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CRÍTICA DE CINE

Melancolía: Lars von Trier convierte la depresión en arte mayor

Melancolía : Lars von Trier convierte la depresión en arte mayor
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Joaquín del Palacio
miércoles 23 de septiembre de 2026, 11:05h

9/10

El mundo de la metáfora nos aleja de las bestias. Se concibe como adorno poético pero su verdadera utilidad es psicológica y práctica. Hacen que el cerebro entienda y recuerde ideas complejas conectándolas y estableciendo relaciones con cosas que ya conoce. El ser humano es metáfora, con una enorme capacidad para entender el sufrimiento y cuando se lo muestras encapsulado en arte lo sublima hasta un punto en el que siendo espectador lo vive como propio. Melancolía es una de esas películas que te aplastan y te acongojan, sales del cine como si te hubiera pasado una apisonadora por encima. Lars von Trier nos muestra con metáforas impactantes cómo podría ser la depresión vista desde un interior devastado. Añade sucesos paralelos y anécdotas circulares que nunca consiguen hacernos olvidar el cataclismo que tenemos en ciernes, inexorable como la propia enfermedad. Y se vale de una actriz en estado de gracia que representa la cara visible de la depresión, a menudo escondida tras una mueca que no consigue ocultarla. Probablemente estemos ante la mejor película del XXI.

Lars von Trier es un cineasta que chapotea en el exceso y rebusca todos los recursos a su alcance para acercarse al alma humana y a sus estados límite, poniendo en escena a individuos que transgreden el orden social —así como sus códigos y rituales—, y nos hace vislumbrar el abismo a través de ellos. Admirado y abucheado a partes iguales, no ha dejado de desplegar figuras y temas obsesivos. La fascinación por la mujer —figura central de todas sus películas—, el desencanto y la violencia devastadora de los estados extremos (fe, misticismo, fanatismo o depresión), el cuestionamiento del mundo, la racionalidad de la sociedad, sus hipocresías, etc. En Melancolía vuelve a poner todo esto en juego con una maestría asombrosa que se supera en el plano estético, mucho más cuidado que otros trabajos.

Melancholia (en original) se divide en dos partes, tituladas Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg), que son los nombres de las dos hermanas que orbitan el film como dos planetas, siendo Claire La Tierra y Justine Melancolía.

Justine

La primera parte es la boda de Justine con Michael (Alexander Skarsgård), y toda ella es una puesta en escena organizada hasta el último detalle por su hermana Claire, en una lujosa mansión que comparte con su marido John (Kiefer Sutherland). La boda funciona como una sátira cáustica del sistema social en su conjunto: es la manifestación más evidente de los mecanismos mediante los cuales la sociedad reafirma y exhibe los códigos que la rigen. Todos los presentes están representando un papel en las salas iluminadas de la espléndida mansión, pero el orden impecable de la boda se resquebraja por todas partes. La novia se va a tomar un baño justo cuando se la espera para el gran momento del pastel nupcial. El padre (John Hurt), un amable incapaz que huye en plena noche justo cuando Justine más lo necesita, o la madre (Charlotte Rampling) que se nos presenta como un monstruo glacial lleno de odio. En el corazón de la fiesta son bien visibles los signos de las tensiones que corroen las relaciones familiares y profesionales, pero LvT muestra de manera magistral cómo los invitados consiguen no verlas. Los indicios de la descomposición de la fiesta se acumulan. Una desintegración acentuada por el movimiento incesante de la cámara al hombro y por los cortes bruscos que crean un universo caótico allí donde el orden intenta imperar. Sin embargo, la fiesta continúa como si nada, provocando una profunda sensación de inquietud.

Claire ha organizado al detalle la ceremonia de la boda y pretende que su hermana se ajuste a ese marco estricto. Una tarea difícil cuando la novia llega con dos horas de retraso, decide bañarse en plena velada o se escapa hacia la profunda oscuridad del campo de golf desnuda.

Justine es evanescente. Ausente de este mundo, siempre a punto de desaparecer. Asiste a su boda como un autómata cuyo mecanismo —su hermana Claire— se encarga de remontar constantemente para evitar que se desplome y abandone la pista. Extraordinaria la elección de Kirsten Dunst para este papel (premio a mejor actriz en Cannes), cuya delicada fisonomía le permiten atravesar la película como si flotara, envuelta en una atmósfera de un lirismo insólito

La melancolía, esa enfermedad que la aísla del común de los mortales, hace aflorar lo fantástico en el filme. Y ahí reside precisamente el genio de LvT: al anclar profundamente las manifestaciones sintomáticas de la enfermedad en el contexto de una puesta en escena social opresiva e hipócrita, inscribe todo el desarrollo de la película en un marco muy realista que, sin embargo, nos arrastra imperceptiblemente hacia una dimensión fantástica que termina por desplegarse en la segunda parte.

Claire

En cierto modo, podría decirse que LvT logra la película de catástrofes más angustiosa jamás realizada y el sentido de la segunda parte no es otra cosa que la llegada de ese alma gemela que Justine anhela con todas sus fuerzas —el planeta Melancolía— y que su hermana teme con todas las suyas. Desde esta perspectiva, Melancolía es también el rival que viene a arrebatarle Justine a Claire. Justine, «la melancólica», es por tanto la verdadera artista de la segunda parte: ella es quien genera esas imágenes de una belleza asombrosa —esos claros que iluminan la noche con una luz sobrenatural—. Es ella quien hace resonar la suntuosa aria de Tristán e Isolda de Wagner, parte intrínseca de la película. Del mismo modo que es ella quien construye, junto con el hijo de Claire, esa tienda mágica en la que aguardarán el fin del mundo. La mujer melancólica y el niño son los dos únicos seres de la película que aún no están condicionados por el sistema social. También son los dos únicos que conservan en su interior un imaginario creador.

Si bien LvT ya no tenía que demostrar que era un genio de la puesta en escena, tal vez nunca haya alcanzado tal grado de maestría poética. La segunda parte despliega la película en su vertiente catastrofista, y nos ofrece sin duda uno de los finales más preciosos de la historia del cine. La estructura dramática de esta parte se basa enteramente en la «danza de la muerte» que Melancolía ejecuta con la Tierra: se acerca a ella por primera vez, la rodea y se aleja, antes de regresar para chocar frontalmente, como en una danza de seducción. Una danza de deseo y muerte que se infiltra también imperceptiblemente en nosotros gracias a la banda sonora, que transmite las reacciones de la naturaleza ante la proximidad del peligro. Wagner resuena en nuestras conciencias como un martillo de seda, pero siempre martillo. Oímos inconscientemente relinchar a los caballos mucho antes de ser conscientes de ello, y la angustia ya nos había atrapado. Es de este modo como LvT logra la suntuosa escena final. Nunca se había mostrado con tanta perfección que la fuerza de la imagen reside menos en lo que muestra que en lo que sugiere; dicho de otro modo, que es el fuera de campo lo que habita la imagen al diseminar en ella sus signos: huellas de una presencia aún ausente que amenaza con invadir el campo visual. Mientras Melancolía se acerca ya de forma irremediable, la cámara encuadra a las dos hermanas y al niño, acurrucados bajo la tienda mágica construida por Justine, y es en sus rostros donde vemos producirse la colisión. Solo en ese instante LvT se permite mostrar en plano directo la imagen del apocalipsis.

La Fotografía la dirigió el chileno Manuel Alberto Claro y destacó por el uso expresivo y constante de la cámara en mano, además de una estética visual muy contrastada en las luces. La película inicia con una obertura de unos ocho minutos compuesta por 16 planos fijos en cámara hiperlenta al ritmo de Tristán e Isolda.

La narrativa y el estado mental de las protagonistas se refleja directamente en la iluminación y la paleta de colores que divide las dos partes. En la primera es dominada por tonos cálidos, amarillos y dorados propios de la opulenta celebración de una boda en un lujoso palacio. La iluminación satura los rostros para acentuar la falsedad social y la claustrofobia que Justine experimenta debido a su profunda depresión. En la segunda los tonos se transforman en colores fríos, azulados y pálidos. La luz se vuelve más natural, misteriosa y nocturna, destacando la icónica escena de Justine desnuda bañándose bajo la luz azulada del planeta Melancolía.

Melancolía en mi vida

He visto Melancolía tres veces, en tres momentos vitales distintos, y cada vez he sentido cosas diferentes. La primera vez fue en el cine, en sala grande, con silencio absoluto, sin palomitas ni sorbedores profesionales de refrescos ni ninguna otra molestia o perturbación del menor tipo. Cuando acabó no me podía mover del asiento, no era capaz de ponerme de pie, sentía que de algún modo la pantalla ya apagada aún debía emitir alguna esperanza, que no podía acabar así, sin más, con esa dureza a la que el director te ha ido llevando poco a poco en una coreografía tan poética como cruel. Al final conseguí salir de allí, ahogué mis penas en alcohol (del caro, por supuesto), y conseguí evadirme, y como el cerebro tiende a evitar los recuerdos dolorosos, la película fue cayendo en una especie de limbo existencial hasta que me volví a encontrar con ella años más tarde.

Mi segunda vez fue en un ambiente ruidoso, con niños molestando, luces que se reflejaban en la pantalla y falta de armonía y concentración. Esta es una película que exige mucho del espectador, no es un telefilme de festivo ni un tic-toc para adolescentes inquietos necesitados de dopamina inmediata, así que en esa segunda oportunidad la película no lució como debiera.

La tercera vez, en casa, cineclub privado, ambiente propicio: de noche, espectadores entregados y un conocimiento de lo que iba a experimentar que me hacía estar mucho más pendiente de los detalles, incluso de los que pasan muy desapercibidos, y de su poesía, de su luz, de sus constantes metáforas, de su capacidad para acercarnos a un mundo en el que nunca hemos estado como el de la depresión. El cine debe tocarnos, debe intimar con nosotros y producir reacciones fuertes, debe apelar a sentimientos que ni siquiera conocemos, aplastarnos, asustarnos, hacernos pensar o hacernos reír, y cuando de verdad lo consigue es cuando se convierte en una obra de arte.

Advertencia: Wagner se quedará prendido en vuestro hipocampo y desde ese día no lo podréis escuchar sin estremeceros.

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