Lo último de Vivaldi
sábado 10 de enero de 2009, 17:30h
“No son los estilos artísticos los que pasan de moda, lo que pasa de moda -decía Alvise Contarini-, son los estilos de vida”. Obras que una sociedad gozaba con fruición se vuelven incomprensibles para otra. La luz de los proyectores se desplaza y el público mira a otra parte.
El fenómeno del cambio de gusto al que aludía el gran musicólogo veneciano es más complejo que el de la mera sucesión de las modas, tal y como hoy la entendemos, e implica demasiados factores como para abordarlos en un artículo. ¿Acaso las diferencias entre música barroca y música clásica no dependen del auge espiritual de la aristocracia o la burguesía?, ¿tiene algo que ver la hegemonía de las masas con la del jazz, el pop o a la música electrónica?
Uno de los artitas cuyas composiciones sufrieron más estos cambios fue Vivaldi. Aunque durante la primera mitad del XVIII su nombre era conocido y celebrado en toda Europa, cayó en un olvido casi absoluto tras su muerte, en 1741. Lo mismo ocurrió con Bach y antes con Monteverdi. Hay que esperar al siglo XX –un siglo que ha hecho de la falta de estilo su estilo propio- para que renazca el interés por estos músicos, demasiado alejados del gusto burgués que dominó la segunda mitad del XVIII y todo el XIX.
El primer catálogo de las obras de Vivaldi, un artista del que entonces apenas se conocía el nombre, se publicó en 1922, aunque muy poco después hubo que revisarlo enteramente debido a la aparición en la Biblioteca de Turín de la colección personal del compositor, veintisiete volúmenes de manuscritos que contenían cuatrocientas cincuenta obras. El modo en que todo ese material fue a parar allí da para una novela. Una subasta clandestina en la que un profesor se adelanta a anticuarios y estafadores, un estrafalario marqués poseedor de parte de la colección a quien su confesor convence para que se desprenda de ella, la aparición en trágicas circunstancias de dos filántropos dispuestos a sufragar el proyecto de edición de las obras, etc. El resultado final de todos estos azares es la revelación de un músico de primera categoría, al que la historia había juzgado con increíble injusticia.
El renacimiento de Vivaldi y de otros músicos preclásicos –la fórmula “música clásica”, con la que ahora se designa cualquier música cuya ejecución exige la lectura de una partitura previa, demuestra que los dependientes de comercio pueden ejercer una influencia cultural profunda y duradera- ha estado también vinculada a una renovación completa de la interpretación. La práctica musical de las orquestas clásicas y románticas no sólo no favorecía la adecuada interpretación de la música antigua, sino que la sumían en una pastosidad insoportable. Del mismo modo que Julio Iglesias, por poner un caso cercano, consigue que cualquier canción parezca la misma canción, los intérpretes de las escuelas decimonónicas, entre los cuales se hallan varios directores míticos, lograron la nada desdeñable hazaña de transformar los quinientos conciertos de Vivaldi en un solo concierto. Gracias a la utilización de instrumentos de época, pautas de afinación acordes con ellos, técnicas interpretativas ajustadas al gusto de los autores, etc. se ha remozado todo el repertorio hasta el punto de que parece nuevo.
Algunos objetan que demasiado, demasiado nuevo. Es la misma impresión que se produce cuando comparamos un cuadro oscurecido por la contaminación y el tiempo y ese mismo cuadro restaurado. Salvo que se haga muy torpemente, la reparación suele representar una mejoría. El tiempo pinta, en efecto, pero mal. En el caso de Vivaldi, los cambios de la técnica musical sólo sirvieron para mermar sus innumerables recursos, todo eso que llevó a Bach a transcribir muchas de sus composiciones y a admirarlo por encima de cualquier otro colega.
Para los aficionados a la música, el olvido y posterior recuperación de Vivaldi constituye una suerte, ya que gracias a ello disfrutamos todos los años de grabaciones nuevas y estrenos absolutos. Esto ni siquiera lo pueden garantizar las estrellas del pop. Una de ellas, Prince –o el artista que se hacía llamar antes de esa manera- anunció hace unos años que tenía guardadas en una caja fuerte media docena de temas por si perdía la inspiración. Aunque es asombroso que esto se le pasara por la cabeza, ni él ni nadie debería inquietarse si las musas abandonan al hombre: la música seguirá ofreciéndonos intensos placeres con o sin la cooperación de los vivos. Un compositor muerto, Vivaldi, garantiza primicias formidables para los próximos años.
La última ha sido una ópera, La fida ninfa, una de las partituras vocalmente más difíciles y bellas de su repertorio. Si no fuera por las fechas, yo les habría aconsejado que la incluyeran en la carta a los reyes magos.