Los intelectuales fueron siempre un punto de fricción con el perfil político de Fidel Castro: los fusiles sustituyeron a las palabras. Esta lucha dialéctica entre la razón y la fuerza ha sido una constante, hasta la fecha, en la relación entre la Revolución Cubana el pensamiento crítico.
No muy lejos de la segunda mitad de los años cincuenta estaban vivas todavía en las evidencias de que esa relación entre el pensamiento y la acción, la historia y la praxis, no se había convertido en problema durante la conflagración en Europa en la Segunda Guerra Mundial: intelectuales tomaron las armas y las palabras de manera directa como resistencia en contra del nazismo.
Pero pasados los combates estallaron las contradicciones. Antes del choque de intelectuales y Fidel Castro, Francia sacudió el ambiente cultural con el choque ideológico entre Jean-Paul Sartre y Albert Camus, compañeros de lucha en la resistencia, el primero en la reflexión activista y el segundo desde su periódico Combate y la resistencia. El ensayo El hombre rebelde de Camus en 1951 a partir de su experiencia intelectual posterior a la guerra pero en el caso concreto de Argelia encontró un reclamo crítico directo en la revista Les Temps Modernes de Sartre. Ya no fue el nazismo, sino la lucha por proyectos políticos.
Fidel Castro desarrolló su lucha guerrillera de 1953 a la toma del poder el 1 de enero de 1959, y fue muy significativa y reconocida la participación de intelectuales desde sus textos y muchos de ellos en acciones guerrilleras. El proyecto castrista de la Revolución Cubana --la instauración en América Latina del primer régimen comunista totalizador-- entró en choque con los intelectuales, la vieja lucha entre la teoría y la praxis. Los intelectuales quisieron influir en el rumbo ideológico de la instauración del socialismo, en tanto que los comandantes guerrilleros fundaron una estructura autoritaria militar porque era la única que le daría viabilidad a la victoria guerrillera.
En los 67 años de vida de la Revolución Cubana hecha gobierno, la relación Castro-intelectuales causó muchos estragos para la consolidación del nuevo régimen, pero puede analizarse a la distancia que fue producto de la imposible síntesis entre la fuerza del poder y las condicionantes de la inteligencia. Castro, desde el principio, quiso evitar que en Cuba naciera un régimen de la autonomía intelectual: nunca quiso un Solzhenitsyn en La Habana, escribió Ángel Rama.
El régimen comunista cubano tuvo choques de dimensiones históricas con los intelectuales. De manera resumida se pueden detectar tres: El caso del documental P.M en 1961 que provocó la primera ruptura, el caso del poeta Padilla en 1968 y 1971 que derivó en el rompimiento de Mario Vargas Llosa y el caso del fusilamiento de balseros en 2003 que condujo al “hasta aquí llego” del premio nobel José Saramago.
Los tres incidentes dejan ver un perfil analítico que se ha ido posponiendo en la evaluación de la política cultural del castrismo en Cuba: el autoritarismo del poder frente a la libertad de creación. A la distancia se puede considerar que los incidentes del documental de Padilla y de los fusilamientos eran menores en la dimensión de las relaciones entre cultura y poder, pero también se tiene ya la frialdad de la distancia histórica para considerar que Fidel Castro fabricó y sobrecalentó los incidentes para provocar choques que le permitieran tres objetivos: establecer la línea autoritaria inflexible del poder comunista, evitar que los escritores se asumieran como casta en una sociedad revolucionaria y lo mismo cortaran caña que escribieran poemas y establecer la razón de Estado sobre los ciudadanos.
El caso del documental P.M. fue menor: la exhibición de un vídeo de 14 minutos, sin palabras, donde se transmitían imágenes y sonidos de la vida festiva de los habaneros que en 1961, decía Fidel, todo debería ser trabajo, disciplina y entrega y nada que ver con el baile y el alcohol; Padilla fue un poeta sobresaliente, pero un intelectual agobiado por sus individualidades, débil de carácter y sin estabilidad personal, y su poema Final del juego de 1968 se escribió como provocación e inclusive fue premiado por la cultura oficial y en 1971 se dieron las condiciones para propiciar una ruptura del bloque de intelectuales disidentes dentro de Cuba y sus aliados en el extranjero; y lo de los balseros en realidad sorprendió por la reacción de Saramago en contra de los fusilamientos.
El ideal de Castro era que los intelectuales escribieran siempre a favor de la Revolución, bajo el pretexto de que el país tenía restricciones económicas y no podía gastar papel y tintas en obras culturales que hablaran individuales. Castron supuso que convenció en 1960 a Sartre y Simone de Beauvoir en una visita a la isla, pero en 1971 desdeñó la firma de estos dos franceses y una larga lista de
intelectuales progresistas no sólo protestando por el arresto de Padilla sino acusando al Gobierno de represor.
Fidel Castro potenció y profundizó la crisis con los intelectuales para llegar a definiciones autoritarias y de prioridades inflexibles: “con la revolución, todo; contra la revolución, nada, ningún derecho”. Y ante las dos cartas promovidas por Vargas Llosa de 1971, Castro dijo que los opositores a la Revolución eran agentes de la CIA.
Los conflictos con los intelectuales le sirvieron a Fidel Castro para excluir el pensamiento independiente como variable en la construcción del comunismo autoritario. Lo escribió en 1969 el colombiano Oscar Collazos en un debate que abrió con Vargas Llosa y Julio Cortázar: la musa de los escritores debía ser el discurso ideológico de Castro y el Che Guevara, los dos, escribió Collazos sin pudor, intelectuales-revolucionarios.
Pero el problema se agudizó por las intenciones intelectuales de subordinarse a la Revolución pero tratando de mantener márgenes de independencia creativa imposibles de lograr. Ahí se dio lo que Octavio Paz resumió en 1972 de manera muy clara en las relaciones de los escritores y la política: “una pasión desdichada” de los intelectuales subordinados a la política y el poder.
A pesar de la derrota de 1971 los intelectuales aplastados por el combatiente Castro fueron y siguieron siendo el catalizador para caracterizar el perfil autoritario y represivo de la Revolución Cubana.