Los teatros pequeños recuperan el territorio que ocuparon en la antigüedad. Era un tiempo de escaso público culto que, si frecuentaba a nobles y poderosos o gozaba del favor real, tenía franca la entrada a las veladas teatrales que celebraban los nobles en mansiones y palacios donde no faltaba un pequeño y lujoso teatro. La mayoría de los palacetes que perseveran enhiestos, mancillados a menudo por la actividad política, conservan ornamentados teatritos como el del palacio de la familia Bauer en la calle de San Bernardo; palacio que se conserva gracias a que la influencia del padre Nemesio Otaño, nombrado director del Real Conservatorio, logró restaurar el edificio y destinar sus dependencias y salones –y su barroco teatro- para albergar la hasta entonces itinerante institución fundada por la Reina e inaugurado en julio de 1830 con el nombre de Real Conservatorio de Música y Declamación de María Cristina.
En los palacios principales, duques, condes, marqueses o reyes, no faltaron teatros donde actuaban, casi a diario en sesiones privadas para invitados y cortesanos, los más afamados comediantes del momento. De uno de estos palacios, residencia actual de los Reyes, tomaron el nombre las obras de género lírico que se representaban en el teatrito del Palacio de la Zarzuela, un edificio, que mandó edificar en el siglo XVII, el Infante Don Fernando, hermano de Felipe IV. O el más lujoso e importante Palacio Real del Pardo, encargado por el Emperador Carlos I (V de Alemania) en 1540 al arquitecto Luis de Vega, cuyo teatro nada desmerece frente al del Palacio Real de Madrid, ni a ninguno de los más importantes palacios reales europeos.
También en la actualidad existen (o existieron) teatritos domésticos en las residencias de algunos profesionales. El gran director español contemporáneo, el desaparecido José Luis Alonso, tenía uno en su casa; el bailarín Antonio habitaba uno en la madrileña calle Coslada, semi esquina a Cartagena; Luis Escobar, propietario que era del ultrajado Teatro Eslava, también disfrutaba de un pequeño teatro en su casa. Hay teatros caseros en la actualidad, hasta de mayores dimensiones que algunos privados, que sin pertenecer a profesionales de la escena, requieren tanta afición como tuvo –y tiene- Luis María Ansón cuando hizo construir en su residencia y mantiene, un espléndido teatro-biblioteca, donde se celebran primeras lecturas, recitales y funciones. Precisamente el Académico, el periodista, el gran propagandista del teatro, el escritor Ansón, preside la Sociedad Cervantina, en cuya sede de la calle Atocha número 87, se esconde tímido el precioso Teatro de Cámara Cervantes. Un espacio nuevo dirigido por Sonia Sebastián que quiere apostar por aquellas compañías a las que les resulta difícil estrenar sus obras en Madrid, además de dar a conocer los textos teatrales de Miguel de Cervantes.
Los Teatros pequeños quieren recuperar su territorio y adaptarse al mercado imperante; los buenos cómicos prefieren salas pequeñas, sin micrófonos. El público también: nadie desea una fila más atrás de la ocho… ¿Lo conseguirán todos?