www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Las bazas de Rusia

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 12 de enero de 2009, 22:34h
Rusia prosigue con ahínco su política de recuperación de su condición de gran potencia y de su influencia sobre lo que antaño fue su imperio, primero zarista después soviético. Y desde hace tiempo era evidente que, ahora y preferentemente, sus instrumentos no iban a ser los misiles ni las armas de destrucción masiva, aunque tampoco se haya llegado a nuevos acuerdos de desarme. Su gran baza en este momento consiste en poner encima de la mesa su condición de primer productor de gas y segundo de petróleo, como la crisis con Ucrania acaba de demostrar. Gasoductos y oleoductos son ahora las nuevas armas en el contexto geoestratégico del siglo XXI, que el Kremlin está manejando con una discutible habilidad. Se trata de sacar pecho ante una Europa dividida y dependiente de la energía que fluye desde las inmensidades siberianas y, de paso, mostrar a los países que formaron parte de su imperio que harán un mal negocio si tratan en “occidentalizarse”, volviendo la espalda a la Madre de todos los eslavos. Y aunque el pretexto es la cuestión de las tarifas gasísticas aplicables a Ucrania y el supuesto y no probado “robo” por parte de este país del gas destinado al resto de Europa, el trasfondo es el más viejo en la historia de las relaciones internacionales: La lucha por la influencia política y territorial, más aún, una inocultable pretensión hegemónica en una zona que secularmente ha girado en la órbita de Moscú. La misma cuestión, en suma, que estaba detrás del conflicto con Georgia del pasado verano.

El momento elegido para esta exhibición de fuerza estaba bien calculado: Sarkozy, inquieto, imprevisible, hiperactivo y deseoso de apuntarse tantos abandonaba la presidencia de la UE, sustituido por un pequeño país centroeuropeo, Chequia, antiguo satélite de Moscú y con una peculiar fachada política pues mientras su presidente, Klaus, no oculta su antipatía por la UE, su primer ministro, Topolanek, es un europeísta convencido. La ola de frío (también procedente de Siberia) facilitaba los planes del Kremlin al que, en esta ocasión, se le podría aplicar esa frase que utilizan los franceses para mostrar que alguien tiene mucho poder: “él hace la lluvia y el buen tiempo”. Se trataba de dejar a Europa aterida, no sólo desde el punto de vista climático sino, sobre todo, desde el político. Y se daba, además, un tercer elemento que no se puede dejar de tener en cuenta. Nos referimos al descenso del precio del barril de petróleo, que se ha quedado por el momento en torno a los 40$, la mitad de lo que necesita Rusia para no hundirse económicamente, lo que debe haber puesto muy nerviosos a los dirigentes rusos, que se han decidido a echar un órdago a costa de Ucrania. Un país con el que el conflicto es permanente, tanto por la mayoría rusoparlante que habita en la zona oriental del país, incluida Crimea, como por el hecho insólito de que la flota rusa en el mar Negro tiene sus bases en estas cosas ucranianas. Por cierto que se acerca el momento en que hay que renovar el arriendo de esas bases y, lógicamente, Moscú quiere llegar a esa negociación en una posición de fuerza. Y, ¿qué mejor manera de hacerlo que apretarle las tuercas a Kiev que depende absolutamente del gas ruso?

Pero las cosas no le han salido demasiado bien a los rusos. La UE ha reaccionado en esta ocasión con bastante rapidez y tanto el comisario europeo de energía, el letón Andris Piebalgs, buen conocedor de esta materia, como el presidente de turno, el checo Topolanek han logrado que Rusia firme un acuerdo al que después se sumó Ucrania, aunque con un condicionamiento que ha echado por tierra el esfuerzo europeo. Todo esto le ha puesto en bandeja al presidente ruso, Medvedev, la oportunidad de reservarse la interpretación del acuerdo que, sin duda, cumplirá, pero en la forma y tiempo que le parezca más conveniente a los planes e intereses rusos. Exactamente lo mismo que sucedió con el acuerdo que, a propósito de Georgia, el mismo Medvedev firmó con Sarkozy. Una vez más se demuestra que tratar con Rusia es muy complicado y que exige tanta paciencia como decisión. La UE y Rusia están condenados a entenderse pero eso no quiere decir que los europeos se tengan que plegar a las exigencias soviéticas, que buscan una Europa desligada de los Estados Unidos en la que Moscú tendría voz y casi voto. De ahí sus planes de una nueva arquitectura de seguridad europea, sin los Estados Unidos, que haría del Kremlin el socio mayoritario y que supondría, de hecho, la desaparición de la OTAN y hasta de la OSCE. El tema energético es sólo una aspecto, clave desde luego, de este complejo problema y Europa “se tiene que poner las pilas” sin esperar a que el Tratado de Lisboa esté vigente. Europa necesita el gas ruso, pero Rusia no puede prescindir de los clientes europeos. Y a una UE unida que mantenga un frente común y evite la bilateralidad (también aquí) -es decir los acuerdos entre Moscú y los diferentes países europeos- sería muy difícil que se la tomase el pelo.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios