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TRIBUNA

En defensa de los nuevos filisteos

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 04 de septiembre de 2026, 18:54h

Un grupo micénico, los filisteos, parte de los pueblos del mar, tras empujar a los cananeos hacia el norte, se establecieron en la costa de Palestina, dando a este país su nombre protogriego y, por tanto, indoeuropeo. Los egipcios, que durante muchos siglos dominaron la zona, los llamaron Peleset, y su tierra es denominada con frecuencia como “el país de Dios”. Cerca de ellos andaban también los “hapiru” o hebreos, cuyo gentilicio se refiere a bandas que vagaban por aquellos lugares, puestas en movimiento por las invasiones indoeuropeas, como a los hicsos. Los hapiru presionaban sobre las ciudades de la costa Siria en el primer cuarto del siglo XIV a. C. La cerámica filistea acusa la influencia del mundo egeo.

En el sur de Palestina, en las llanuras costeras entre Rafia y Joppe, se establecen los filisteos, el grupo más importante entre los pueblos del mar. Cuando los israelitas llegan al país se los encuentran ya allí, como reconoce la propia Biblia: los palestinos siempre han estado antes que los hebreos en aquella tierra. Siempre. Estaban organizados en una confederación de cinco ciudades: Gaza, Ashdod, Ascalón, Gat y Ekron. Se trata de un pueblo que, según parece deducirse de los tipos cerámicos que usan, proceden, como ya hemos dicho, del mundo micénico del Peloponeso, tal como consta en los finales del siglo XIII. Gentes de la misma etnia se encuentran al este de Chipre alrededor del año 1200 a. C. y en la misma región de Ugarit, al norte de Fenicia, tierra de Canaán, en una ocupación que parece transitoria. No es, por consiguiente, absurda la idea de que los palestinos sean verdaderos aqueos, es decir, griegos, ese pueblo sagrado por el que dieron la vida contra sus opresores grandes europeos, como Lord Byron, cuya firma, hecha con un estilete, aún podemos observar en una de las columnas del templo de Poseidón, en el Cabo de Sunion, en el Ática. Sus aliados, los Zekkere o Tjikal, se extendieron al norte de la costa de Israel, hasta el Monte Carmelo. En el relato de Wen Amun, en el que el sacerdote de Amón viaja a Palestina para comprar madera de cedro con la que construir un nuevo barco sagrado con el fin de transportar en procesión a Amón, y que tras muchas aventuras termina en Chipre, bajo la protección de la reina Hatbi, de origen filisteo, se nos cita algunos nombres precisamente filisteos.

Hacia mediados del siglo XI los filisteos conquistan Israel, y en la batalla de Ebenezer se apoderaron de la misma Arca de la Alianza. Los profetas Amós y Jeremías saben que los filisteos venían de Kaphtir, es decir, la Isla de Creta. Ezquiel y Sofonías citan expresamente a los cretenses a propósito de los filisteos. Los filisteos introducen el hierro en la zona, que además de mejorar la tecnología guerrera también mejoró la producción agrícola con las rejas de arado y la hoces, y su religión politeísta se asimila con la de los cananeos, fundiéndose dioses indoeuropeos y semíticos, como Poseidón y Dagón, o Zeus y Baal-Zebub ( que los judíos demonizaron en Belcebú ).

Samuel fue el jefe de los israelitas en aquella época difícil en que los filisteos llegaron a dominar sobre los hebreos. Era un jefe religioso, ante todo, y en sus luchas fue muchas veces vencido por los filisteos. Intentó transmitir hereditariamente su magistratura a sus dos hijos: pero estos se desacreditaron pronto. Entonces el pueblo pidió a Samuel que ungiera un rey, como los que tenían los pueblos vecinos, y aunque Samuel hizo ver al pueblo que iban a crear un tirano a costa de ellos, accedió y ungió como rey a Saúl. Tras guerras civiles se impondrá “David”, que significa “caudillo”, que había luchado como mercenario para potencias extranjeras y que dio muerte al gigante filisteo Goliat. Ello no fue contradictorio con que años después, ya rey de Israel, tuviera precisamente como guardia de corps a palestinos, pues confiaba más en la lealtad de mercenarios filisteos que en su propio pueblo. También rescató el Arca de la Alianza de las manos de los filisteos que había sido tomada como trofeo, tal como ya hemos dicho, en la batalla de Ebenezer.

Dentro de la Historia de Israel la época de los jueces termina con el gran ataque de los filisteos que podemos situar hacia el 1050: Sansón será el héroe legendario de esta lucha, matando a 1030 filisteos con la quijada de de un asno, el sistema misilístico Arrow o Jericho de la época. Muchos filisteos ( “pulastu” en las fuentes egipcias ) huyen en naves a Egipto, acompañados de mujeres e hijos, y que también tenían para viajar por tierra carros tirados por bueyes, en la época de Ramsés III.

Aunque la cultura musulmana y, en parte, la cristiana hayan deshelenizado por completo a los palestinos desde muchos cientos de años, no deja de ser cierto, sin embargo, que es un pueblo indoeuropeo de la rama sur-europea, en la que se encuentran los griegos, entre otros, por seguir con la teoría de August Schleicher ( Stammbaumtheorie ). La Cultura Clásica ( en España, v. gr. Antonio Tovar ) ha tenido siempre a los filisteos como aledaños de su mundo. Pero hoy, con la reanudación de la guerra palestino-israelí, los filisteos, a pesar del reciente genocidio sufrido, están apestados, y detienen, por ejemplo, en Alemania a los pacifistas por gritar “¡Viva Palestina!”. Sin duda alguna, los nazis ( v. gr. Adolf Eichmann ) debieron recordar enfática y tendenciosamente al Gran Muftí de Jerusalén, Huseini, las hazañas y los orígenes del pueblo palestino para cargarles más de odio contra los hebreos que a la sazón aspiraban a un Estado comprando sus tierras, y hasta tal punto tuvo éxito ese odio que una brigada de palestinos llegó a combatir a favor de la Alemania nazi, exterminadora de seis millones de judíos, extremo este que hizo que la causa palestina comenzase con muy mal pie, aunque tuviera claras razones históricas y, sobre todo, morales.

En Palestina vive, efectivamente, una parte de Grecia que se resiste a ser exterminada, y que, por historia, tiene el mismo derecho que los hebreos a tener su propio estado nacional. Ojalá todo los dioses de la Hélade ayuden para que llegue la paz y la prosperidad en estos dos grandes pueblos, irracionalmente enemigos hoy, y aliados mañana si la ilustración triunfa.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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