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TRIBUNA

Porque hablar de libros es algo necesario

domingo 16 de agosto de 2026, 17:44h

Mientras la siesta va notando cómo se eclipsa su protagonismo —y disculpas por la comparación, pues supongo que, cuando esto se publique, estaremos ya hasta el copete del susodicho fenómeno astronómico, aunque fue espectacular— debido a un camión que anuncia por megafonía diversos tubérculos de distintos rincones del país, para ser comprobados sus sabores sin parangón, este se pasea lentamente por las calles del pueblo y uno vacila entre si seguir durmiendo o seguir leyendo. La visión del mueble con otros lomos delante de un espejo, doblega ante la sensación de vánita que compone y que impele a lanzarse sobre ellos y así, uno tras otro, recuperar todo ese tiempo que se ha aprovechado en algo que también nos ha parecido de un valor insustituible.

Las tardes del verano son un criadero de indecisiones, y por ese mismo contagio que se advierte si uno no se encuentra sesteando en la playa o descansando después de finalizar un tramo recorrido de monte, es conveniente elegir títulos que se opongan a la dejadez que horada esos momentos, porque el verano es atractivo por esos huecos, esas versiones que encontramos y que antes se ocultaban cautelosamente, pues saben del desperdicio que hacemos de ellos y ellas cuando se nos muestran en su completa exuberancia.

La compilación de las prosas de la poeta Wisława Szymborska, en distintas editoriales, me atrevería a decir que tuvo su apoteosis en el Correo literario, y este debería ser reeditado para que todos supieran del lado más socarrón, cuando no mordaz sin perder un ápice de humor, del que son capaces los poetas que ejercen la crítica literaria. A lo largo de casi cuatro décadas, desde principios de los cincuenta hasta los ochenta, Szymborska y Włodzimierz Maciąg se turnaron las respuestas que la revista ofrecía al material que los lectores enviaban. Como suele ser habitual en este tipo de situaciones, la mayoría de las propuestas producían eso que se siente al recibir un diagnóstico maligno, exceptuando ese mínimo porcentaje que redime y compensa. Las respuestas no se anduvieron por las ramas: pusieron a cada cual en su sitio, sin evitar los saludos cordiales finales, los mejores deseos —de seguir intentándolo o parar antes de que fuese peor— y los comentarios jocosos hacia las ínfulas que cada cual demostraba y rogaba a la hora de que sus textos fueran leídos y escrutados.

De esta lectura, uno se percata del escaso atrevimiento del que pecamos actualmente para separar la paja del grano en estos ámbitos, y del parecido que es posible hallar entre las formas del humor polaco y el español. Breves o más extensas, todas cumplen su función de oda al talento, de insistir en mejorarlo en caso de tenerlo, y de epitafio para los que ya pensaban que cargaban en sus hombros todo el peso del Parnaso.

Para seguir con la necesidad de mostrar otros aspectos del mundo literario, qué mejor que las historias de amistad entre escritores, ya que suele ser el terreno para que puedan darse las de estima más fecunda y las de odio más enconado. Refiriéndonos a las primeras, la amistad a lo largo de los años setenta y comienzos del siglo XXI entre los poetas Julio Aumente y Luis Antonio de Villena, nos permite ahora pasear por los capítulos de La vida exquisita y esquiva de Julio Aumente del mismo modo que Villena lo hizo por los salones atiborrados de estatuas, cuadros, bibelots y demás enseres que ocupaban el piso de Aumente en la madrileña calle Bárbara de Braganza, y su ubicación es necesario mencionarla, porque entre Salesas, Chueca y Recoletos se desarrollaría la segunda vida poética del autor cordobés, uno de los más desconocidos del grupo Cántico.

Aumente, que publicó dos libros a comienzos de la década de los cincuenta, regresó oficialmente con La Antesala, en el año 1983. Tuvo su dedicación profesional en la genealogía y la heráldica y la venta de antigüedades, trabajos que recubrieron su vida con un aire a lo D’Annunzio, pero que él fue desbrozando hasta conseguir una poesía de lo más pagana y callejera. Los muchachos patinadores de Recoletos tuvieron su parte de culpa, pero más bien gracia, en su sentido más bendito, en la vitalidad recobrada. Su amigo Villena, fue quien pudo auparlo en ese segundo nacimiento poético que hubiera quedado en montón de polvo dorado. No tuvo Aumente el reconocimiento, no al mismo nivel, del que sí gozaron el resto de integrantes de Cántico, pero lo que se desprende de la lectura de La vida exquisita…, es que hay determinadas compañías que seducen por la renovación que ponen en nuestra mirada, como si el sentido de lo que hacemos y creemos, no hubiera estado verdaderamente accionado hasta que dicha persona apareciese, con toda su infinita sabiduría, y viéndose correspondida la simpatía con la revelación que puede confesarse.

En estos libros de Szymborska y de Villena, por alguna razón que desconozco, uno encuentra lo sombrío de los brillos perdidos y la felicidad por saber sobreponerse a los numerosos fallos que surgen en lo que no tiene importancia. Porque hablar de libros es algo necesario, cada una de estas páginas hace duplicar la abundancia de lo que en cualquier otro momento nos pudiera parecer simplemente vida, una más que, a la mínima que nos descuidemos, se malogra y se escapa.

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