El documental cinematográfico NAZA (acrónimo de “daño colateral”) tiene muchos asegunes y una grandísima virtud doble. Esta segunda consiste en romper el monopolio narrativo israelí anti-palestino que no permitía expresar otras versiones empezando por los palestinos;
y, por otra parte, el revelar las trapacerías confesas y sistemáticamente planeadas desde Israel contra el pueblo palestino. Tal trabajo fílmico es un testimonio de gran valía y mueve a retomarlo, tanto por su palpitante actualidad, como por su singularidad.
Excuso decir que viene muy a cuento a raíz de un listado coincidentemente publicado por Proyecto IHRA –organismo pro judío– que documenta lo que califica de incidentes antisemitas y antisionistas (sic) y coloca a México en primer lugar. Una respuesta sencilla
y sensata: México distingue ser antisionista con ser antijudío y esto segundo no es la tónica ni la gran mayoría de mexicanos. Y no pide que los demás lo entiendan.
Y acotemos. Ser antisionista no es ser antisemita ni antijudío. Y si alguien afirma que sí es serlo, muy su problema y va rotundamente equivocado. O estará admitiendo que el sionismo –rechazado en México– sí es supremacismo y, de nuevo, no lo apoyaremos por
serlo. En México eso sí, no admitimos el supremacismo, venga de donde venga. No quepa la menor duda. Y está muy extendida la visión de que lo de Gaza es una agresión sionista. Ya que sus agresores expliquen lo que quieran.
Causa escozor, pero es comprensible la furibunda reacción hacia el filme NAZA desde gobierno israelí encabezado por el impresentable Netanyahu –y sí, repítase las veces que sea necesario, quien está declarado como criminal de guerra por la Corte Penal Internacional
y la chulería del sujeto es abominable– quien la ha emprendido contra sus autores: Yuval Abraham y Rachel Szor. Muy inquisitorial y muy desvergonzado va el premier israelí. Vergonzante.
Regresar tales cineastas a Israel, se antoja imposible; y el referido premier ya amagó con investigar a los militares que soltaron la sopa, porque lo hicieron, y el mundo constató en NAZA lo que se ha sostenido, negado y contrapunteado como contrarréplica a
las intentonas israelíes por acallar las acusaciones y las cuales acaban de exhibirse en la peli. Reaccionar condenando a quienes la exhiban, premien o elogien resulta inadmisible y de la postura e impostura de Israel el mundo pasa de ello y lo hace porque
el filme, en efecto, sí es revelador. Se entiende el coraje y la frustración israelíes. La cinta sí revela, evidencia instrucciones claras de arrasar con lo que sea. ¿Daños colaterales? ¡anda ya! ¿aceptarían los ciudadanos israelíes que sus muertos del 7 de
octubre del 23, sean tachados como simples y minimizados daños colaterales del conflicto árabe-israelí o judeo-palestino? lo dudo muchísimo y la respuesta israelí al 7 de octubre me da la razón. Lo de "daño colateral" es una forma brutal y miserable de degradar
la vida humana y es inaceptable. El panista Calderón lo hizo al explicar su fallida guerra contra el narco. Y ahora resulta que Israel, también. Hay que ser miserable y encubridor.
Todo mundo tiene derecho a no ser exterminado ni a ser catalogado como un daño colateral. Y sí, Hamás no vende piñas, pero los israelíes, tampoco. Y están como perros y gatos, ya lo sabemos.
Luego viene el silencio en el guion. Sí, no pasa inadvertido que no se alude para nada a la ayuda militar y financiera estadounidense que permite la fortaleza de Israel frente a sus enemigos y sin la cual –que dejamos en hipótesis, después de todo– acaso no
irían ni tan invictos ni sobrados y, en consecuencia, ni tan altivos y soberbios los israelíes frente a sus adversarios, los cuales lo son porque, y que nadie lo olvide, el origen del conflicto es el agandalle judío de entonces, a quedarse Palestina y su forzada
inserción en la zona creando la república de Israel sobre tierras reclamadas por ambos pueblos, es decir, tan palestinas también o, si se prefiere, nulificando la idea de un estado de tradición judía que tiene derecho a existir –pues esta columna no tiene
la menor duda de ello– mas que no admite la existencia ni la coexistencia de otro de signo palestino en ese mismo territorio, cuyo derecho es incuestionable. De ahí deriva todo y no del 7 de octubre y es lo que hay.
Quienes consideramos que ambas entidades deberían coexistir en esa tierra y no en otro sitio, no apoyaremos el genocidio israelí que también NAZA documenta y reconoce, igual que antes tantas instancias ya lo han denunciado. Porque no se parte de que la peli
es la primera. Y tal evidencia que la narrativa israelí negacionista y sionista dejó de ser monopolio o la preponderante. Eso nos dejó el 7 de octubre y no habrá marcha atrás, ya que el mundo tiene todo el derecho de oír todas las versiones. Se acabaron los
silencios y los silenciamientos. NAZA solo es una muestra más. Voces que se oyen igual de fuerte y valen lo mismo que la antes solo imperante, la proisraelí. Obliga a buscar las causas del 7O. Ya se antoja difícil silenciar versiones y NAZA es una magnífica
muestra. Ya no cabe callar a nadie desde nadie. Ya no. Todo se responde y cada vez más.
Conviene recordar cómo se exhibió NAZA en Ciudad de México y su área conurbada: cines escogidos lejanos a los sitios de más concurrencia de la comunidad judía o de donde aquella reside; con una sola función diaria y nada más. Solo una cadena de cines la proyectó.
De momento, ha aguantado más de una semana. Pero, sin lugar a dudas, es muy limitada su presentación. Allá ellos. La Cineteca Nacional también y eso es gobierno Sheinbaum, la judía no practicante.
Luego está lo de la lista publicada. Me llamó poderosamente la atención que no se establecen mayores criterios que confección a la lista y eso despierta en mí mayores dudas.
Lo que yo he visto en México es una condena a la guerra de Gaza, su ocupación, su destrucción y al exterminio sistemático a su gente por parte de Israel. Se pone el acento en Israel. Luego, recién hubo una marcha antijudía, tal cual, en la Ciudad de México
y donde se enarbolaban banderas palestinas en apoyo, la cual trazó su ruta pasando deliberadamente frente a una concurrida sinagoga de la capital mexicana. Sabemos que del referido listado encabezándolo México y difundido por un medio ruso, no ha molestado
aparecer, antes bien, nos recuerda que con el pueblo judío la inmensa mayoría de los mexicanos no tenemos en México, ningún problema. Con el sionismo, todo indica que sí. Y eso no es condenable. Hay una corriente judía que se asume y declara que tal corriente
es de imponerse al resto del mundo y choca con la idea clave: el pueblo palestino tiene derecho a una patria en Palestina y el mundo no tiene porqué tragar el sionismo. Punto. En dado caso, dos estados, la coexistencia. Y en efecto, no nos agrada Netanyahu,
de quien debemos recordar que aplaudió el muro de Trump en su primer mandato cuando él mismo levantaba uno contra los palestinos. Su torpe comentario se granjeó la reprimenda del presidente israelí de entonces. O sea, que en México no andamos tan desencaminados
al considerarlo un personaje réprobo.
Existe una nutrida y consolidada comunidad judía en México. No suele acusar antisemitismo –entre otras garantías, está penado el uso de emblemas antisemitas– y partamos de que cualquiera que se opone a la ocupación de Gaza y al genocidio ahí practicado –y ya
se ve que también sí se reconoce que sucede y lo admiten israelíes, más declaraciones estrambóticas de miembros del gobierno Netanyahu– no es ni puede ser sinónimo de ser antijudío o antisemita y no admitimos que se revuelvan conceptos de manera tan sesgada
y amañada con el sionismo.
Desde luego, no en la inmensa mayoría de los mexicanos la que secundaría una campaña antijudía y, por supuesto, que nadie olvide y con mucho gusto lo recordamos aquí en su gustada columna las veces que haga falta, que México no solo dio su voto al aval de la
ONU para la creación del estado israelí en su momento, sino que sigue clamando por la coexistencia de dos Estados y mantiene relaciones diplomáticas con ambos. En el sexenio Sheinbaum se ha recibido a la primera embajadora palestina, mujer, dicho sea.