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CRÍTICA DE CINE

La bola negra: poesía, arte y folclore en un gran espectáculo visual

La bola negra : poesía, arte y folclore en un gran espectáculo visual
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Joaquín del Palacio
miércoles 28 de octubre de 2026, 13:38h

Acudí al cine llamado por mi responsabilidad a esta columna, esperando encontrarme con un artificio maniqueísta sobre buenos y malos, lleno de colorines y revanchismo de todo tipo. Lo cierto es que aunque no estaba equivocado en mi supuesto, a lo largo de la proyección me fui emocionando, mi talante cambió de manera radical y donde veía fantasmas estos se transmutaron en poesía, lirismo, mensajes entrecruzados, complejos y a la vez simples de entender y salí del cine entusiasmado, con la idea de haber descubierto algo nuevo y extraordinariamente original. La película está rodada con un enorme amor al cine y a todo lo que este representa como arte y espectáculo. Dentro de las tres historias que nos ofrecen por el precio de una, los Javis no han escatimado en nada, todo está ahí y está bien hecho tanto para espectadores exigentes y cultos que esperen mucho de ella como para mentecatos de esos que se aburren rápido si no hay acción ni dopamina inmediata. A mí me entusiasmó, es una meritoria obra de arte, y como punto negativo quizá me sobró algún desnudo innecesario y que todos los homosexuales fueran buenos, simpáticos y guapos y los heteros malvados, antipáticos y feos. En todo caso, no debemos abrazar prejuicios si queremos ser felices.

 La premisa que da origen a La bola negra es una obra inacabada de Federico García Lorca de la que en realidad solo se conservan cuatro páginas. A partir de aquí, Javier Calvo y Javier Ambrosi (Los Javis) —con un presupuesto de 14 millones de euros que se notan en una producción muy generosa—, ponen su imaginación desbordante al servicio de reconstruir esa obra de teatro que su autor original nunca terminó y a la vez nos cuentan todo lo que durante la guerra civil tuvieron que hacer determinadas personas para conseguir salvar ese manuscrito, y cómo en tiempos actuales esas cuartillas volvieron a ver la luz. Es decir, tenemos tres películas, una en medio de la guerra, otra que es la ficción derivada —e inventada— de la puesta en escena de la obra de Lorca y una tercera en tiempos actuales, que como anécdota en parte fue rodada en la casa donde viven mis hijos mayores. En su primera participación en la competición del Festival de Cannes (y en marzo del año próximo en los Oscar), Los Javis proponen un fresco amplio y emocionalmente ambicioso que intenta vincular la identidad personal, el trauma histórico y el silencio perpetuado de generación en generación a lo largo de casi un siglo de historia de España. La bola negra resulta por momentos espléndida y conmovedora, aunque a veces sucumba bajo el peso de su propia envergadura y ambición. La película sigue una constelación de vidas interconectadas cuyos ecos emocionales y políticos se nos revelan poco a poco. En lugar de estructurarse sobre una cronología lineal, Los Javis abrazan la fragmentación y las revelaciones diferidas, construyendo un rompecabezas narrativo que gana fuerza emocional de forma progresiva, hasta llegar a un giro tardío que recontextualiza gran parte de lo que le ha precedido. Es decir, la comprendemos conforme avanza, como debe pasar con toda historia bien contada y en su metraje se abordan de manera muy ambiciosa la mayoría de los infinitos traumas del ser humano: el amor, la amistad, la vergüenza, el deseo, los conflictos familiares, la violencia o la guerra, convirtiendo todo ello en una auténtica epopeya bélica llena de magia y creatividad desgarradora. Y esto es importante: no todas las películas deben ser moderadas, a veces se impone ese desorden frenético y esa indisciplina que genera una gran obra llena de aristas.

 El gran acierto del guion reside en la elegancia con la que se abordan estos saltos temporales. El montaje se convierte en uno de los puntos fuertes del filme: las transiciones entre épocas son siempre claras, fluidas e ingeniosas, lo que permite al espectador transitar por diversos registros emocionales sin que la película pierda su impulso. Lo que podría haber derivado en un ejercicio de complejidad innecesaria, se despliega, por el contrario, con una soltura sorprendente que solo nos confunde algo al principio.

 Colores y músicas

 En el plano visual, La bola negra apuesta por una paleta luminosa. Tanto los segmentos ambientados en la actualidad como los de época están dominados por colores vivos; los directores resisten la tentación de representar el sufrimiento histórico exclusivamente mediante tonos desaturados, algo muy típico en estos tiempos. Tan solo un breve fragmento recurre al blanco y negro, pero se trata de una ruptura visual que evoca la memoria y la ausencia y responde a una lógica en esa escena.

La partitura de Raül Refree resulta, en un primer momento, muy enfática —subrayando las emociones con insistencia metódica—, pero a medida que avanza la película, nos revela una calibración más sutil de lo que parecía al principio; se acompasa cada vez mejor a la atmósfera general y acompaña con acierto la transición gradual del melodrama hacia algo más poético y contemplativo. A ratos, música e imagen nos hacen levitar en algunas escenas magistrales que parecen un cuento en el que todos estamos soñando.

La Bola Negra ofrece, por otro lado, una estética visual saturada, una escenografía y un vestuario impecablemente diseñados, así como un mensaje claramente seductor. Todo esto son los ingredientes de lujo para un gran éxito tanto en España (ya es la tercera película española que más ha recaudado en la historia con casi 40 millones de euros) como a nivel internacional, que podrían convertir a este dúo de autores españoles en ganadores de muchos premios. Y lo merecen porque pese a todo, es un ejercicio muy arriesgado.

 Los actores

 En cuanto a las interpretaciones, el reparto destaca por una cierta heterogeneidad. Guitarricadelafuente se estrena en la interpretación dotando al personaje de Sebastián (un soldado en 1937) de una mezcla convincente de contención y vulnerabilidad, encarnando a un hombre desgarrado entre su deber y el doloroso descubrimiento de su propia identidad en la que no se reconoce. Alberto (Carlos González) se convierte en el valor seguro de la trama contemporánea: se mantiene firme, serio en todo momento, conserva la cabeza fría y demuestra una valentía discreta al descubrir verdades incómodas sobre su familia, todo ello mientras su relación con su madre —interpretada por la siempre compleja e histriónica Lola Dueñas— se deteriora y se vuelve cada vez más inhóspita y dura. Esta actriz me resulta tan creíble que me da miedo que de verdad sea así, Por su parte, Miguel Bernardeau, en el papel de Rafael (el prisionero de Sebastián), aporta al filme una mirada triste, dura y esperanzadora; encarna a un hombre que sigue creyendo en el amor a pesar de todos los obstáculos que la vida ha puesto en su camino y que le conducen hacia un pelotón de fusilamiento. Por último, Carlos (Milo Quifes) —protagonista de la parte ambientada en 1932 y que representa la ficción lorquiana— reúne la dosis justa de miedo y sensibilidad en el papel más poético. Si bien Penélope Cruz no resulta especialmente memorable —rara vez ocurre eso, yo no me la creo y me disculpo por ello—, Glenn Close está formidable. En la piel de una profesora de literatura española, aporta a la película destellos de calidez humana e ingenio, todo ello con total naturalidad. Y además habla español con un gracioso acento guiri.

 La memoria del sufrimiento

 Todos los personajes dejan una huella determinante en la memoria y en los textos; una huella de sufrimiento, como lo fue la mayoría del siglo XX español. Este miedo inherente obliga a que la comunicación no sea directa y se mediatice, y este modelo comunicativo se convierte en el único medio para hablar, ya que las conversaciones reales se ven interrumpidas, a veces por militares que vigilan los intercambios y otras por traumas familiares que impiden cualquier conexión sana. Una estructura narrativa tan compleja exige suficiente espacio y tiempo para desplegarse de forma natural y con su adecuado ritmo. Con un metraje de 157 minutos, La bola negra es larga, pero no se me hizo larga. Hay escenas musicales que son pequeños destellos de genialidad en los que solo hay que contemplar y escuchar, sin necesidad de entender. No obstante, la resonancia emocional y política de la obra es considerable. Los Javis sugieren que los derechos y libertades nunca pueden darse por conquistados de forma definitiva, y que innumerables historias de amor corren el riesgo de quedar sepultadas por el miedo en lugar de florecer.

Siendo un drama histórico complejo, resulta perfectamente comprensible sin necesidad de conocer los pormenores de la Guerra Civil española ni la vida de Lorca; no obstante, poseer ese conocimiento es recomendable, despierta la curiosidad y enriquece la experiencia de manera exponencial. Es una historia accesible y fácil de seguir sin necesidad de preparación previa.

La Bola Negra aborda un legado poco tratado y de gran interés. Desafía la creencia de que los homosexuales están destinados a dejar una huella menor en el mundo por no tener hijos. Reconoce y comprende el dolor fundamental que supone vivir en secreto, al tiempo que aborda un trauma generacional más amplio —que afecta no solo a los gais, sino a cualquiera que atraviese guerras, tanto privadas como públicas— con dignidad, elegancia y belleza.

Su estructura narrativa es de gran envergadura, tanto en su alcance como en su ejecución, y llega a una conclusión sencilla y conmovedora: Todos importamos. Cada uno de nosotros. El dolor de nadie es menor que el de otro, pero hay ciertos dolores que se prolongan a lo largo de las décadas, moldeando aquello en lo que nos convertimos. Es una película sorprendente y audaz; una de las mejores de un año extraordinariamente rico en joyas patrias como Los domingos o El ser querido. Ojalá el próximo nos brinde tantas grandes creaciones.

 La temática queer en el cine

 Para una persona heterosexual la temática gay explícita puede ser incómoda. El acierto de Los Javis es que no han recurrido a escenas demasiado claras, todo se ve desde la distancia y está construido con la suficiente sensibilidad como para que cualquier persona pueda verla sin sentir desagrado, incluso sentirá una fuerte empatía por los protagonistas porque al final no son más que historias humanas. Lo que es poco creíble —y sin duda, el punto más flojo de la película— es que todo transcurra en tres etapas temporales distintas en donde en todas ellas los protagonistas son homosexuales, simpáticos, cultos, guapos, entregados a su causa, leales, impecables, y a su alrededor pululan una serie de heteros siempre feos, indeseables, violentos y paletos. El maniqueísmo es intolerable en cualquier obra de arte porque la desvirtúa y la instrumentaliza en favor de una causa casi siempre política, casi siempre ajena a ese arte. Algo más de grises habría sido recomendable para el grueso del público, porque la realidad es siempre más compleja que el deseo. Hay gente buena y mala en todas partes.

Pese a ese matiz, la poesía, la música, la imagen y las tres historias que nos cuentan Los Javis saciarán por completo las ansias de arte y espectáculo de cualquiera que acuda a una sala de cine a ver La bola negra —es película de sala grande— y colmarán todas las ilusiones depositadas en ella, que deben ser muchas si dejamos atrás los castrantes prejuicios. Porque las emociones son patrimonio de la humanidad, sin más limitación que una buena salud mental. 

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