trabajo editor más profuso del que he sido capaz de percibir. En otras palabras, Los abrazos perdidos es otra buena novela más sobre la Guerra Civil que gusta de ser leída y de la que espero tenga un grato recorrido en librerías encontrando nuevos lectores, pero que podría haber sido aún más impactante y ambiciosa de su estado actual, porque talento y calidad hay en este trabajo, y mucho.