
Decenas de miles de árabes y musulmanes se han manifestado este fin de semana en diversas capitales europeas. En Madrid, en París, en Bruselas, Berlín y Londres centenares de organizaciones de inmigrantes musulmanes, círculos políticos y confesionales, asociaciones culturales islámicas y centros religiosos, han participado en multitudinarias manifestaciones para pedir el fin de la intervención militar israelí en Gaza y solidarizarse con la población palestina de la franja. Esas mismas organizaciones de inmigrantes o de musulmanes naturalizados, acusan a los países europeos de apoyar a Israel, de venderle armas, de no asumir sus responsabilidades en el conflicto originado en el Oriente Próximo desde finales de la Segunda Guerra Mundial tras la partición de la Palestina y la creación del Estado de Israel. Pero estos países europeos donde existe y funciona el Estado de derecho permiten a estos ciudadanos manifestarse, criticar y exigir cambios a los gobiernos.
En cambio en sus países de origen, no sólo las libertades democráticas más elementales han sido cercenadas, los gobernantes nombrados a dedo por parte de las familias monárquicas o republicanas que trasmiten el poder a sus descendientes, sino que los ciudadanos ni siquiera pueden expresar su solidaridad con Palestina: la “causa” que los regímenes enarbolan como “sagrada” y que es el fundamento de organizaciones plurinacionales como la Liga Árabe, la Organización de la Conferencia Islámica, la Organización Islámica para las Ciencias y la Cultura (ISESCO) o la Liga Árabe para la Educación (ALECSO).
Los gobiernos árabes que han permitido que sus capitales sean invadidas por manifestantes, lo han hecho para los partidos y movimientos “políticamente correctos”. En Túnez, las manifestaciones de apoyo a Palestina hechas en la capital han sido encabezadas por los miembros del gobierno, parlamentarios, partidos y sindicatos autorizados, debidamente vigilados por un imponente servicio de orden policial. En Rabat, la protesta de varios miles de ciudadanos fue permitida tras una ardua negociación entre el régimen y el movimiento islamista moderado, Partido de la Justicia y Desarrollo; una marcha comedida y con garantías para no perturbar el orden público. En El Cairo, ni siquiera eso: las manifestaciones fueron lisa y llanamente prohibidas por el régimen. Lo mismo que en los emiratos y monarquías del Golfo. Es más, en Arabia Saudita, el jefe del Alto Consejo de Justicia, Salah El Hiddan, llegó a emitir una
fetwa (ordenanza religiosa) en la que se considera que las manifestaciones “son un acto de corrupción que conduce al caos”, y por lo tanto están prohibidas por el Islam, interpretado por los wahabitas.
Islamismo latente en Argel
El caso de Argel ha sido diferente y muy significativo. En Argelia sigue vigente el Estado de emergencia que prohíbe todo tipo de manifestaciones, de reuniones públicas sin autorización y de agrupamientos que puedan perturbar el orden. Pese a ello, durante toda la semana pasada hubo insistentes rumores de que tras la plegaria del viernes 9 de enero se permitiría a los fieles manifestarse pacíficamente en la capital para mostrar su solidaridad con Palestina. El gobierno argelino ni confirmó ni desmintió los rumores.
Todos los partidos políticos legales, los de la Alianza presidencial que forman el gobierno y los de la oposición parlamentaria, desertaron ese día la capital. Sus dirigentes se desplazaron al interior del país, a pequeñas localidades para realizar actos en salas cerradas y de acceso controlado. Dejando Argel a su suerte.
Terminada la hora del rezo del viernes, hacia las 13.30 horas, desde todas las mezquitas de la capital, desde los barrios populosos de la periferia comenzaron a hacerse marchas espontáneas hacia el centro de la ciudad. Decenas de miles de ciudadanos, en su inmensa mayoría jóvenes veinteañeros de ambos sexos, pero también familias enteras, comenzaron a llenar las principales arterias de la urbe. No había organización, no había encuadramiento ni dirección que asumiera la responsabilidad. Cada mezquita traía su propio servicio de orden cuando lo tenía: jóvenes con brazalete verde. Las consignas empezaron a sonar y muy pronto se escucharon los eslóganes que habían hecho estremecer Argel en los años 90 cuando el Frente Islámico de Salvación ganó las elecciones municipales y la primera vuelta de las Legislativas. “Alliaha nahya ua allaha namut” (Por el Frente –FIS- vivimos, y por el Frente moriremos).
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Argel se convirtió en una ratonera. Miles de policías antidisturbios se desplegaron por toda la ciudad para cortar las marchas, desviarlas, impedir que se concentrasen en el centro. El fantasma de las manifestaciones populares de octubre de 1988 y de junio del 2001, ambas reprimidas violentamente y que se saldaron con decenas de manifestantes muertos, planeaba sobre las mentes.
A medida que las marchas engrosaban, las consignas coreadas por miles de jóvenes se hacían más agresivas. “Manach m’llah, djibuna es’lah” (no estamos de buen humor, dennos las armas), “Visa li Falastine” (un visado para Palestina), “Intikam, Intikam, yakata’ib El Kessam” (venganza, venganza, oh brigadas de El Kassam), “Djich, chaab, maâk ya Falastine” (Ejército y pueblo están contigo, Palestina).
Las manifestaciones de ese “viernes santo” en Argel han sido reveladoras del estado de ánimo que incuba en todo el mundo árabe y en particular en Argelia, donde después de casi veinte años de régimen militar impuesto tras la anulación de las elecciones de 1991, las libertades democráticas y el Estado de derecho siguen siendo metas aún por conquistar.