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TRIBUNA

¡España, España!

Juan José Vijuesca
miércoles 22 de julio de 2026, 19:27h

Podría comenzar hablándoles de honras y de barcos, pero no sería justo hacerlo cuando la victoria de España en el Mundial nos ha despertado como país, demostrando que el juego colectivo, bien orquestado en todas sus facetas, tiene amplias posibilidades de triunfar. Como así ha sido.

Durante unos cuantos días hemos ‘españoleado’ sin la turbación de ser confundidos por lenguas de falsos dictados; ya saben, quienes nos utilizan con artificiosos apelativos por la única razón de ser españoles. Sin más. Una cosa es hacer apología, según mercado de ocasión; y otra muy distinta el no respetar la libertad de los demás. Un gol frente a Argentina elogia y simboliza el orgullo de millones de personas dentro y fuera de España. Lo abanderas, lo exhibes, lo paseas sin remilgos ante una de las mayores manifestaciones de sencillez terrenal. Guste o no guste.

La bandera de España ha inundado rincones silenciados, hostigados, perseguidos. En Cataluña han dejado atrás el zotal, dando paso al limpio aire de los colores recién pintados de rojo y amarillo intenso, como un delirio colorista de Dalí. En los últimos tiempos nos ha faltado identidad y nos ha sobrado orfandad. Quizás así comenzara el Renacimiento; o quizás lo acontecido sea una señal de que algo nuevo está surgiendo o floreciendo, y que nos resetea por dentro, eliminando impurezas e instalando en nosotros el equilibrio, la proporción y la belleza ideal que nos han quitado los amantes de la alienación humana.

España es un país de épicas y grandezas; sin embargo, hay quienes no lo aceptan por rivalidades y mezquindades. Disponemos de una belleza que adultera los sentidos, además de comer bien hasta debajo de un castaño. Por si fuera poco, gozamos de un país rico en envidias que degradan la hermosura de sus dones, que son muchos a lo largo y ancho de sus límites geográficos. País capaz de unir y desunir al estilo de una mantis religiosa. Animalito cuya hembra se encama para, después de aparearse, devorar al macho y quedarse con todos los nutrientes. España, a través de una generosidad incomparable, tiende a imitar a ese insecto mantodeo con aquellas formaciones políticas que subsisten de los malhumores y otros experimentos con gaseosa a cambio de nutrientes en especie, léase monedas de curso legal.

Mientras que el humor y la erudición siempre han resuelto muchos avatares a lo largo de nuestra historia, la parte heroica nos ha salvado los muebles en los episodios relevantes de guerras y otros conflictos de menor enjundia. La parte heroica sería muy larga de contar. Por diversas razones, entre ellas, que los antiespañoles desestiman nuestra historia universal y optan por validar su independencia y deslealtad a costa de hacerse ricos con cargo a los que participamos como mártires del patriotismo, es decir, los españoles honrados y leales.

Y a partir de aquí viene la necesidad de comprender la magnitud de nuestro país. España no es solo su situación geográfica; la lengua primitiva, la historia, el surgimiento de sus pobladores y la literatura son las evidencias de la magnitud del país; y para apuntalar esta idea hay que recurrir a la esencia que, como pueblo plural y diverso, hemos cosechado durante tantos siglos. Hoy es el futbol, que una vez más nos ha dado ejemplo de unidad. Acción tan primitiva como versátil, la de patear una pelota hasta romper la barrera del sonido de millones de personas cansadas y divididas por culpa de haraganes que se empeñan en degradarnos como seres humanos. A fin de cuentas, los verdaderos herederos de nuestra grandeza nacional cuando estamos unidos en las buenas y en las malas. Pues ha sido el fútbol, como digo, quien ha hecho los deberes para conseguir lo que deberían hacer nuestros actuales mandatarios, mayormente empeñados en el frentismo y en levantar muros entre iguales. Algo obsceno e incivil.

En fin, ha bastado una sola voz. Un solo gol, para demostrar que este país, cuando se une, juega limpio y resulta imparable. Cuando algo se mueve, algo se despierta. Algo se transforma. Hay motivos para volver a creer. Ojalá.

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