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TRIBUNA

Cuando todo está en la mente

Juan José Vijuesca
miércoles 26 de agosto de 2026, 19:42h

El cuerpo no atiende a razones y a veces es obstinado. Agosto es un núcleo que se retroalimenta de veraneantes portadores de fatigas acumuladas. Es un mes capaz de engullirnos aprovechando la debilidad que mostramos ante el inventario físico y mental que representan las onceavas partes restantes del año. Un amigo de antaño, defensor de mentes ajenas —también llamado psiquiatra—, lleva el fenómeno de la angustia vacacional al terreno de la psiquis. —Todo está en la mollera —me dice. Y uno, que intenta relativizar las cosas, trata así de explicárselo al propio cuerpo en rebeldía.

El verano es un medio entre la diáspora y el dispendio. Por otra parte, nada nuevo. Lo que sucede es que en el estrépito de la estampida acabas siendo engullido por la punzante multitud que se agolpa por cada metro cuadrado de superficie habitable. Hasta aquí lo esperado, excepto por los precios de cualquier "estiramiento"; debido a la muy utilizada justificación de "una vez al año" y "que nos quiten lo bailao". No obstante, conviene aclarar que todo ello es absorbido por una cosa conocida como tarjeta de crédito, que maldita sea por las obscenas consecuencias de los meses posteriores.

Es imposible evitar que el mencionado mes de agosto tenga consecuencias. Las impurezas acumuladas por incumplir las reglas de verano provocan que el índice de masa corporal haya perdido el resuello, virando hacia la libertad para comer y beber. No es nada preocupante, pero dejan secuelas de temporada a muchos ortodoxos del vientre plano que después van a conectarse a máquinas y pesas del gimnasio. Es el precio del "bailao" que mencioné anteriormente.

No hay que desdeñar septiembre. Mes de puesta de largo entre el quiero y el no puedo. Algo que obedece a sensaciones encontradas mientras los lavados destiñen la piel y los cuerpos se agitan alrededor de las nostalgias y las rutinas. Tampoco conviene preocuparse en exceso, aunque resulta difícil restituir la paciencia hasta que llegue la invocación mariana que, por lo general, nos alumbra mediante suplementos energéticos. De cualquier manera, este es un mes extraño. Acontece la suelta de virus que, de manera estricta, nos llegan en formación para el beneficio máximo de los laboratorios y empresas farmacéuticas con una capitalización bursátil amplia. Ya saben, una de esas tradiciones que vienen de antiguo.

También a septiembre se le atribuyen propiedades de maldades y miedos. Mes de derramas extraordinarias, de la vuelta al cole, de retos inapetentes e incluso de despechos amorosos fruto de amores imposibles guardados en la retina veraniega. Es un mes indiferente. Ni agua ni pescado. Ni siquiera tiene eclipse. Es como un déjà vu tan propio de la memoria episódica. Los profesionales lo llaman desoriente postvacacional. Septiembre viene de nalgas porque vuelven las oscuras portavoces del gobierno con sus trolas a colgar. A partir de ahí, la mecánica del poder abre el ejercicio de lo inverosímil después de veintisiete días de holganza y lujo que Pedro Sánchez ha dedicado a sus vacaciones estivales. Un recreo inalcanzable para la inmensa mayoría y, como en él es habitual, con un despilfarro a cargo de las arcas públicas.

En resumen, que todo está en la mente y que sea leve lo que viene.

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