Mi reciente viaje a Lisboa me recordó, al entrar en algunas librerías de la zona de Chiado, que el gran António Lobo Antunes murió en marzo de este mismo año. Psiquiatra en un hospital de Lisboa ( los médicos que son grandes escritores en Portugal es un hecho frecuente: Fernando Namora ) y antiguo oficial en la guerra colonial de Angola nos ha dejado unos libros de extraordinaria calidad literaria. Ya con sus obras iniciales, Memória de Elefante, Os Cus de Judas, Conhecimento do Inferno o Explicaçao dos Pássaros ganó en seguida al público portugués. Y sólo con que hubiera escrito el Tratado de las pasiones y El orden natural de las cosas ya se le debería tratar como un clásico de la literatura portuguesa, con claras opciones para el Premio Nóbel que, al final, ganó otro compatriota por su exposición pseudoliteraria de solemnes perogrulladas y sublime simplicidad de haplotismo de parvulario, pero latoso como una enciclopedia infantil sin grabados. También debió haberlo ganado Fernando Namora. Lisboeta hasta la médula, como Fernando Pessoa, Lobo Antunes ha sido el mejor continuador del barroquismo experimental que introdujo James Joyce con su Ulysses: Dublín y Lisboa son parte de la misma geografía literaria de los dos genios.
En el Tratado de las pasiones nos narra el encuentro que un juez de instrucción tiene con un terrorista, descendiente de los terratenientes que tenían contratados como guardeses a los padres del juez, relatándonos también la evolución social, espiritual y moral de ambos. Cuando el juez va a ver a sus padres, el padre le dice a la madre: “Con un hijo así de importante tienes que ir al peluquero de vez en cuando, Silvina”. Interesante por lo poco que pesa el carácter de clase en las personas. O no. Hay que concluir que la burguesía ha de dominar el universo hasta la resurrección de la carne. El orden natural de las cosas contiene cinco narraciones duras, desapacibles, tremendas, pero con un fondo de ternura y delicada poesía que humaniza hasta la barbarie y egoísmo del hombre, del pobre hombre, del pobre y del loco, las cinco unidas por una ósmosis en virtud de la cual circulan todos los personajes. La primera nos sitúa ante un policía político de la época salazarista que atrapaba y torturaba
inclementemente a los comunistas hasta matar a algunos, en un Portugal en el que todo se estancaba y suspendía en el tiempo, y que tras la Revolución de los Claveles se junta amancebado con una adolescente treinta años y pico más joven que él, nacida en Mozambique precisamente en el año de la Revolución, y que como diabética que es tiene una continua fragancia de crisantemos. “Sueño con la fiesta de nuestra boda en un salón repleto de tus compañeras de Instituto, cada cual inflando un chicle de color rosa”. Además, se aprovecha de las prostitutas y hasta llega a desplumar a su hermano del poco dinero que tiene. Pero todas las cosas en este mundo acaban retornando al humilde, cotidiano, resignado y sabio orden de costumbre. Tras la Revolución este torturador, ferozmente anticomunista, morbosamente anticomunista, miembro de la Policía Política, siempre bajo el delirio constante de que los rusos van a tomar Lisboa, queda en paro, y tiene que vivir como profesor de hipnotismo por correspondencia, y ganando unas monedas por contar su vida al “amigo escritor”. En otra narración se nos presenta el portugués don Domingos Oliveira que, tras la independencia de Mozambique, vuelve a la patria dejando a su mujer loca en un horrible manicomio de la excolonia. Su trabajo de minero en Johannesburgo se transforma en una loca pulsión de viejo que lo obliga a agujerear las calles de Lisboa hasta hacer estallar las alcantarillas y producir una lluvia de excrementos infinitos sobre la Ciudad.
¿Pueden tener los pobres malvados de estas dos grandes novelas el alma delicada y poética? Pero lo de menos en estas obras es el argumento – que es magnífico, valiente y conmovedor – sino la singular belleza poética con que António Lobo Antunes contaba sus historias. El patético frenesí inútil de la saudade, intentando curarse de sus achaques con orujo, nimba todas las páginas de sus grandes novelas. Las ventanas de Lisboa con los estores bajados recuerdan los ojos de los muertos, y los camiones parecen asmáticos jadeando al enfilar las pindias cuestas de la ciudad. Nunca desancorados de su Imperio, los portugueses, antiguos dueños de los destinos de ultramar, viven su hidalguía congénita, hijos del mar, como los ingleses, y decoran sus casas y hoteles con libros exóticos y tristes y, sobre todo, con objetos inútiles de galeones náufragos. Los gorriones lisboetas se disponen en las calles altas como semifusas en los cables de la luz. Lisboa imaginaria baja hacia el río a lo largo de una confusa precipitación de callejones inventados. Qué paz en los muertos del caserón de la morgue, y nosotros gozando en sosiego del solecito, radiantes a más no poder, qué ganas de otro refresco, de otro sándwich, de un platito de caracoles o de pipas de calabaza, comidos aquí contigo. En Portugal desear a una mestiza es el primer síntoma de mejoría, quien no piensa en mestizas muere. Portugal, un país en el que todo se inclina hacia el mar, en el que se siente la presencia de las olas en las hebras de las espigas, un sitio que no es otra cosa que la resaca de la bajamar, las olas se retiran y abandonan un convento en la arena, las olas se retiran y abandonan un manojo de calles, un monolito y una plaza, las olas se retiran y abandonan un hotel, una prisión, un barrio, una misa de campaña, un velatorio, las olas se retiran y nos abandonan a nosotros, a la mesa, mientras comemos los grelos y la merluza de la cena.
De forma explícita Lobo Antunes llegó a afirmar varias veces que la razón primera por la cual escribía fue para dar la voz a los pobres, a los hombres y mujeres que carecían de alma porque no tenían dinero. Sólo el Dinero, el verdadero y único dios de Occidente, dota de alma a los que le son devotos. También escribe para aquel niño de cuatro años, José Francisco, que murió de cáncer en el hospital en que Lobo Antunes trabajaba después de venir como oficial de la guerra de Angola. Los pies del niño muerto colgaban y se balanceaban fuera de la camilla cuando lo sacaron de la habitación, quizás como despidiéndose del genial escritor humanista. “Ho yatrós kaì philosóphos”, sostenía Galeno. Sit tibi terra levis, magno Antonio Lupo Antuni.