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TRIBUNA

Hay siempre mar de fondo

domingo 20 de septiembre de 2026, 17:18h

Algunas imágenes del verano se resisten a la primera fila. Parece que la retaguardia es su aliada. De forma imprevisible, se aparecen nítidas para sacarnos de sí cuando la monotonía de septiembre nos engaña con esas frases y suspiros vacuos de ojalá haber aprovechado más, ojalá haber desconectado y descansado lo suficiente, se haya hecho o no. La insatisfacción es uno de nuestros órdenes naturales, y para combatirla llevamos siglos pergeñando fantasías suficientes para que nos solucionen los vahídos momentáneos de nostalgia. Pensamos en los bañistas que bromeaban en la orilla. La cena que supo a poco y se pagó de más, aunque el lugar fuera exquisito. El pueblo que no se visitó y ya si eso el verano que viene. Con todos esos retales, un artículo, un relato, un poema, una novela, un ensayo, unos minutos en la radio. A ver si de ese modo evitamos quedar como torpes dueños de un tiempo que siempre ha sido fingido, tanto que, pasado por la ficción, ya no queremos ni creerlo, y es que llegamos a ser realmente pelmas, hay que admitirlo.

Una de las gracias de contar con la ayuda de las ficciones es contradecirse, y el giro de ciento ochenta grados en unas pocas líneas puede recuperar ese tópico, pero efectivo, aroma perdido de los días que se nos han volatilizado. ¿No nos lleva esa amenaza constante a sacar fotos, a tomar notas de lo que estamos viviendo, a pesar de que dejemos de vivirlo por dedicar unos segundos a intentar describirlo? ¿O ganamos algo más de vitalidad por revivirlo? Nunca queda del todo clara la estrategia. La irrealidad setembrina nos deja en ese permanente vuelco hacia la duda de qué se está haciendo bien y cómo deberíamos ubicarnos en el ahora, porque el ahora es lo que carece de importancia, a pesar de todas las consignas que invitan a disfrutar del presente. En realidad, es más notorio el presente cuando no dejamos de hablar del pasado, y eso es lo que debería soltarnos de los adornos fáciles hacia lo vivido. Sentirlo en primera persona no quita la sensación de estar rezagado.

En Rota, evidentemente, no pude atender con seriedad y aplicación ninguna de las consideraciones anteriores. ¿Éxito por la desconexión anhelada durante las vacaciones? En parte, sí. Pero, como decía más arriba, la retaguardia debió estar en horas bajas y no acumuló material suficiente al que acogerse meses más tarde. Cada día y su escena, por anómala o disfrutable, tuvieron el fulgor suficiente para ocupar su espacio. Después, poco rastro en el que rebuscar, tampoco al estar escribiendo, porque fueron lo suficientemente completas aquellas risas descontroladas hacia el frío que sentíamos por culpa de la humedad y el poniente, el descubrir nuevos bares y desencantarnos de los conocidos, los tres encuentros poéticos de muy diferente manera respectivamente, el salir accidentado de la playa con la marea alta tapando los rocosos y dañinos corrales, los muros blancos y las buganvillas que se caían como un lamento solemne de quien no sabe ser bella y también deseada. De todo ello, un minuto sin palabras, algo de palidez, si acaso.

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