EL IMPARCIAL: UN SIGLO LARGO Y…
miércoles 21 de enero de 2009, 21:04h
UN AÑO DESPUÉS. Mucho más que las dos décadas de Dumas o que la letra del tango – inevitable referencia para un periódico que pretende también ser americano. Un año, empero, es un número estadístico raquítico. No obstante, el primer aniversario merece un comentario, a modo de rendición de cuentas ante nuestros socios, lectores y colaboradores. La pregunta para ordenar los rubros de este balance intelectual es obvia: ¿en qué medida se han cubierto a lo largo de este primer año los objetivos propuestos en el escrito fundacional que aparece al fondo de nuestra portada? Una interrogación fácil de formular pero difícil de contestar. Por cuanto, entre nosotros, se acostumbra a sustituir la prueba empírica (la hemeroteca electrónica, en este caso) a la que se somete una hipótesis –de los propósitos fundacionales- por imágenes e ideas preconcebidas, pálpitos, en lugar de razonamientos. En suma, el ejercicio que hemos de hacer tropieza con “la naturaleza del prejuicio”. Pero en esas aguas llevamos años braceando. Antes de empezar, dejemos sentado que las afirmaciones que se formulan a continuación, en relación a lo escrito en este periódico, cuentan con un soporte de evidencia masivo y que sólo la economía de espacio y lo inoportuno del formato me hace prescindir del aparato crítico correspondiente.
Comencemos nuestra relación por la tradición de una cabecera que elegimos y resucitamos para respetarla. Los fundadores de EL IMPARCIAL la escogieron como señal de una identidad definida: independencia, liberalismo, en política y en economía, ideología democrática -a la par que favorable al consenso constitucional- y orientación laica, de libertad de cátedra e investigación.
Por independencia entendían en 1867 los fundadores, guardar una distancia higiénica con cualquier partido político que, en nuestro tiempo, debe extenderse, además, a grandes grupos de interés económico-mediáticos. En este sentido, nuestro IMPARCIAL está lejos de acompañar a orquesta política alguna ni sintoniza sus instrumentos en función de cuentas de resultados exóticas, tan ajenas al propio medio como dependientes del privilegio político. Una afirmación verificable repasando nuestros editoriales, la única sección por la cual debe juzgarse la línea del periódico -en cuanto que información y opinión se manejan, como se verá, como géneros distintos y separados. Entre cientos de ejemplos similares, escojamos un par de ilustraciones: los editoriales donde se expone la política internacional o autonómica del señor Zapatero como orientada por sondeos, en lugar de gobernada por intereses de Estado, se intercalan con otros donde se reconocen sus éxitos en la seguridad viaria, la sanidad o la política científica; del mismo modo, la crítica al radicalismo populista latinoamericano en Venezuela o Bolivia, no nos ha impedido certificar los éxitos de la izquierda en Brasil y Chile, o advertir el fracaso de la administración Panista en políticas de ley y orden. No merece la pena insistir. La evidencia al respecto es abrumadora y certifica la independencia del medio.
Del talante liberal de nuestro periódico –con el alcance y sentido que a don Gregorio Marañón le gustaba dar al término- presta testimonio la heterogeneidad ideológica de las firmas que ilustran estos números de aniversario que, por otra parte, no hacen sino resaltar pruebas que pueden encontrarse multiplicadas a lo largo de todo el año. Una línea de tolerancia que no ha podido sino lamentar con editoriales el intento -en España y en la Argentina- de desenterrar, fuera del legítimo e íntimo ámbito familiar, pero con trompeteo mediático e intención política, episodios conocidos y lamentables de cainismo criminal. Por otra parte, y en un sentido más ajustado y comprometido, la orientación liberal de nuestra publicación puede rastrearse fácilmente en los editoriales que denuncian la injerencia y manipulación de los gobiernos, ya sea en Argentina o en España, o los atentados a la separación e independencia de poderes, bien en Italia, Nicaragua o Bolivia. Aunque la vara de medir sea con frecuencia asimétrica, el sendero a la tiranía no nos ha parecido menos tortuoso por la ruta del totalitarismo castrista que por las trochas pinochetistas. Del mismo modo que, en el ámbito económico, hemos sostenido en nuestros editoriales que la mejor política económica para nuestros ciudadanos no consiste en el redoble de tambores nacionalistas y neo-proteccionistas, sino en respetar reglas fijas para los resultados inciertos que determine el mercado. En otras regiones del planeta podrán asirse a tradiciones diferentes pero, en la experiencia de los países que hablan nuestro idioma, la libertad económica ha traído prosperidad, mientras que el colectivismo y la concentración del poder político y económico han generado miseria con el envoltorio de la tiranía.
EL IMPARCIAL del XIX nació con la bandera del sufragio universal, como expresión de la soberanía nacional, entendida como la voluntad del conjunto de ciudadanos libres e iguales. Fue una seña de identidad democrática, bandera de la izquierda desde 1812, aceptada por el centro derecha desde 1890, y, en buena medida, extendida a ambos lados del Atlántico. En nuestra línea editorial, no hemos considerado conveniente replegar esas enseñas ni –ahí está el testimonio de numerosos editoriales- proponer la sustitución de individuos independientes por entes colectivos. Porque tampoco hemos interpretado como precisamente progresista el intercambio, a tambor batiente nacionalista, de ciudadanos libres por condados y principados neo-medievales, donde se confunde el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos. En español, no hemos tenido buena experiencia con esa ideología romántica: el nacionalismo político españolista cumplió el dictum de François Miterrand y nos llevó a la guerra ayer, como hoy otros nacionalismos han degradado moralmente al País Vasco y empobrecido Cataluña en el terreno cultural y económico; del mismo modo que, el nacionalismo económico arruinó, primero México, luego Argentina y ahora Venezuela. Y esas conclusiones están presentes en nuestra página editorial. Junto a la democracia liberal, para ser realmente IMPARCIAL, nuestro periódico favoreció la alternancia y el consenso constitucional en un país que tenía –y sigue teniendo- un fuerte perfil bi-partidista: una idea elemental que nos parecía incorporada a nuestra experiencia y sabiduría histórica –sobre todo, a la luz de lamentables experiencias, iluminadas por la lectura del Azaña de la guerra y el Prieto de la posguerra- hasta que la imposición de un Estatuto de partido, marginando al 40% del electorado nos ha convencido –y así aparece en nuestros editoriales- que, en nuestros días, nos invaden políticos más astutos que inteligentes porque sólo tienen un sondeo por cabeza: como se decía de los Borbones en la Restauración francesa, “ni leen nada, ni recuerdan nada, ni han aprendido nada”
Por fin, nuestro periódico nació laico, defensor de la libertad científica y partidario de la separación estricta, pero ni agresiva ni sectaria, entre las diversas confesiones religiosas y el Estado. Una autonomía alimentada por una tolerancia que lleva décadas arraigada en el vivir cotidiano de nuestras sociedades. Por eso, hemos afirmado en nuestros editoriales que el sectarismo anti-clerical es una manifestación ideológica primitiva y una forma negativa de movilizar el voto radical, del mismo modo que la respuesta de unos obispos en las calles pidiendo el voto en contra, amén de un cálculo electoral errado, ofrece un espectáculo de ultratumba de los años treinta, tan inmerecido como ajeno a la sociedad actual. El principio científico del libre examen chocó durante décadas con la intransigencia y el dogmatismo romano pero, en nuestros días, una línea editorial IMPARCIAL debe denunciar –y así se ha hecho- actitudes fetichistas, no menos dogmáticas y reaccionarias, que oscurecen o impiden un debate científico libre, en torno a temas de medio ambiente, o en relación al aprovechamiento del agua o de la energía.
Pero además de cumplir con principios que nos llegan de una tradición ilustre, ¿cuánto del propósito y objetivos fundacionales se ha cumplido? Para empezar, algo central para entender esta aventura intelectual: la ilusión de hacer un periódico que termine con la confusión de géneros que contaminan, casi sin excepción, las publicaciones en español. Dentro de nuestra modestia, podemos decir con orgullo que nuestro IMPARCIAL es uno de los escasísimos medios en donde, tras un brevísimo y confuso periodo de ajuste, la distinción de géneros se cumple de manera rigurosa. De modo tal, que la información es sólo información: sobria y literal, respondiendo únicamente a hechos o dichos “entrecomillables”, con economía de adjetivos y sin otros juicios de valor que las fuentes ajenas. Mientras que la opinión es sólo opinión de sus autores -libre, espontánea, variada y firmada. Los géneros, pues, no se mezclan. Desde luego no lo hacen en su literalidad pero tampoco recurriendo a trucos subliminales de los profesionales de la publicidad. Ambos aparecen separados en la configuración física del periódico, amén de estancos y sin filtraciones entre ellos. Y tampoco lo hacen con la línea editorial, más arriba desmenuzada, la cual se vierte exclusivamente en los editoriales.
Salvo algún “gazapo” involuntario, el repaso de este primer año aporta un número de evidencias abrumador en apoyo de las afirmaciones vertidas en párrafo anterior. Escojamos una ilustración reciente, entre cientos de ejemplos similares. La información del enfrentamiento en Medio Oriente fue titulada por uno de los principales diarios en español como, “Israel invade Gaza a sangre y fuego”. Un encabezamiento que no tiene desperdicio. Lo de menos ya es que proponga un sujeto imposible porque confunde el todo (Israel) con la única parte operativa a los efectos (el ejército). A continuación, nos aclara al común de los mortales que las guerras producen sangre y consisten en fuego –al menos, desde que, en el siglo XV, Gonzalo de Córdoba cambiara en el Tercio la proporción entre picas y arcabuceros. Naturalmente, el contaminado titular buscaba –y este es el punto en relación al argumento que nos ocupa- desencadenar un estado emocional con el que sustituir una descripción racional por un juicio de valor. Nuestro periódico, en su infinita modestia, fue el primero en describir la realidad tal y como verdaderamente se manifestaba, que diría el clásico alemán: “el ejército israelí divide en dos la Franja y sitia la ciudad de Gaza”. La diferencia queda demostrada como hecho incontrovertible. Este ejercicio de higiene intelectual era una de las columnas vertebrales del proyecto y es ya hoy una realidad -que ira calando, poco a poco, hasta terminar por disolver la imagen del cliché. Además, se trata de un rubro que ha producido derivadas más proyectadas que planificadas: el énfasis en una información literal, en lugar de –valga el angloamericanismo- “opinionante”, ha destilado un producto periodístico sobrio y pausado. Y ese también era uno de los objetivos fundacionales, hoy cumplimentado: EL IMPARCIAL quería evitar un estilo de pendencia y dentellada, al servicio de un contenido visceral y, gracias a una estricta separación de géneros, ese propósito fundacional es hoy territorio colonizado.
Nuestro periódico ha tenido desde el comienzo la vocación de ser una publicación en español, más que española. Y en ese camino estamos. A la información telegráfica que aparece al final de nuestra primera página, abanderada con los colores nacionales de todos los países de habla española, hemos añadido una sección diaria americana, donde se recogen de manera cumplida las noticias más sobresalientes del mundo en español. Además, en la sección de opinión, aparecen contribuciones argentinas, mexicanas, colombianas, venezolanas y de otros países americanos. Son diarias y cada vez más frecuentes. En poco tiempo, terminarán por ser preponderantes. Lo mismo que los editoriales sobre los países de nuestra lengua, que hoy aparecen varias veces a la semana y que, mañana, serán diarios.
¿Qué le falta a este balance entre propósitos fundacionales y realizaciones a ejercicio pasado? Pues falta mucho. Porque los capítulos cumplimentados no son siquiera el comienzo del epílogo. Son tan sólo el fin del comienzo. Para empezar, si queremos verdaderamente convertirnos en un periódico en español, y no sólo español, tendremos que ir perdiendo resabios “madrileñistas” y suavizando el acento peninsular: una cuestión de énfasis y estilo, pero importante. Y, para seguir con nuestras carencias, faltan géneros principales. Algunos, como el análisis del panorama español, apenas iniciado con buen pié. Otros, como las crónicas, de España y América, los debates y las secciones de cultura y economía internacionales, permanecen inéditos. ¿Por qué? La respuesta es prosaica: este es un proyecto económicamente independiente, léase muy diversificado en su financiación y, en consecuencia, modesto, basado en aportaciones individuales, entusiastas y generosas, pero reducidas. Para evitar convertirnos en el resultado de “una” cuenta, EL IMPARCIAL necesita tener una cuenta de resultados saneada. Es decir, sumamente prudente. Digamos, que navegamos con una economía más propia de la austeridad del aula que de las alegrías de la rotativa. Pero todo tiene un precio. Y nosotros hemos preferido pagarlo en unidades de tiempo que en euros deficitarios.
Todo proyecto nace de una idea. Pero sobrevive, se desarrolla y progresa con el esfuerzo y entusiasmo de todos los que creen en ella. La aventura de EL IMPARCIAL es una confirmación de este aserto. Son numerosas las personas, muchas con más entusiasmo e inteligencia que posibles, las que, en España y América, han puesto dinero, esfuerzo e ideas en este proyecto. No pocas también, las empresas e instituciones financieras que han apoyado la idea por puro altruismo y con elegancia, sin pedir otra contraprestación que la debida en publicidad. Sin ellas, esta primera etapa no hubiera alcanzado el primer recodo de la cuesta. Por decenas se cuentan también los profesionales y académicos de primer nivel –de las más diversas orientaciones ideológicas y países- que han contribuido, de manera generosa y decisiva, al contenido, variedad y solidez intelectual del proyecto. Sin ellos no habría periódico. Evitando señalar a unos pocos –que es siempre una forma de exclusión- se busca incluirlos a todos.
¿Y qué decir de la redacción? Lo primero señalar que la profesionalidad, la tolerancia y el mutuo respeto han convertido experiencias diversas, orígenes heterogéneos y hasta diferencias ideológicas en sinergias positivas, enriquecedoras para nuestra publicación. En suma, hay buen ambiente, entusiasmo y diversión. Una base nada desdeñable para el éxito. Fundamento, además, de otro de los propósitos fundacionales: el que académicos y periodistas se enseñaran y complementaran. Estos quizá hayan aprendido algo de precisión, evitando sobre-generalizaciones y economizando adjetivaciones. Mientras que los primeros hemos recibido clases aceleradas de concisión, junto a cursillos de titulación que nos han enseñado a despertar la curiosidad del lector antes que a satisfacerla del todo. En este punto, es de justicia reconocer el buen hacer de los grandes profesionales, periodistas consagrados, que acompañan y hacen posible el proyecto, sin otra necesidad que el espíritu de aventura y otra ambición que la ilusión por explorar los nuevos mundos de internet. Desconocidos hasta para Luis María Anson, el periodista más culto que conozco en varios idiomas, sin cuya incomparable experiencia, el orden clásico, limpio, claro y elegante de la composición arquitectónica de este periódico no existiría. Procuro juzgar las cosas por hechos y resultados, en lugar de clichés, y, con esas medidas, debo reconocer con satisfacción el espíritu liberal con que nuestro Presidente ha estado presente, sin la menor vacilación, en esta nueva singladura de EL IMPARCIAL: ha respetado con absoluta pulcritud una tradición, que no siempre era la suya, aceptando cualquier editorial, cualquier opinión –incluidas las que discrepaba- sin un comentario, sin un gesto siquiera. Una grata experiencia parecida, hemos tenido con nuestro Director, Joaquín Vila, y nuestro Director General, José Antonio Sentís. Me consta que su olfato periodístico, su legítima ambición de éxito rápido y –porqué no decirlo- hasta sus gustos y preferencias, les pedían un producto con más mordiente y adrenalina. Pero su gran profesionalidad les ha llevado a colaborar con lealtad y entusiasmo en el diseño menos combativo, más pausado, distante y plural del proyecto fundacional.
Con todo, el IMPARCIAL que hemos resucitado es, sobre todo, un periódico colonizado por gente joven, empezando por nuestras inagotables jefas de redacción, al frente de un grupo generoso, entusiasta e ingenioso. Como podía esperarse, son ellos quienes mejor entienden –y quienes más nos han enseñado- de un medio rápido, flexible y, sobre todo, vivo e interactivo; es decir, una publicación en el que los lectores participan. Mucho resta todavía de ese trayecto pero, en ese camino, nuestros jóvenes redactores están siendo también nuestros lectores más críticos. Por eso, el sendero hasta aquí andado lo hemos recorrido de su mano. Y la que, a mi muy directamente, me ha echado el reducido, pero incansable e inteligente, grupo con el que he llevado la línea editorial, ha sido decisiva. Por fin, no quisiera cerrar el último rubro de esta cuenta sin dejar sentada la realidad frente a clichés e imágenes sin contraste: de todos, de su Presidente y Director hasta el más bisoño de los redactores, nunca he sentido el más mínimo obstáculo. Antes al contrario, sólo he recibido apoyo y enseñanzas. Por eso, de todos ellos es el éxito. Los errores deberán contabilizarse en el pasivo de mis limitaciones.
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Editor de EL IMPARCIAL
José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador
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