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TRIBUNA

No por mucho madrugar...

domingo 20 de septiembre de 2026, 17:16h

Hay frases que se incrustan en el pensamiento de forma silenciosa, pero que, al transcurrir el tiempo y sin saber por qué, eclosionan con una fuerza inusitada. Son frases que nos llegaron antes de tiempo para poder encontrar el sentido del que son portadoras. Frases que esperan nuestra maduración existencial.

Una de esas frases fue la que mi querida suegra, sí, enfatizo lo de querida, me espetó cariñosamente al conocerme cuando su hija, por entonces mi novia, me la presentó: “xiquet, no tingues pressa, perque el que té presa no es divierteix”. Esta simple y sencilla frase dicha en valenciano y que no creo necesite traducción, es la que hoy muchísimos años después, da pie a esta reflexión.

Hay refranes que recogen este tipo de frases que se adelanta en el tiempo y que utilizamos de forma automática y con una ligereza con la que la sabiduría popular suele ocultar su propia profundidad. “No por mucho madrugar amanece más temprano” es una de ellas. La repetimos con media sonrisa, como si fuera una simple invitación a la paciencia. Pero mucho me temo que encierra algo más inquietante: una advertencia sobre la ilusión moderna de que todo depende de nuestra prisa.

Vivimos en una época que, en mi opinión, madruga demasiado. Todo quiere adelantarse al amanecer. Se anuncian continuamente futuros inminentes: la próxima revolución tecnológica, la siguiente transformación social, la nueva promesa científica que —esta vez sí— cambiará definitivamente la condición humana. El progreso se ha convertido en una especie de despertador universal que suena cada vez más temprano, para anunciarnos que el mundo está a punto de empezar de verdad. Pero el amanecer no responde a relojes despertadores.

La historia humana, cuando se contempla con algo de perspectiva, no avanza al ritmo de nuestras urgencias. Avanza con una cadencia más profunda, casi orgánica. Las verdaderas transformaciones de la humanidad —las que afectan al modo en que comprendemos la vida, la verdad, el bien o el sentido— no surgen por aceleración, sino por maduración. Como si la conciencia humana necesitara su propio tiempo de gestación, ajeno a los calendarios de nuestras impaciencias.

Sin embargo, el espíritu contemporáneo parece haber olvidado esta evidencia elemental. Nos hemos acostumbrado a pensar que todo puede acelerarse: la producción, el conocimiento, la comunicación, incluso la vida misma. La técnica nos ha acostumbrado a esa ilusión. Si podemos enviar un mensaje al otro lado del planeta en una fracción de segundo, ¿por qué no íbamos a poder acelerar también la comprensión del mundo o la plenitud de nuestra propia existencia?

Pero ahí aparece la gran paradoja. Cuanto más corremos, más crece una extraña sensación de confusión interior. Nunca hemos tenido tantos medios para avanzar y, sin embargo, rara vez el ser humano ha tenido una percepción tan difusa de hacia dónde avanza realmente. Corremos, sí. Pero no siempre sabemos si corremos hacia algún lugar o simplemente alrededor de nosotros mismos.

La prisa tiene algo de narcótico moral. Nos da la impresión de estar viviendo intensamente cuando, en realidad, quizá solo estamos evitando la pregunta más incómoda: ¿qué significa vivir?

El amanecer de esta frase pertenece a otra lógica. No es el resultado de un esfuerzo humano, sino de un orden que nos precede. Podemos prepararnos para él, esperarlo, incluso anticiparlo con esperanza. Pero no podemos producirlo y precisamente por eso, los momentos verdaderamente decisivos de la vida rara vez coinciden con nuestras planificaciones. La comprensión profunda de algo, de una persona, de una verdad, de uno mismo, llega casi siempre cuando ha llegado su hora. No cuando nosotros la hemos programado.

Hay una dimensión de la existencia humana que no se deja forzar. Y, sin embargo, la cultura contemporánea parece empeñada en demostrarnos lo contrario. Cada vez que surge una nueva tecnología poderosa, reaparece la tentación de pensar que el ser humano está a punto de superar definitivamente sus propios límites. Se habla de inteligencias artificiales capaces de reemplazar la inteligencia humana, de biotecnologías que alargarán indefinidamente la vida, de algoritmos que comprenderán mejor nuestras decisiones que nosotros mismos.

Ya pesar de todo ello, no deja de resultar significativo que, precisamente desde el mismísimo corazón de la IA, estén llegando algunas de las advertencias más inquietantes. Dario Amodei, uno de los responsables de Anthropic, reclama discutir incluso si conviene ralentizar su desarrollo ante el riesgo de que llegue a escapar del control humano. Mustafa Suleyman, responsable de IA de Microsoft, advierte de que sistemas autónomos podrían acabar configurando una nueva especie de inteligencia no biológica. Y otros dirigentes y magnates tecnológicos como Elon Musk, llegan a comparar los riesgos de un desarrollo sin control con los de las armas nucleares, si no se establecen normas que controlen de forma efectiva su evolución.

Cada vez son más las voces distintas, pero con una misma pregunta de fondo: ¿estamos acelerando el amanecer o simplemente estamos consiguiendo que nuestras máquinas madruguen más que nosotros?

La promesa implícita es siempre la misma: el amanecer puede adelantarse. Pero la pregunta verdaderamente interesante no sea cuánto podemos adelantar el amanecer, sino si sabemos reconocerlo cuando llega. Porque el amanecer humano no es simplemente una mejora técnica. Es un despertar de conciencia. Un momento en el que el ser humano descubre algo más verdadero sobre sí mismo y sobre el mundo que habita. Y ese tipo de descubrimiento nunca ha sido fruto de la prisa.

Los grandes avances científicos y tecnológicos, no surgieron de una aceleración frenética, sino de largas épocas de búsqueda paciente. Las grandes intuiciones filosóficas nacieron del silencio reflexivo, no del ruido de la urgencia. Incluso los momentos más luminosos de la historia moral —cuando la humanidad ha ampliado su comprensión de la dignidad humana— han necesitado generaciones enteras para madurar.

El amanecer humano siempre llega despacio, y es por eso que las frases breves de la tradición popular contienen a veces una sabiduría que nuestras teorías modernas olvidan. En su aparente simplicidad, recuerdan algo esencial: la realidad no siempre responde a nuestras prisas.

Podemos madrugar todo lo que queramos. Podemos llenar el mundo de relojes, de calendarios, de algoritmos predictivos. Podemos incluso intentar programar el futuro. Pero el amanecer, el verdadero amanecer de la vida humana sigue obedeciendo a un ritmo más profundo que nuestra voluntad, y entonces la cuestión no es cuánto madrugamos sino: si estamos despiertos cuando amanece.

Mi querida suegra, y vuelvo a enfatizar lo de querida, no hablaba entonces de inteligencia artificial, ni de algoritmos, ni de singularidades tecnológicas. Me decía simplemente: «Xiquet, no tingues pressa...». Quizá no sabía que me estaba regalando una pequeña filosofía de la existencia. No lo sabía, pero lo sentía y lo vivía. Ella sí estaba preparada para ese amanecer. No le hicieron falta las prisas, se fue tranquila y serenamente al ir a cumplir los 104 años.

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