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TRIBUNA

El mito de la singularidad tecnológica: ¡Una singular estafa!

jueves 10 de septiembre de 2026, 20:11h

La palabra “singularidad” nació en el ámbito abstracto de las matemáticas para nombrar aquello que escapa a la regularidad de una función: un punto donde las reglas conocidas dejan de operar, donde la continuidad se quiebra, donde el cálculo deja de tener sentido. Más tarde, la física teórica adoptó el término para designar los lugares extremos del cosmos —el centro de un agujero negro, por ejemplo— donde las leyes del espacio y del tiempo se doblan hasta romperse, revelando una frontera que la razón humana no puede atravesar sin perderse.

En su núcleo más íntimo, la palabra singularidad siempre ha querido decir lo mismo: un límite donde lo conocido ya no basta. Un umbral más allá del cual no podemos continuar sin cambiar de lenguaje, de método o, quizá, de mirada. Es un concepto que señala un borde, una grieta en el conocimiento, un punto donde la razón alcanza su propia insuficiencia ante un abismo infranqueable.

Pero lo verdaderamente fascinante ocurre cuando este término, nacido para describir el comportamiento de funciones matemáticas y campos gravitatorios, se traslada al terreno de lo humano. En la segunda mitad del siglo XX, matemáticos y visionarios de la computación —de Ulam a von Neumann— comienzan a emplearlo para referirse al ritmo creciente del progreso científico y técnico. Aquí la singularidad ya no habla de funciones infinitas ni de densidades imposibles, sino de aceleración histórica: un crecimiento tan rápido del conocimiento y de sus aplicaciones que, llegado cierto punto, la experiencia humana dejaría de ser un marco válido para interpretarlo.

La singularidad empieza así a adquirir un carácter casi mítico, y yo diría que místico por el fervor que despierta no solo en el mundo cintífico. En ella convergen temores y esperanzas, diagnósticos lúcidos y exageraciones futuristas, y es a partir de los años ochenta —con Vernor Vinge— y especialmente con el siglo XXI, cuando la palabra queda definitivamente asociada a un fenómeno muy concreto: el advenimiento de inteligencias artificiales que, superando la capacidad humana, desencadenarían una transformación impredecible de la civilización. Ese punto hipotético donde la máquina ya no es herramienta, sino agente; donde el progreso tecnológico ya no es prolongación de la mano humana, sino su sustitución; donde la historia se disloca y cambia de protagonista.

Sin embargo, justamente porque la idea es tan poderosa, tan seductora, tan capaz de galvanizar imaginarios colectivos, conviene preguntarse: ¿estamos describiendo un hecho o construyendo un mito? ¿Estamos razonando desde la ciencia o proyectando sobre la tecnología los viejos relatos míticos, disfrazados ahora de algoritmos y potencias de cálculo? ¿Estamos pensando en la técnica o dejándonos arrastrar por un nuevo lenguaje que promete un horizonte absoluto donde quizá solo hay procesos graduales, contingentes y no profundamente humanos?

Al adjetivar la singularidad con el calificativo de tecnológica, abrimos una brecha en la historia de la humanidad, un punto de transición en el que el desarrollo tecnológico nos llevará a un punto sin precedentes, a un momento absolutamente diferente a todo lo anterior, porque creemos que las máquinas igualarán y superarán la inteligencia humana. Esto nos llevaría a muchos a lo que el filósofo de Oxford Nick Bostrom llama “explosión de inteligencia”: las máquinas se mejorarán a sí mismas de modo que cada nueva generación, al ser más inteligente, será capaz de mejorar su propia inteligencia, dando lugar a otra nueva generación aún más inteligente, y así sucesivamente ad infinitum.

Pero, ¿de verdad creemos que esto va a ocurrir? ¡De ninguna manera!, pues solemos caer en el error de pensar que la tecnología de moda, es decir, la tecnología que en el momento presente está experimentando un gran avance, seguirá en el futuro al mismo ritmo. Los singularistas - singularistas - Búsqueda - asumen demasiado alegremente la idea de exponencialidad tecnológica. No existe ninguna referencia histórica a proyecto tecnológico que se haya desarrollado a ese ritmo de forma continuada. Lo que suele ocurrir es que, aunque una tecnología pudiera avanzar en un momento muy corto de su desarrollo a un ritmo exponencial, ese ritmo termina por decrecer rápidamente y quedarse estancado en un techo. Las tecnologías, al igual que las ideologías, el conocimiento y cualquier actividad humana, progresan en forma de “función logística” y no de “función exponencial”.

La función logística describe un crecimiento que empieza como el exponencial, muy rápido, pero que no puede seguir creciendo para siempre. ¿Por qué? Porque todo tiene límites: materiales, energéticos, económicos, sociológicos, biológicos..., no olvidemos que todo crecimiento exponencial, a su vez es entrópicamente exponencial, algo muy olvidado por los singularistas tecnológicos. Nos les hacen mucho caso al segundo principio de la termodinámica.

La función logística suele representarse como una curva en forma de “S”, de movimiento rápido al principio, luego se frena, y cuando llega a un límite se estabiliza. Es un crecimiento que arranca fuerte, pero se frena cuando choca con un límite natural. Es el recordatorio de que, en la vida real, todos los crecimientos acelerados acaban frenándose. Ni siquiera la “ley de Moore”, en la que algunos suelen basarse para sostener la idea de progreso continuo de la informática, sigue un crecimiento exponencial, sino típicamente lineal, pero con el mismo límite natural ya enunciado anteriormente.

La singularidad tecnológica es una idea sugerente y evocadora, muy interesante para reflexionar sobre un montón de cuestiones. Una de ellas es la del transhumanismo, resultante de un proceso evolutivo desde la “singularidad humana” a la “singularidad tecnológica”. Aquí surge la “singular estafa”, simple y llanamente porque carece de causa material, física que la pueda sustentar. Y sin esa ausencia causal no hay razones que valgan, solo nos queda la fe.

Pero el verdadero engaño no reside en la singularidad tecnológica, sino en nuestra singular necesidad de creer en ella. Cada época inventa sus profetas y sus apocalipsis, y hoy hemos decidido proyectarlos sobre las máquinas. Pero la técnica no piensa, no desea, no sueña: solo amplifica lo que creamos. No hay un punto de fuga donde las máquinas rompan la historia; hay, más bien, un humano dispuesto a cederles su propio vértigo. Pero para ello debe alienarse y considerarse como un mecanismo más, obviando toda la psicología antropológica. Es decir: involucionando. Lo cual sería otra singularidad.

Resumiendo: Conviene reiterar y recordar algo que los profetas de la singularidad prefieren silenciar: el crecimiento exponencial es energéticamente imposible. Cada salto en capacidad de cálculo exige más energía, más calor a disipar, más infraestructura para sostenerlo. Y el universo no regala energía infinita. La IA actual ya lo está mostrando: modelos cada vez más grandes para mejoras cada vez menores en términos relativos, centros de datos que devoran electricidad como países enteros, y un muro físico/termodinámico que ninguna fantasía futurista puede atravesar. La técnica no puede escapar a las leyes de la naturaleza. Y sin una singularidad energética que la sostenga, la singularidad tecnológica no es más que un espejismo con pretensiones de profecía. Lo ya dicho, ¡una singular estafa! Y esa estafa no está en la tecnología, sino en nosotros, en la renuncia a nuestra propia singularidad. La única singularidad que es capaz de poner nombre a toda realidad.

La singularidad tecnológica nos puede asfixiar, pero de paso ella misma se extenuará. La IA cambia de cuello de botella: ya no faltan chips, faltan electricidad, memoria y centros de datos.

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