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TRIBUNA

Antigua imagen de los españoles

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 09 de octubre de 2026, 19:29h

    Si leemos a Tito Livio, el historiador romano del que tenemos más información de la conquista romana de España, los generales que conquistaron a los diversos hispanos no nos ofrecen una buena imagen de aquellos ancestros nuestros. Así, Quinto Fulvio Flaco afirma de nuestros combatientes que anidaba en ellos más el crimen y la perfidia que el valor y el coraje: “scelus et perfidiam illis, non virtutem nec animum accessisse” ( XL, 39, 9 ). Tiberio Sempronio Graco, el padre de los famosos tribunos Tiberio y Cayo, sostenía que los celtiberos practicaban una lealtad fluctuante: “fluxa fide” ( XL, 50, 5 ). Y esa lealtad fluctuante no sólo era de ellos con Roma, sino también entre ellos: “desperato auxilio suorum in deditionem venit” ( la plaza se rindió al haber perdido la esperanza de ayuda por parte de sus compatriotas ) ( XL, 33, 2 ). Esta situación se ha mantenido hasta el final con los golpistas socios catalanes de Sánchez. El pretor Gayo Atinio fue herido al acercarse a las murallas de Hasta, cerca de Jerez de la Frontera, para negociar con sus ciudadanos, y murió pocos días después a causa de la herida ( XXXIX, 21, 3 ). Éramos una provincia de carácter feroz: “provinciam ingenio ferocem”, según el padre de los Graco ( XL, 35, 13 ). Carecen de todos los modales cuando parlamentan con las autoridades militares romanas, provocando la risa por lo primitivo de su carácter y su absoluta ignorancia de cómo comportarse: “nihil prius petierunt a praetore, quam ut bibere sibi iuberet dari. Epotis primis poculis iterum poposcerunt, magno risu circumstantium in tam rudibus et moris omnis ignaris ingeniis” ( XL, 47, 5 ). Y gracias a la racialidad indemne de nuestro José Luis Ábalos nos mantenemos así de castizos. Sin duda, la Andalucía de entonces representaba la tierra de hispanos más pacíficos, precisamente porque era la zona más civilizada, por la misma razón que César decía que los belgas eran los más valientes, porque eran los galos más alejados de la civilización, como nuestros celtiberos. “Omnium Hispanorum maxime imbelles habentur Turdetani (…) alienisque armis parabant bellum”. Esto es: “Los turdetanos son considerados los más ineptos para la guerra de todos los hispanos (…) preparaban la guerra con armas ajenas” ( XXXIV, 2-5 ). Muchos españoles de entonces, nacidos para la guerra, se quitaban la vida ellos mismos cuando la autoridad romana les despojaba de las armas de combate, pues que consideraban que a un hombre no le merece la pena vivir si no combate: “multi mortem sibimet ipsi consciscerent, ferox genus, nulla vitam rati sine armis esse”.

     De todos los escenarios en que la Guerra Civil entre cesarianos y republicanos  tuvo lugar, el de Hispania fue el más sangriento, el más salvaje, el más implacable. Aquí la Guerra Civil (“Bellum civile ac domesticum”) llegó a unos grados de tal crueldad que hasta enturbió el ánimo frío y calculador de Julio César. Sus sentimientos, profundamente excitados por la inhumana conducta de los hispanos, en ocasiones se desviaron por contagio. Nunca hubo lugar ni ocasión, como en otros sitios, para el perdón ( “ad ignoscendum”), y a todos los prisioneros se les cortaba las manos antes de soltarlos. Jamás César antes vio las barbaridades y amencia sangrienta que en España se perpetraban entre sí los propios españoles de distinto bando. Y eso que César había visto muchos crímenes horribles y espantos durante sus muchas conquistas. Lo dice incluso de forma expresa: De acuerdo a los recuerdos que los hombres tienen jamás estas cosas se habían hecho.

     La compasión no existía hacia ningún ser vivo, ya fuera anciano, mujer o niño, que fuera prendido por los enemigos. “Vivos aliquos ceperunt, qui postero die sunt interfecti”. No había jamás clemencia en la rendición de cualquier pueblo de Hispania, sino exhibición de crueldad infinita. Los siervos estrangulaban a sus amos, y a los hijos y mujeres de estos, para salvar la vida ante un enemigo siempre inclemente. Las matanzas de ciudades enemigas enteras ( “iugulatio oppidanorum” ) era el procedimiento ordinario. A los enemigos políticos se les mataba no sin antes pasar por la espada a la familia entera. Contra la crueldad de algunos, César, contra su costumbre, comenzó también a ser cruel. Así, el esclavo que mató a su dueño, y a su mujer y a sus hijos, para conquistar el corazón de César, César lo quemó vivo. “Is vivus est combustus”.  Aunque, en general, a los esclavos los crucificaban y a los soldados los decapitaban.

     La muerte entre los mismos hermanos y entre padres e hijos fue también muy frecuente en Hispania durante esta guerra civil entre César y el moribundo régimen republicano. Este tipo de crímenes los romanos los castigaban matando a palos (“fusti”) al fratricida. Se utilizaban los cadáveres de los enemigos para hacer las empalizadas frente a los enemigos sitiados, y las cabezas de los muertos, puestas en orden, se volvían hacia los enemigos para que se consternasen sus ánimos y el terror los paralizase. Es así que la crueldad se retorcía y complicaba tanto que producía arabescos de horror.

    En la toma de Córdoba, César, infectado por ese ambiente de horror, ejecutó a 22.000 personas. Se ejecutaba de noche en masa a las cohortes más tímidas y dubitativas en la pelea. César entró en Sevilla con la cabeza de Pompeyo “El Mozo” ( Adulescens ), para exponerla él mismo en la principal plaza de la ciudad. Y terminada la guerra, César se despidió de Hispania con un discurso de estilo ático, dirigido para aquellos españoles, pero que también nos puede llegar a nosotros, que hemos repetido bastantes veces los mismos pecados de nuestros padres – el 36 no es la excepción sino la regla -, y del que podemos entresacar las siguientes líneas: “Vosotros habéis aborrecido siempre la paz ( “Vos ita pacem semper odistis”), de suerte que el pueblo romano no puede jamás sacar de aquí sus legiones, a fin de que no os matéis entre vosotros. Los beneficios los recibís como injurias, y estimáis por favores los agravios ( “Apud vos beneficia pro maleficiis, maleficia pro beneficiis habentur”). Despreciáis a quienes os gobiernan bien, y amáis a quienes os tiranizan. Así jamás habéis podido conservar ni la concordia en la paz ni el valor en la guerra”.

    La concordia y la paz en este suelo son conquistas que han costado mucho conseguir, y haremos muy bien en mimarlas continuamente, haciendo, entre otras cosas, que la libertad de expresión sea indivisible, y que bajo ella se expresen todos, estos y los otros, los de un bando y los de otro. La hazaña de estos últimos cincuenta años la tenemos que proteger con todo nuestro afán. Es nuestro tesoro común. La única línea que no permitiremos jamás que ningún gobierno la cruce, es el despedazamiento de la Libertad Política y las instituciones democráticas, así como la clausura de la Monarquía, gran garante de aquélla. El loco gobernante que la cruzara quizás pudiera despertar a los perros de la guerra. La derecha que venga después del 29 de Noviembre, tras el izquierdismo indefinible y despótico de Sánchez, que no le ha importado nunca pactar con cualquiera para seguir en el trono – quiso también cogobernar con Albert Rivera y hubiera cogobernado con Abascal si éste le hubiera guiñado un ojo -, tiene como misión primera el calmar y templar los ánimos peligrosamente soliviantados de los españoles, que queremos pensar que ya no somos el pueblo que describían los romanos.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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