Hay en la vida contemplativa algo de nostalgia barroca: una necesidad de meditación sobre las cosas del entorno que, a su vez, tiene lugar en un espacio cerrado, apartado de distracciones. Como si la realidad exterior pudiese quedar contenida o representada en las piezas de un bodegón de nuestro Francisco de Zurbarán o del neerlandés Willem Claeszoon. Escribir sobre lo que nos atañe no es sencillo, pero resulta necesario. No todo el mundo es capaz de ello, claro está. Hace falta haber mantenido el gusto por los diarios de la adolescencia para trascenderlos como forma de entender para entendernos. Si a ello le sumamos el componente lírico, afrontamos entonces una doble pirueta como trapecistas literarios.
El mérito de tamaña hazaña lo representan nombres como el del alicantino Ignacio Cartagena (1977), quien tiene tras de sí toda una trayectoria como poeta con obras como Memoria de un desnudo (2003, premio Ángel Urrutia), Tu cuerpo y otras dudas (2008), Románico tardío (2011), Urnas, ánforas, vasijas (2014), El Ocio que nos queda (2017), Los últimos días de Plinio el Viejo (2018) y Las cataratas de Nelson (2021) —estas dos últimas, traducidas al italiano y publicadas en edición bilingüe—. Su último trabajo, Breviario de horas bajas (Los papeles de Brighton), ahonda en el sentido de lo que aquí tratamos o, mejor dicho, lo evidencia. Siguiendo la estela de la mejor de las tradiciones, nos ofrece un libro espiritual aunque profano, donde quedan contenidas unas “oraciones” destinadas a reflejar los pensamientos extraídos en distintos momentos de la vida. Por ser representativos de una existencia, puede definirse como un compendio o resumen de una biografía extensa. Aunque la extensión de la obra y de los poemas apunta a cierta brevedad, el contenido es condensado y muchas veces enigmático, apuntando a cierta ironía con la que aligerar lo expresado.
El autor se preocupa de justificar el preciso título dado a su poemario, acompañándolo al inicio de una definición de los principales términos que lo conforman. Por un lado, el sentido de Breviario como “libro en que se contienen las horas canónicas”, tal y como lo define la RAE; por otro, el significado de Hora baja, en este caso extraído del Diccionari de l’Institut d’Estudis Catalans como Horabaixa y traducido como esa “hora del crepúsculo vespertino” o del “momento próximo a la puesta de sol”. Así mismo, se acompaña del desglose de las cuatro horas de la tarde, cada una con sus características. Sin duda, todo ello aporta un cierto tono crepuscular a la propuesta, pero como ya hemos visto no hay que dejarse llevar del todo por las apariencias. La estructura del poemario, de hecho, se organiza siguiendo dichos momentos que acontecen por la tarde, en un latín que nos recuerda el empleado en el breviario clásico o breviarium. Éste tiene como fin facilitar el rezo de la Liturgia de las Horas —u Oficio Divino—. A su vez, esas “horas bajas” remiten también al ánimo de quien escribe: su estado psicológico actual —expresado desde cierta pesadumbre— y el modo de ver las cosas —con un pesimismo no carente de humor—.
Cada poema se inscribe, de forma coherente por sus características, en un apartado u hora diferente. Así pues, el primer apartado se titula Sexta y corresponde a esas horas “tras el mediodía, cuando el sol comienza a declinar”. Lo encabeza el fragmento del cantautor y poeta italiano Fabrizio De André y que, traducido, viene a decir: “Sombras de rostros, rostros de marineros,
/ ¿de dónde venís, adónde vais?” Su sentido enigmático describe a los hombres de mar como figuras anónimas, regresando de su labor cargados de cansancio y secretos. El primer poema, Bendicò, está dedicado al célebre can del Príncipe de Salina protagonista de la novela El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. A través de sus versos se aprecia la decadencia de un tiempo ya pasado, representado en elementos clásicos: “Contempla el sol, sus cámaras desiertas, / sus mármoles comidos por vuelos de paloma, / sus bustos derretidos por el humo de las / [velas”. Suceden poemas dedicados a lugares como Formentera, donde destaca la sensación de ardor que evoca el crepúsculo en esta isla balear, generando imposibles: “hoguera incombustible de cigarras […] // El mar incinerado en cada tarde. // El mar tirado al mar, como quería” —hasta el mar se incendia y quiere huir arrojándose a su propia agua—. Edimburgo muestra la luz como algo imposible de demostrar de forma filosófica: “Y tú, que no la entiendes, que no quieres / saber en qué consiste // me miras con dos ojos al margen de Platón”. Más que un lugar, Urbino nos remite a la famosa Venus pintada por Tiziano: “tus damas, serviciales, / buscándote el vestido en un arcón / que ya no existe”. Bedtime traslada el poema a un espacio cotidiano: el de la pareja al final del día y que apenas ya intima —habiendo vencido la costumbre—, momentos antes de que la luz del dormitorio se apague: “En el Juicio Final, alguien hará / la cuenta de las veces que hemos visto el sol / [ponerse / de un clic, en la mesilla, junto al libro, / detrás de la mujer que se durmió / esperando”. Algo similar sucede en Kent, cuando lo que debería ser excitante se convierte en monótono por su repetición: “A fuerza de calcar la misma ceremonia / parece que preguntes si prefiero / tomarme tu desnudo / con leche o con azúcar”. En Biarritz hay una nostalgia por el tiempo pasado en común, asimilando los recuerdos a la estética a las viejas fotografías: “No quedan ya crepúsculos / como los de entonces / que solo se podían recordar / en blanco y negro / y siempre nos salían movidos / o borrosos”. En Convivencia se produce una agridulce sensación al leer la descripción del ánimo del ser querido, tras el transcurrir de los años en su compañía. Así, su expresión más feliz se convierte en la opuesta: “Cosquillas por la nuca: / mi mano acariciando su tristeza, / buscándote el más triste de los gestos: la sonrisa”.
Pompeya nos traslada el calor mediterráneo, uniendo la desazón de las altas temperaturas (“Sol bajo en carne viva, / ligado al roce eterno / de la tierra”) con un olor asociado (“Doliente, sudoroso, / nos huele…”) a la antigua ciudad romana emergida tras su trágico final (…”a lo que no / quisimos ver”). La cultura clásica sirve en Phocas como referente para un autorretrato que toma como nombre el del emperador romano. A su vez, no hay comparativa humana sino de naturaleza muerta arcaica: “Mi cuerpo ya no es más que un capitel caído / del siglo V o VI / (un vaso de alabastro con algunas / ortigas de la edad, hueco por dentro, / una torpe voluta que heredé / de los romanos).” Boloñesa tiene como tema y desde su tono humorístico el contraste entre generaciones: “Si nuestros hijos nos vieran / pendientes del sedal y el anzuelo, […] // Sabrían […] / que el mar en calma acaba de pescar / otros dos viejos.” Evocando a Jaime Gil de Biedma al hacer de la vida una representación teatral, en Trieste el narrador le pregunta a su pareja por el “argumento de la obra”. Ella le toma “de la mano” y se lo explica “sin margen ya de dudas: / — En morirnos. // Morirnos mutuamente”. Siguiendo con el espíritu existencialista, Románico habla de las raíces propias y comunes: “¿Qué habría, si caváramos un hueco / en esta inagotable pila bautismal? // ¿Un cráneo? ¿La rama / de un laurel? ¿Nosotros? // ¿Nada?”.
El título de la segunda parte del libro, Nona, representa la hora “alrededor de las tres, tras el almuerzo y el posterior descanso”—. Una cita de Fernando Pessoa nos habla de la dualidad interior: “Dos cosas solamente me dio el Destino:
unos libros de contabilidad y el don de soñar.” Esto es, la obligación y la devoción, entre las cuales hay que vivir. Ad inferos representa un original poema de estilo tradicional japonés basado en la descripción del infierno: “Sol y estanque, / olor de azufre: / croar de haikus”. Prometeo parece describir esa muerte en vida a la que parece condenado quien quiso lograr lo imposible, como el personaje mitológico: “Irás a trabajar con el crepúsculo / y harás turno de noche en un garaje / debajo de la casa de tus sueños”. Matrimonio asocia la vida marital con el slapstick cinema, dentro de un humor negro donde, imitando a Laurel y Hardy, se produce una “violencia muda, golpes que, por ser / fingidos, hacen daño // y todo, por los tres niños nostálgicos / que aún pagan la entrada / … Y así, hasta que la pianista se muera o se / jubile”. Multiversos vuelve a hacer referencia a la vida conyugal, imaginando otras dos personas posibles e ideales: “Allí donde va el sol cuando se pone / existen dos personas que son réplicas exactas / de ti y de mí: son dos versiones que, / de puro idénticas, / aún piensan, aliviadas, que ellas nunca / serán como nosotros”. Remordimientos alude a una vida añorada por mágica que nunca tendrá lugar: “…Y tengo la cabeza siempre llena / de mil casualidades increíbles / que no me pasarán, ni tan siquiera / el día que yo menos me lo espere”. Autopsia imagina la vida de quien ya no está, desde su cuerpo: “Tendido en la camilla / el hombre parecía toda la llanura // con una laguna en el pecho / y un matorral en el vientre. // Me puse a su altura / y vi, al acecho, tres perros de caza // y un eco de escopeta en el vacío / y un pájaro abatido en pleno vuelo // por un rayo de sol, por una vida.” Poética asocia la temperatura terrestre con la capacidad del sol para arrojar claridad al individuo: “No hay nada que añadir: desde hace años / el tiempo que nos queda es una sucesión de / [climas. // Así que solo queda tener fe: / que el sol alumbre un día lo que nunca nos / [dijimos / de modo que parezca intraducible”. Álamo asocia los círculos internos de este árbol que dan “la medida” de sus “años” con la edad y los momentos desaprovechados de quien escribe (“la savia que me diste y no bebí”). Eclipse describe un momento humorístico en el que, mientras el protagonista está con su pareja viendo distintos planetas por el telescopio, un amigo plantea “por qué nunca se ven ‘puestas de luna’”. Milo surge al analizar la famosa estatua clásica: “No sé si son las ruinas de una diosa / o un cuerpo abandonado / de mujer”. En Reencuentro el poeta pregunta a su amada en cuál de los libros de poemas escritos por él notó ella “por primera vez / los síntomas del sueño”: “—En ninguno —dijiste sonriendo—: / para eso debería habérmelos leído”. Gananciales equipara las primeras experiencias amorosas de una pareja con jugadas de ajedrez: “Y todas esas tácticas servían / (o, al menos, al principio nos sirvieron) // para un amor frugal, que hiciera tablas / con su enorme apetito por la vida.” Antropología expresa la pérdida de las raíces en una equivocada senda evolutiva: “Se inclinan hacia Oriente, nuestras sombras. // Nos piden ser devueltas a su origen.” Rombos se parece a Bedtime por la imposibilidad de la consumación sexual con el otro: “De noche, refugiado entre las sábanas / releo mi breviario de cuerpos inefables / tan cerca de este tuyo, que se ha vuelto / metafísico.”
El tercer bloque, Vísperas —“A partir de las seis de la tarde”— incluye una interesante temática pictórica y se inicia con una cita de Pedro Salinas perteneciente a su libro Razón de amor (1936), cuyos versos dicen: “¿Serás, amor / un largo adiós que no acaba?”. Su significado acentúa el carácter melancólico y persistente del amor como una despedida interminable. Órbitas se pregunta a modo de humorada si, siendo el tiempo cíclico, no puede equipararse a la imagen de “Dios como un / [ciclista / que va montando una bicicleta / del siglo XIX / con una rueda enorme / y otra, nuestra”. En forma prosaica, Oignon juega con el concepto de cebolla asociando sus capas a las del individuo —de la vestimenta al propio cuerpo—, quitándose a la inversa en el ritual íntimo: “Tu falta de pudor disciplinaba mis instintos: quitándole las capas al desnudo cotidiano lograbas contenerme hasta el vestido insinuante”. Rothko emula los tonos de los lienzos de este expresionista abstracto para describir, de forma sinestésica, la extinción de una relación: “El cuenco azul de las cenizas […] / los cuerpos agotados de quemarse sin arder”. Estambul establece una analogía entre los majestuosos mosaicos bizantinos presentes en las antiguas Bizancio y Constantinopla y la fuente lumínica que se hace tangible al dividirse en formas geométricas: “La luz hecha teselas”. (Peri)patéticos supone una reflexión lúcida e irónica sobre el envejecimiento, el desgaste del cuerpo y la decadencia del amor: “Tenemos una edad que ya supera nuestra / [vida […] // Quedarse sin la ropa es disculparse / de verse el uno al otro y no ver nada”. De nuevo, la paradoja en Interruptus para expresar la sensación de no haber sacado suficiente partido a la existencia: “Después de todo lo vivido / nos ha quedado dentro la hemorragia / de no haber acabado / de nacer”. Olivier incide en la imposible fusión entre dos cuerpos, asociándolos a los ingredientes de una receta culinaria: “La yema de los cuerpos / mezclándose en un cuenco con forma de / [espiral, // la enérgica cuchara de madera, / la salsa que no acaba de ligar / por más velocidad que le pongamos al amor”. A través de la música y la técnica del violín, se expresa en Distacco —desapego o distanciamiento en italiano— una metáfora sobre el equilibrio, la distancia necesaria y la desconexión en una relación de pareja. Hay también esperanza en el amor con Grace: “Te estoy oyendo / cantar Azzurro, allí, bajo la ducha, / […] allí, al fondo, / en la parte de mi casa que siempre estuvo vacía”. A modo de Soleá —jugando con el nombre y el ritmo—, se describe la tristeza que implica la solitud: “Qué tarde comprendí que la belleza / que hallé en la soledad del alma mía // no tiene más valor que la corteza / de toda la que el mundo me ofrecía”.
2 de mayo recuerda al lienzo goyesco que inmortalizó el humilde levantamiento de España contra el invasor francés y el sacrificio en su defensa: “Cogidos de la mano, esperaremos nuestra / [ráfaga. // Pagaremos el precio por habernos rebelado / sin armas, con los brazos, en defensa / de nuestra dignidad”. Vincent retrata la figura de Van Gogh, con sus imágenes de trazos arremolinados (“El sol era, en sus cuadros, un desagüe / en torno al que giraban la luz y su cansancio”) y su triste y mísero final (“su muerte fue un misterio: saltó como una / [liebre / corriendo por detrás de su pobreza”. Otro postimpresionista, Lautrec, es descrito por su célebre estatura y compañías: “Con su estatura alcanzaba / apenas el lugar que por donde sus modelos / jamás podrían ser madres. […] // Su mayor tragedia: / que siempre lo abrazarán como a un niño”. Un tercer pintor coetáneo, Gauguin, se sintetiza en su vuelta al primitivismo habitando las tierras de Tahití, encontrándose satisfecho en la precariedad del medio: “No duermo. Apenas como. La humedad / es infernal. Y vivo devastado / por la felicidad indescriptible”.
El cuarto bloque, Completas —“hacia las nueve, tras el crepúsculo”—, incluye como frontispicio el epitafio de Leonardo Sciascia que es, en realidad, una frase de Villiers d’Isle-Adam: “Nos acordaremos de este planeta”. Según el italiano, nuestra tierra, nuestra vida merecían “una cierta atención”. Celofán refiere simbólicamente a esta lámina adhesiva como elemento separador entre “los hechos” y “la imagen de los hechos”. El paso de los años irá “comiéndosela”, uniendo a las otras. Volvemos a la pintura con Vallotton, donde este artista es distraído por su pícara modelo, concluyendo: “me temo que, al final, haré una playa”. Siguen las Pinceladas, en este caso con Picasso, que observa a antiguas modelos “haciendo largos / desnudas, en la paz de la piscina” de su etapa azul. Al conversar con ellas, las describe así: “eran ustedes, / entonces, la miseria y la tristeza”. Éstas le contestan que lo siguen siendo, pues ese “traje” lo llevan “debajo”. Saturno nos trae al dios Cronos, devorador de vidas. Como en los anteriores poemas, vuelve a tener como tema el Eros, en este caso fundido con el Tánatos desde el humor. Las protagonistas temen ser comidas por él “de un único bocado”, pero éste parece decir: “Tocaos como si yo ya no estuviera”. Sutilezas dibuja un paisaje acústico donde los nenúfares tienen la capacidad de escuchar “ruidos que no existen” y sienten “por su parte sumergida, / los labios” de una carpa, temiéndose lo peor: “la bomba nuclear”.
Marcador representa el espíritu del presente poemario: “…Y así son las cosas, después de cierta edad: / un libro de bolsillo con muchas disgresiones”. Éste no solo sirve para anotar las experiencias, sino que permite volver a experimentarlas: “De noche lo cerramos, / marcamos una página // y luego, al despertar, / ya estamos dentro”. Aniversario recupera la crudeza de las relaciones desgastadas: “Apaga tú las luces, trae el postre / y deja un par de velas: termínate a escondidas / mi trozo de pastel / ahora que los fuegos de artificio en nuestro / [honor / nos salvan de mirarnos a la cara”. Stradale —“de carrera” en Italiano—, emplea la metáfora del viaje, la carretera y la geografía para hablar de la intimidad, el reencuentro y la memoria compartida en una pareja: “Te extiendes sobre mí / de nuevo, como un mapa / un poco estropeado por el uso. // Procuras que me fije en las ciudades / que solo vi de paso”. Circolare tiene como baza un final inesperado, nuevamente refiriéndose como humorada a una relación imposible por las características de las dos personas o, tal vez, posible por ellas. Habla del asiento de un autobús donde ambos se encontraron y que decía: “per invalidi / di guerra e del laboro” (“para inválidos de la guerra y del trabajo”). Como en Oignon, en Suite las prendas o telas parecen interponerse en el encuentro sexual: “La selva asilvestrada del batín / arborescente / me invita a zambullirme, cual delfín, // en tu presente. // Pero esta cama enorme con dosel / adamascado / me deja que adivine de tu piel // solo el pasado”. Tul sigue esta estela: “Salvífica, balsámica, / como una gasa // que deja verlo todo / si se ignora, / qué bien te sienta hoy / mi indiferencia”. Gretel muestra lo cruel de los cuentos con ingenio, llevándolo al terreno amoroso: “Fui lobo, sí, pero ando retirado, // sin hambre suficiente para ovejas. […] / a veces desordeno las migajas de tu cuerpo: / que seas, por lo menos, un festín para / [gorriones”.
Hay en el poemario también espacio para los animales: Mascota presenta la fidelidad del perro hacia su dueño prometiendo una triste realidad: “morirse antes que yo”. Lemmings refiere a los pequeños roedores cuyo “hambre de vacío / les viene de un instinto migratorio / sin brújula”. Pater describe la preocupación de un hijo ante las señales de la edad avanzada de su progenitor: “Si están todas las hojas en otoño / pendientes de su rama, / pues ¿cómo no podrían estar todos / inquietos por tu tos, por el temblor / de tus manos?” Limonero se vale del Retrato de Machado en su título para referir a los recuerdos de infancia. Vila alude a cómo ese pasado recordado con nostalgia ha dado paso a un presente deprimente, describiéndose a través de las tiendas actuales y vulgares que han sustituido a las clásicas. Tempus revierte el mito de Narciso, afirmando que no fue este personaje “quien se enamoró / de verse reflejado sobre el agua”, sino que “ha sido el agua misma —el agua vieja— / quien se ha cansado de mirarse en él”. Tuareg trata de las apariencias, valiéndose de los espejismos del desierto: “Quizá solo una imagen: la del mar […] / podrá colmar tu sed de realidad / porque no existe”.
Finaliza el libro con Maitines —primera de las horas de la liturgia cristiana—, apartado con dos únicos poemas y que advierte encontrarse “Al margen de Claudio Rodríguez”, equiparando las primeras luces de este momento del día con el imaginario de este poeta de la luz. De hecho, a los poemas contenidos les anteceden versos del zamorano. El primero, más conocido, afirma: “Siempre la claridad viene del cielo: / es un don […]”. Frase que, a continuación, se pone de algún modo en duda: “Compruebas que la luz es todavía / un don, pero muy frágil: un deshielo”. Y remata, escéptico: “Después de todo, tanta claridad / del cielo no era un don: algo has pagado, / y el precio está en tus ojos, en su edad”. El segundo texto lleva la cita: “Que la luz nunca olvida y no perdona […]”, dando lugar a un poema más enigmático si cabe, donde de nuevo la pareja es protagonista. A través de una naranja, se describe simbólicamente la relación entre los personajes, siendo la fruta metáfora de la persona, el recuerdo o la relación: “en vez de responderme, te quedaste / pelando, en tu silencio, la naranja […]. La abriste en su mitad y vi en tus ojos / la pulpa, su acidez de fruta verde, / de zumo por hacer”. Como si hubiera sentimientos, experiencias o palabras que no hubiesen madurado lo suficiente para comprenderse.
Breviario de horas bajas supone todo un reto para el lector, que aceptará la complejidad y erudición de su contenido a cambio de disfrutar de su lírica y profundidad reflexiva, resultado de una vida vivida intensamente y desde la inteligencia.