La conducta del Gobierno ante los gravísimos acontecimientos por los que España está pasando, pueden ser comprendidas, además de la perspectiva política y geoestratégica, a partir de la mentalidad creada por las ideologías universalistas.
Junto a la asimetría territorial consagrada por la Constitución de 1978 en el sistema político español se ha impuesto otra asimetría, en la cual se distingue entre una ética, en sus diferentes clases y relativizaciones, como guía de conducta, y una antiética humanitaria irracional, contraria al bien, defendida por los políticos aspirantes a enriquecerse, los mercenarios intelectuales, seudoperiodistas tertulianos y propagandistas. Esta antiética es obra del igualitarismo colectivista que, en la práctica, rompe con la igualdad defendida por el Estado Social. Divide la estructura social en privilegiados y no privilegiados, a partir de la cual se establece una doble moral, en realidad una moral y una inmoralidad: una para las plutocracias, extensible a militantes y seguidores y otros resentidos con la vida, y. la otra, para el resto de la sociedad, en especial para los que defienden la libertad y la igualdad jurídica efectiva calificados de extrema derecha. Para mantener el dominio de los privilegiados se ha confeccionado un régimen ultra progresista, que tiene como modelo el Antiguo Régimen. Con la diferencia de que, en vez de nobleza, el privilegiado está fraccionado en grados innobles de parasitismo explotador. Esta separación se extiende a la desigualdad de trato y de juicio, debido a que siempre se aplicará lo que al privilegiado le beneficie en la relación con el resto de la población.
Concretamente, solo formalmente y cuando les convenga, los privilegiados respetarán las leyes, estando exentos de cumplir la normatividad ética y jurídica por ser obligaciones que han de asumir los que no pertenezcan a su estamento. El motivo es que las clases dirigentes defienden una ética orgástica de moralina filtrada, trazando una frontera con la sociedad que sólo podrán traspasar los que asciendan al nivel superior. En la práctica, la estructura social ha establecido que el estamento privilegiado lo formen aquellos que han ascendido a la vida iluminativa biológica, inspirados por los oscuros espectros apocalípticos y que, por ser de otra naturaleza –sangre roja, muy purpúrea--, no pueden estar integrados en la ciudadanía plebeya. A las elites y sus secuaces les está permitido robar, mentir, estafar, expropiar, matar y utilizar la violencia ilegítima siempre que lo justifiquen como un beneficio para el progreso de la humanidad –una ficción útil y un “mito disolvente” (D. Negro)--, incluso pueden alardear de tener casi todos los vicios, menos el del pecado capital de la envidia –que suelen vivirlo intensamente--. Con falsaria justificación, el privilegiado progresista ha adquirido un pasaporte de inmunidad y de dispensa (J-F. Revel), solo entendible porque sus actos están guiados por el irresistible dios del progreso. Su posición y su actuación se deberá a la necesidad histórica, lo que excusa de toda responsabilidad por su perfección intrínseca, no fluida. Se deduce que no tendrá responsabilidad sobre las decisiones negativas que produzcan los efectos dramáticos o trágicos –simple apariencia del presente--sobre las personas y la sociedad –el abstracto beneficio para las generaciones siguientes--. El progreso de la inmoralidad obligará a los que ejerzan el poder a perjudicar siempre a los que no sean progresistas, ya que cuantos más actos inmorales ejecuten más se beneficiará la humanidad.
Para el futuro, el progresismo determinista prepara un proceso en el que en la estructura social biestamental –una degradada adaptación extraída del ámbito universitario--, habrá de asumirse en diferentes posiciones. Por ejemplo, en la evolución incontenible hacia el socialismo se dispondrá que sólo los privilegiados colectivistas podrán tener propiedad y familia a fin de que procreen para obtener la mejor descendencia. Lo contrario del comunismo platónico, que quería abolir la relación social monógama continua para los gobernantes –los fijos discontinuos o la monogamia sucesiva--. Los desposeídos deberán trabajar para la nueva casta, que se encargará de repartir por la vía institucional las sinecuras, momios y otros regalos, considerados de acuerdo a su amor por la humanidad –“quien habla de humanidad miente” (Carl Schmitt)--. Será esta sensibilidad humanitaria, que “reemplaza la persona por el individuo” (Chantal del Sol), la que deberá quedar como guía una vez que, entre los cleptócratas, se haya distribuido la riqueza y el poder. Los privilegiados seguirán utilizando los principios de la antiética a su conveniencia, caso de la igualdad, a partir de la cual quedará establecida la relación entre el nuevo productor (explotado) y el nuevo esclavista (explotador). En el primordium, la lucha contra la explotación del colectivismo se ha transformado en la lucha de los privilegiados colectivistas por conseguir más eficacia en la explotación, incluidos los voluntariamente obnubilados por “la ceguera voluntaria” (J-F. Revel). Así pues, salvo excepciones, el colectivismo está haciendo un uso del Estado no solo como medio para llegar al poder, sino para sustituir a la burguesía por el nuevo explotador parásito político y el gestor público colectivista.
La explotación a la que ya están siendo sometidos los no privilegiados será económica, social y cultural –cambio decisivo en la superestructura: el burgués sustituido por el vividor y aprovechado del sistema dominado por el psicopoder-. El colectivismo en el poder invariablemente ha explotado a la mayor parte de las personas a las que ha gobernado. No contentándose con reducir o eliminar su posición política y jurídica, a las personas les convierte en “animales de granja”, aunque no se olvida de dotarlos generosamente de toda clase de derechos-aspiraciones. En España, gran parte de la clase dominante, una combinación de cacogracia y cleptocracia, lo forman los bisnietos lerdos que aspiran a enriquecerse –su ideal es entrar en la lista Forbes de los bimillonarios--intentando aplicar los métodos que hicieron las otras revoluciones, como la francesa –Siéyes, Carnot, Talleyrand, Marat…--y la bolchevique –Lenin, Troski, Stalin…--. Sin embargo, aquellos revolucionarios tenían inteligencia y capacidad política, aunque el exceso de brutalidad ideológica les llevó a ser arrastrados por los efectos de la revolución.
En cuanto el Gobierno, al menos en parte, convertido en una empresa comercial y financiera para explotar y destruir a los españoles, además de acabar con el Estado para que sea ocupado por otro país, tiene la función de enriquecer a la casta privilegiada y crear una enorme cantidad de gorrones que vivirán de las rentas públicas, siempre con la intención de empobrecer a la mayoría de la población.