Las encuestas fundamentalmente sirven para ilusionar a unos y hacerlos gozar con sueños de poder, y a otros les insta a esforzarse para cambiar su destino. Por lo demás, las encuestas hay que saberlas leer, entender, descifrar e interpretar porque son tan abstrusas y crípticas como los oráculos aquellos del mundo clásico. Efectivamente, aquellos oráculos había también que saberlos interpretar, porque si no se interpretaban bien parecería en un primer momento que el oráculo se había confundido o nos había engañado, pero si se miraba con mayor atención los que realmente se habían confundido eran siempre las personas que le preguntaron y no oyeron en profundidad la respuesta del oráculo a su pregunta. No comprender bien los resultados de las encuestas, como las respuestas de los dioses vaticinadores, trae luego mucha frustración e imaginaciones desbocadas que levantan contubernios conspirativos y sobrenaturales fraudes electorales. La relevancia tanto de las encuestas como de los oráculos revela la desconfianza que el pueblo tiene a la victoria sistemática del sentido común. Lo absurdo nunca ha sabido detener ni las pasiones ni los intereses.
A Epaminondas le había anunciado el oráculo de Delfos que se guardase del piélago, por lo cual siempre había temido embarcarse en trirreme o nave mercante, pero el numen se había referido al bosque Pélago, y no al mar. Porque Pélago se llamaba también a un bosque de encinas cerca de Mantinea en donde precisamente murió Epaminondas, luchando contra los atenienses y los de Mantinea. El oráculo de Apolo y Dionisos no se había confundido, sino el propio general tebano. La igualdad de nombres también engañó más tarde al cartaginés Aníbal y antes a los atenienses, pues a Aníbal un oráculo de Amón le advirtió que a su muerte le cubriría la tierra Libisa. El creyó que destruiría el poder de los romanos y que vuelto a Libia alcanzaría la muerte a su vejez; pero Flaminio, el general romano, intentó apoderarse de él vivo y él se presentó suplicante a Prusias, que le rechazó. Entonces huyó a caballo y con su espada desnuda se hirió en un dedo. Pocos estadios más allá le dominó la fiebre de la herida y al tercer día murió en el lugar que los de Nicomedia llaman Libisa. Tampoco el oráculo de Amón se había confundido anunciando el lugar en donde moriría el mayor enemigo de Roma. Un oráculo de Dodona ordenó a los atenienses que enviasen una colonia a Sicilia. Sicilia es una pequeña colina próxima a la ciudad, pero ellos entendieron que el oráculo se refería a la gran isla lejana y se decidieron fatídicamente por la guerra exterior y mandaron una flota contra Siracusa, cuya derrota aceleró el ocaso del imperio ateniense.
Por otro lado, la propia gramática indoeuropea hacía que los oráculos no se pudiesen confundir nunca. Pues la respuesta del dios solía venir expresada en una oración de infinitivo, en donde el oyente tendría que decidir cuál sería el acusativo-sujeto, y cuál sería el acusativo-objeto directo. Así, la frase “Pythia vates cecinit Caesarem Pompeium victurum esse in Pharsalia”, se puede interpretar tanto como que César vencería a Pompeyo, como que Pompeyo vencería a César. Encuestas y oráculos aciertan siempre. En general, los distintos histiatores de la Prensa contratan a la Pythia que les va a confirmar la victoria resonante de sus deseos. Y el histiator gubernamental solicitará de Tezanos que corrobore el triunfo de su íntimo desiderátum. Todos mienten. Todos están jubilosos. Y todos dependerán de nosotros, los ciudadanos ordinarios, el día 29 de Noviembre, die tertio ante Kalendas Decembres.
Pero lo único real, el único tiempo, que diría Sexto Empírico, es el presente, el ahora o “nyn” de Aristóteles. El tiempo sagrado de las elecciones es todavía subrealidad. Entre las encuestas y el acto de votar, el voto en potencia puede desviarse más que el átomo de Epicuro para construir los mundos. Hoy sólo es un ente matemático que representa sólo la aproximación entre “verdad” y “realidad”. Los oráculos políticos y las encuestas electorales son sólo artefactos intangibles que crean presidentes virtuales, diputados y senadores potenciales, realidades puramente matemáticas, como la de Zenón de Elea: “Lo que se mueve no se mueve ni en donde está ni en donde no está”. Explicación: No se mueve en donde está, porque si está allí, Gobierno u Oposición, es que no se mueve; y no se mueve en donde no está, Gobierno u Oposición, porque, si no está, ni puede moverse ni pasarle nada.
No se puede fiar la victoria sobre Sánchez en el futuro promisorio del veintinueve de noviembre, sino en el combate diario, en los presentes puntuales, en la duración de la pelea, sin desfallecer un segundo, argumentando mejor, desvelando los innúmeros desafueros con constancia indesmayable, y midiendo muy bien la dureza de la invectiva. A la gente de orden, a la derecha clásica, al centro moderado, le desagradan los exabruptos, los insultos crueles y despiadados. Que no se pierda una victoria, casi ya ganada, por movimientos intempestivos. Y no se llame a nadie gentuza.
Lo que son patentes son los grandes presagios que anuncian un cambio radical, un sesgo histórico. La catástrofe de Urda, con 69 muertos, podría ser ese presagio de cambio de ciclo. Todas las claves de tal catástrofe representan el epítome de una anormalidad histórica que termina, y en ella se representan todos los vicios de una época que afortunadamente va acabándose. Al menos eso diría el penetrante escritor romano del siglo IV Julio Obsecuente, autor del Liber Prodigiorum, en el cual deberíamos incluir los presagios de Adamuz y Urda si finalmente han vaticinado el final del ciclo sanchista. Lástima que haya hecho falta más de cien muertos para abrir los ojos de los votantes comitentes. Pero nunca se sabe…Son tantos los errores acumulados y sincronizados para explicar la letal catástrofe de Urda, que no se explica que en un país tan amigo de imaginar conspiraciones aún nadie haya hablado de sabotaje y ataque de entramado criminal. No olviden que también es un presagio profético de que algo va a pasar irremediablemente cuando todas las señales apuntan a algo y nadie lo quiere decir…No extrañaremos al tío Óscar.