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DESDE ULTRAMAR

Redefiniendo mapas, mamarrachadas trumpistas

Marcos Marín Amezcua
jueves 10 de septiembre de 2026, 19:41h

Pues sí, la cartografía y la geografía unidas, jamás serán vencidas, pero es verdad que una cosa es adecuar el tamaño de los continentes a una supuesta realidad a la que no se apega el mapa actual más difundido y otra, las mamarrachadas trumpistas de cambiarle el nombre a los lugares porque puede y porque le da su regaladísima, mostrando una inquina y un odio impropio de una persona sana y normal.

Lo primero, la anunciada adecuación de los mapas que, aparentemente, favorece a África –con el alud de piropos y enhorabuenas exaltando su enormidad– nos deja en la duda de si con ese cambio, en realidad sí contribuimos a una certeza científica. No acerca de las dimensiones reales de África o de su realidad –ni lo de Ceuta ni otros conflictos se vislumbran en el mapa, después de todo– y mueve a preguntarnos si merece la pena la sustitución impulsada desde la ONU.

Cierto, no lo neguemos que ni Groenlandia es tan grande como la pintan –que de todas maneras me pierdo y de su dimensión real no me entero, porque cada mapa pinta lo que quiere– resultándome imposible saber su tamaño correcto y esta nueva reforma que propone soltar el Mercator y adoptar el Equal Earth, solo viene a complicarlo todo. Un detalle: ningún mapa suele revelar las distancias justas a recorrer.

Pongamos ver el noreste de EE.UU. resultando inasequible saber las distancias en tiempo entre Boston y Nueva York a simple vista. San Google apunta distar ambas entre 3 horas y media y cuatro horas y media. Eso no lo revela el mapa. Recuerdo la hora que en autobús se hace entre Huelva y Sevilla y si el conductor le pisaba un poco, o no, variaba el tiempo, dependiendo cuán despejado estuviera el acceso a la capital hispalense, mas el mapa no dice ni mu al respecto.

Por lo pronto, a modificar mapas y planisferios de toda categoría, nombre y laya, que la reforma propuesta no puede esperar. EE.UU. la rechazó al empequeñecerlo, Se verá más chiquito. Para las pulgas de su felón presidente. Su embajadora en la ONU dijo que mejor deberían estar hablando de la paz mundial. Qué morro tiene.

Entre sus locuacidades, el neoyorquino cubrió Norteamérica con su bandera. Insultante. Le ha contestado la Sheinbaum que no somos colonia. Y me parece bien, tanto la respuesta como la ocasión, porque contrasta con el vendepatrias priista Peña, paniaguado y callado cuando Biden siendo vicepresidente, gracejó que EE.UU. seguía viendo a la América Latina como su patio trasero. Los mandatarios de Ecuador y Bolivia, ¡sí! desde la odiada izquierda, le requirieron respeto. ¡Bien hecho! las bobaliconadas e impertinencias yanquis nunca se pasen por alto.

Luego viene la mamarrachada trumpista de cambiarle el nombre al lago Ontario. El premier de Canadá, Carney, le ha indicado que tal proviene de los indígenas, pero se lo dice al racista que ni le importa la Historia y solo quiere gente blanca, cual supremacista que es. Qué le va a importar un nombre en wendat. Faltaba más.

Y ahora, la emprende contra Nuevo México pretendiendo nulificar la palabra “México”, tal y como lo hizo con su porción del golfo de México que le corresponde, que no toda y no lo secundó el mundo en su descerebrada necedad, ya que ni le pertenece en exclusiva ni pidió la opinión de Cuba y México ni posee el 92 % de sus costas como miente alardeándolo, pues EE.UU. no las tiene. La gobernadora de Nuevo México ya le advirtió que ese nombre existe antes de conformarse EE.UU., argumento que se le resbala a Trump como la Historia, igual que a la Academia Norteamericana (sic) de la Lengua no le da la gana enmendarse el nombre por el más apropiado de “estadounidense”, pues EE.UU. ni es América ni Norteamérica.

Es inentendible que el segundo país con más hispanohablantes del orbe necee en llamar “norteamericana” a su academia de la lengua correspondiente con la de Madrid. La Academia Mexicana de la Lengua también está en Norteamérica y en español hemos creado un vocablo:
estadounidense, para negarle a ese país apropiarse de ambas palabras: América y Norteamérica con sus respectivos gentilicios. Es hora, puestos a cambiar, que la de EE.UU. mude su fatuo nombre.

La nueva idiotez de Trump a cambiarle el nombre a Nuevo México es alucinante. De chiripa, casi por suerte conservó su nombre, achicado en sus límites muy menores a lo que fue la otrora provincia novohispana y mexicana. La intentona es otra versión más de su odio al nombre México. Por mí, se lo puede tragar con los tamales picantes y el tomate que dice ser lo único que aportamos a su decadente país. ¡Margaritas pa’ los cerdos! decía mi abuelo. A mí no me hace falta su aprecio. Sí le digo que no entiendo a mis paisanos que siguen yendo de paseo a ese país. No sé qué parte no han entendido, pero resulta descorazonador y decepcionante.

Por cierto, nombrar como América al lago Ontario, Nueva América a Nuevo México y de América al golfo de México, alertan la pobreza lingüística y retardada del sujeto desentendido de la Historia y de la lógica, denunciando a gritos una carencia de originalidad, demostrada y bastante sosa y ordinaria. Todo se parece a su dueño o al autor de tanta mentecatez que hiede desde la Casa Blanca.

Hay dignas y elocuentes respuestas. Sierra Leona ha dibujado un mapa de Norteamérica eliminando a EE.UU.. Irán ha declarado a California como territorio iraní, respondiendo a la bravata de llamar al estrecho de Ormuz como estrecho de Trump. Reconozcamos que Trump sí es estrecho. El que se lleva, se aguanta, diría mi abuelita. Por otra parte, opositores a Trump han puesto a Washington D.C. el nombre New Epstein, mismo caso que al Ontario. Y nos recuerdan no distraernos con eso, para no olvidarnos de Epstein y no dejar de hablar acerca de los archivos que incriminan a Trump. Es una excelente idea. Apoyo la moción.

La guinda del pastel es membretar la Luna cual si perteneciese a EE.UU.. Ya sabíamos de suyo, que dejar allá la bandera yanqui era un ardid reivindicando a lo siglo XV –acto inválido en la actualidad para el Derecho aeroespacial, el interespacial, el interplanetario y anexas– esa tutela, no obstante que la ciencia yanqui sostenga que jamás han pretendido apropiársela. Trump los desmiente con su soberbia y su osadía, o, al menos, deja ver una corriente de pensamiento viva que reivindica la propiedad selenita. No podíamos esperar menos que mamarrachadas de esa calaña. Normal, por lo demás y vomitivo como siempre.

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