Disculpas de antemano. En medio de los calores veraniegos, en lugar de césped bien regado, en lugar de una sombrilla, en lugar de un cubata frío en la mano, vengo a proponerles humildemente este artículo que sólo puede contribuir a calentar más la cabeza. Aguante por favor su vela el lector, pues apenas me veo capaz de sostener el timón para evitar los escollos de su explicación más o menos clara. A veces no tengo remedio, y la cabra tira al monte, aunque ni siquiera haya monte. Algo me queda de filósofo académico, porque al menos yo todavía no he encontrado vacuna alguna para evitarlo a pesar de tanto esfuerzo. Seguro que -con razón- si alguno de mis lectores no se enfada conmigo esta vez, es porque de verdad me perdona, incluso lo imperdonable.
Los filósofos más académicos, los que definen a la filosofía como capacidad de poder decir -sólo “poder decir”, aunque lo dicho no merezca ser dicho, andan seducidos por el speech act, el lenguaje de la Institución, la Institución como lenguaje. Les encanta el oui, mais non, tan querido a Charles De Gaulle, cuyas palabras se estiraban hasta el nivel de su estatura. Les encanta el a propos du sujet, au sujet du sujet, decidir la decisión, fascinar la fascinación, anonadar más la nada anonadada sin conectar con la realidad.
Los filósofos/filólogos nos dividimos en charlatanes y en filólogos, los primeros llevados por la libertad de lo imaginario seductor, los segundos sujetos a la sujeción de la frástica, la perifrástica, y la hermeneútica de la hermeneútica. En el caso del escritor traductor del alemán al español todo esto se complica, pues el idioma alemán se entiende a trancas y barrancas, algo que encantaba a Heidegger, según el cual el único idioma digno de pensar filosóficamente la filosofía era el germánico. El lenguaje vendría a ser el grado cero de lo que llaman atestación, sobre el cual vendría la hermenéutica a rejonear al toro de lo dicho hasta su arrastre por las mulillas. Su totem es Lalia, del verbo griego laléin, hablar reclamando la autoría y el copy right: “yo soy autor del discurso”, yo soy yo y mis discursos, la mensura mensurans, la medida de lo medido, la miennauté de l’être o “meidad” del ser, la Jemeinigkeit o autoposición, su Eigentlichkeit, lo verdaderamente verdadero o propiamente apropiado, el delirio de una ipseidad subjetiva eternamente insatisfecha con el decir. Y, claro, luego las traducciones no hay quien las entienda y necesitan ser retraducidas y elevadas a voz perifrástica. Como si fuera chino y cada criptograma pudiera ser interpretada de mil modos, no pudendo saberse si lee a Confucio o a Confusio.
Aunque reflejado en el espejo de Vanitas, el discurso filosófico es, pero perderá el tiempo quien pregunte qué es: ¿de quoi parles-tu, d’ou parles-tu?, pues hable de lo que hable siempre hablará de su en sí para sí, mayestáticamente, pues su escudo heráldico reza: pour être le seul, je veux finalement être seul, para ser único necesito estar solo. La filosofía, locución sin interlocución, textualidad sin intertestificación, levanta acta del atestado con el cuerpo ausente del ego -como Descartes- sin deudos que lo lloren, la filosofía egótica moquea lágrimas de cocodrilo. Der Angesprochene, celui qui est appélé: ¿me habla a mí, se pregunta el interpelado? Su problema es sobre todo cómo hacer cosas con palabras. Yo soy yo y mis discursos. mía la subjetividad autotética y autotélica, yo principio y fin de todas las palabras. Es el precio de un drama que paga su peaje cuando no existe solicitud por el otro, cuando se ha querido ser capaz sin ser responsable, cuando la memoria de sí implica el olvido de ti. Pretensión de autonomía (Selbstheit, Selbständigkeit der Selbst, Beständigkeit), maciza antítesis del desinterés o des/inter/essement, la filosofía/filología va del idem al ipse, del ipse al idem, al solus ipse: palabras, palabras, palabras.
¿Y las posibles reclamaciones ante todos estos galimatías? Al maestro armero. De todos modos, tampoco la así llamada identidad narrativa del maestro armero es la presencia, sino la representación. Hay maestros armeros especializados en género lírico, otros en género trágico, y la mayoría en género cómico, síntesis de los dos anteriores. Hay a su vez subgéneros menores en las ramas del árbol de Porfirio, incluidas las greguerías, especie de nous poietikós de pie quebrado, metáforas de realidad cuyo rayo de palabras incendia al caer. En última determinación, sin embargo, como dijimos, sobre todo el filósofo se siente amenazado por la pérdida del ornitorrinco de su yo (“mi yo, mi yo, que me roba mi yo”), o por la extrañeza de su ego (moi c’est un autre), mi carro me lo robaron, dónde estará mi carro.
Filología, sujeto ausente donde sólo cabe primera persona (nominativo egonominal), reduce la segunda y la tercera a un impersonal reflexivo, y la respuesta no es un heme a mí contigo. Te vivo como cogito herido por mi yo hiriente en esa lucha por el reconocimiento que no reconcilia porque mi querer es requerir, drama biográfico donde lo que fue memoria se convertirá en agravio para tornar al polvo del olvido. No cabe historia de la víctima, sino historias autistas de victimación. Aquí el dilema va del querer la nada al nada querer, del ser sin posibilidad a la posibilidad sin ser: el sujeto reducido a palabras para nada significar. El sujeto de la modernidad son los Demonen mit Verstand de los egoístas racionales El gran problema metafísico del cogito egoísta consiste en saber cómo se puede usar al cogito ajeno. Aun necesitando del otro, sólo acaece en relación destitutiva. Uno de los filósofos de renombre ya comido por los gusanos me dijo enfatuado: soy un devorador de hombres, Menschenfresser. Cuando Ortega, en una de sus peores faenas en el ruedo ibérico, contrapuso a Renato Descartes el frailuco de tosco sayal Juan de La Cruz, abrió la caja de Pandora. Habitamos las ruinas de las ideologías modernas y, si es verdad como afirmó Franz Kafka que la estructura interior de un edificio se aprecia mejor tras haber sido incendiado y quedar en ruinas, entonces es rotundamente falso que “en el Oeste vivimos en el mejor mundo social que haya existido nunca, y eso a pesar de la alta traición de la mayoría de los intelectuales, que anuncian una nueva religión pesimista, según la cual vivimos en un infierno moral y nos estamos destruyendo por contaminación física y moral. Afirmo que esta religión pesimista no sólo es una mentira grosera, sino que nunca existió una sociedad tan dispuesta a la reforma. Ese gusto por la reforma es el resultado de una nueva disposición ética al sacrificio. n el mundo occidental un mundo precioso y hemos creado aquí el mejor sistema social que haya existido nunca. América ha demostrado que la idea de la libertad personal, como la intentó Solón en Atenas y como la elaboró Kant, no es un sueño utópico. He estado en muchos países, pero en ningún sitio he respirado un aire tan libre como en USA, ni tanto idealismo, tolerancia y deseo de aprender tan activo y tan práctico, ni una disposición tan grande a ayudar”. ¿También con Trump, si lo hubiera conocido? Se me acabaron las ganas de leer a mi admirado tocayo Karl Popper. Ojalá que a ustedes no se les ocurra hacer lo mismo conmigo después de este artículo.
El resultado de estos galimatías filológicos es que se está imponiendo la plastisfera o cultura de plástico para ceneques. Personas electrónicas en plastisfera sin elpídesis eis auto, sin progreso hacia sí mismo. Si la filosofología se reduce a meros fines artísticos es que no tienen naturaleza y -como la historia del arte- deviene historia de la transgresión. ¿Cuándo volverán las palabras a ser Palabra, wan werden Wörter wieder Wort? Pues la realidad no es superior a las ideas, ni a la inversa: forman una causalidad circular. ¿Would you really, recuperarás realmente esa unión, me pregunto a
mí mismo?