En ‘Algunas consideraciones finales y mi eterna gratitud’, que cierra la nueva novela, Un día en la vida de Clarita, de Rosa Montero, la escritora y veterana periodista señala que este libro es una rareza dentro de su obra, y cuenta que en 2025 se comprometió a participar en una residencia literaria en el hotel Le Belvèdère du Rayon Vert, en la localidad francesa de Cerbère. Pero por enfermedad tuvo que cancelar la estancia. No quería dejarles tirados y se dispuso a hacer el trabajo que debía realizarse: escribir el primer capítulo de una hipotética novela que se publicaría en un volumen conjunto de todas las residentes.
Sin embargo, al comenzar a escribirlo, las primeras treinta líneas, supo que no podría mandarlo, por lo que para cumplir con el compromiso elaboró otro texto. Se dio cuenta de que Clarita era “una presencia poderosa. Se removía dentro de mi pecho ansiosa por salir. Y por seguir” y se dijo: “Esto es mío. Esta mujer es para mí”. Gracias a esta decisión, podemos disfrutar de esta breve pero intensa novela corta, que se desarrolla en unas horas, y se encabeza por tres citas muy significativas, de Mark Twain, Winston Churchill y del militar y poeta británico Thomas Osbert Mordaunt, no las pasen por alto, en relación con lo que se nos va a relatar y su sentido y propósito.
La novela arranca con el despertar de su protagonista, Clarita Rincón (nombre no elegido al azar) que se dispone a afrontar un nuevo día en su trabajo en un negocio familiar, el banco Arteaga, en una descripción surcada por el ritornello “como siempre’, porque Clarita sigue una rutina metódica y precisa. Pero esa jornada es diferente: es el día de su jubilación tras tres décadas de ser una empleada impecable. Y más distinto aún será ese día al producirse un suceso brusco y repentino, que se verá coronado por una reacción de Clarita todavía más inesperada y sorpresiva, que nadie, ni ella misma espera, y que no conviene desvelar, como pide la propia autora en ese texto al final del volumen para no “destripar el juego”.
Porque la última propuesta de Rosa Montero, a quien debemos entre oros muchos títulos, las novelas Crónica del desamor; La hija del canibal; Amado amo; El corazón del tártaro y El peso del corazón, los ensayos La loca de la casa; El peligro de estar cuerda y la recopilación de crónicas y reportajes Cuentos verdaderos, es un delicioso juego narrativo, un relato que entronca con los cuentos maravillosos (“Tres pistolas y tres llaves, suena a cuento de hadas, a las pruebas y los talismanes que tiene que ir superando y ganando la princesa protagonista”), del que no está ausente el humor.
Durante toda su existencia Clarita ha sufrido humillaciones -se adivina incluso un episodio de maltrato en ese pasado del que no quiere acordarse- y en su labor en el banco Arteaga sus impresentables compañeros la han ignorado, cuando no despreciado y ridiculizado, salvo la inmigrante cubana, Yolanda, con la entabla una amistad entre desdeñados (su único otro “amigo” es Mariano, “un viejo bolígrafo Parker con un pulsador suavísimo”).
Todo un historial de ultrajes y burlas que la ha arrastrado a sentir “el escozor de la herida interminable que es su vida”. Y lo que es peor, la ha empujado a la caída total de su autoestima, a adaptarse a esa invisibilidad, a la pregunta: “Por qué no ha encajado nunca en el entorno. Ella que siempre se ha esforzado en no hablar demasiado, en no disentir, en no mostrar enojo, en ayudar a los demás si es necesario”, a insultarse a sí misma: “¡Tonta, bruta, imbécil!”.
Por las páginas de la novela asoman asuntos muy tratados por Montero en su producción: el patriarcado y el feminismo; la incomunicación; el edanismo; la fiereza del poder y la deshumanización (“El poder engorda cuando aplasta. Si no aplastara, perdería sustancia, se iría difuminando, dejaría de dar miedo y, por consiguiente, ya no sería tan efectivo”) … Y ofrece nueva muestra de esa “ética de la esperanza.”, como destacó el Jurado del Premio Nacional de las Letras Españolas, de su decidida y necesaria apuesta por la resiliencia, por presentar que nunca es tarde para experimentar el “obcecado empuje de la vida”, como leemos en su novela La carne.
“Y si el patito feo se convirtiera en cisne? Canturrea Clarita para sí. Pero no, no va a ser capaz… ¿O tal vez sí?”. Y se descubre otra: “Eres otra, Clarita. Hoy es el día de tu jubilación y todo final es un principio”.