Reforma electoral (Carta a los Reyes)
domingo 28 de diciembre de 2008, 18:57h
Me refiero, lógicamente, a los Reyes Magos, que son los que alimentan nuestras ilusiones más profundas.
Porque el firmante tiene la sospecha de que la ilusión de una reforma electoral es compartida por un número bastante amplio de ciudadanos y que, en la actualidad española, los mecanismos de representación parlamentaria están completamente controlados por los partidos políticos como consecuencia, sobre todo, del sistema de listas cerradas. Fue una opción razonable a la altura de 1977, cuando se temía la ingobernabilidad que podría derivarse de un sistema de partidos excesivamente fragmentado.
En la misma línea operó el sistema de proporcionalidad adoptado (Ley D’Hont) que asegura la representación de las circunscripciones menos
pobladas y prima a los partidos mayoritarios. Resultado inevitable: mayor control aún de los grandes formaciones políticas y sobrerrepresentación de los nacionalismos. Lo que era razonable en 1977 comenzó a dejar de serlo casi a partir de ese momento inicial, en la misma medida en que se consolidaba el sistema de partidos y se empezaba a perfilar una clase política profesional -en la que proliferan los malos profesionales- que se ha hecho con las maquinarias de los partidos. Que nadie piense que me refiero a un solo partido. Hay políticos que llevan decenas de años apaciblemente acomodados en las filas de una oposición remunerada.
Como se ha dicho muchas veces, todas la leyes electorales son reformables y ninguna de ellas es perfecta. Desde las Cortes de Cádiz -
de las que pronto vamos a celebrar el segundo centenario- hemo contado con más de dos docenas de regulaciones electorales aunque los
modelos de sistema electoral hayan variado mucho menos. Las circunscripciones electorales provinciales, en las que se votan varios nombres, han sido la situación más frecuente en el pasado español pero también hemos tenido, durante dos largos periodos que suman setenta años, distritos en los que sólo se elegía al candidato más votado. Un sistema que habría asegurado la elección de los mejores
si hubiese sido capaz de imponerse a las prácticas del caciquismo. De ahí que, proclamada la segunda República, se volviera a un sistema de
circunscripciones provinciales con listas abiertas.
La amenaza de 1977 no era ya el caciquismo sino la atomización partidista aunque, entre otros resultados negativos, nos encontremos
ahora con un excesivo peso de la maquinaria de los partidos y un empobrecimiento de la representación parlamentaria, en la que apenas
sobresale otra personalidad que la del líder supremo y, en todo caso, la del reducido número de sus mariachis más allegados.
Algunos nos hemos consolado, a veces, con la gran altura moral que suele adjudicársele al voto en blanco, que le hace aparecer a uno como
un ciudadano que respeta los mecanismos representativos, pero sin conceder la confianza a quienes tal vez no la merezcan. Sin embargo,
no deja de ser escamante la tranquilidad, y hasta la satisfacción, con la que los partidos mayoritarios acogen ese tipo de voto que, al fin y
al cabo, no deja de favorecerlos.
En esas circunstancias, sólo tiene sentido un voto que signifique un apoyo claro a una reforma electoral que responda mejor a los variados
intereses de los ciudadanos y permita discernir las cualidades personales de representantes que, hasta ahora, se vienen refugiando al
calor de listas cerradas, protegidos por la influencia del líder carismático.
Un proyecto de reforma electoral generado desde dentro del sistema político, aunque resulte difícil de creer que vaya a surgir de los dos
partidos mayoritarios, que son los grandes beneficiarios de la situación actual.
De ahí que sólo se me ocurra escribirle esta carta a los Reyes. A los Reyes Magos, por supuesto.
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Catedrático de la UCM
OCTAVIO RUIZ-MANJÓN es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid
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