El viento del pensamiento se ha aquietado
jueves 22 de enero de 2009, 22:39h
Recuerdo de Rafael del Águila
Este artículo cumple en parte una promesa, aunque completamente a destiempo. Se la había hecho a mi buen amigo Rafael del Águila, catedrático de Ciencia Política y compañero docente en la Universidad Autónoma de Madrid. Le había prometido escribir en este periódico digital una reseña sobre su último y estupendo libro (como todos los suyos): Crítica de las ideologías. El peligro de los ideales (Taurus, 2008). Lo había leído nada más tenerlo en mis manos porque los textos de Rafael no tenían desperdicio y trataban de asuntos sobre los que habíamos debatido (con verdadera fruición intelectual por mi parte) en múltiples ocasiones. Había subrayado el libro hace meses, tomado notas y preparado el enfoque de la reseña prometida. Pero otras urgencias demoraron la tarea por meses. Me hubiera gustado que la leyera y hubiera servido de excusa para una nueva conversación con Rafael. Era tal el empeño que venía demostrando por seguir viviendo y pensando, por seguir escribiendo al margen del cáncer que había contraído hace un par de años, que acabé creyendo que podría sobreponerse a la enfermedad infinitamente. Tal vez por eso me retrasé, ¡ay!, y el retraso ya no tiene arreglo ni expiación posible mí porque Rafael del Águila fallecía el día 13 de este mes. Pero supongo que a Rafa no le hubiera gustado que le escribiera una reseña plañidera y tampoco quisiera yo hacerle ese servicio al lector.
Otro compañero universitario, el también catedrático de Ciencia Política Fernando Vallespín, publicaba en El País un sentido obituario sobre Rafael, justo al día siguiente de su muerte. El título elegido es contundente: “Rafael del Águila: el mejor teórico político español”. Creo que si en España hay alguien que disponga de la autoridad y el criterio necesarios para emitir un juicio de tal magnitud ese es Fernando Vallespín. Por mi parte, y aprovechando la suerte de haber leído buena parte de su obra, tratado a la persona y haber trabajado con él en diversos proyectos, puedo asegurar que Rafael del Águila fue mucho más que un erudito de su disciplina –que también- sino, además, un docente excepcional y un pensador agudo y valiente. Dichas virtudes se revelaban cotidianamente en su conversación y con mayor formalidad en sus escritos. El libro con el quedó finalista del Premio Anagrama de Ensayo en 2004 se titula Sócrates furioso, y es que Rafael tenía algo de socrático, aunque a la hora de dialogar y escribir sobre temas enjundiosos rara vez perdía la serenidad. No me resisto volver a meter otra nota personal. Al igual que la mayoría de los intelectuales y académicos españoles de su generación, y a pesar de que sus continuas reflexiones le permitieron ir despojándose de no pocos escombros ideológicos, Rafael del Águila venía de la izquierda y, creo, se mantenía en ella (aunque alguna vez le oí dudar sobre este extremo). Incluyo este apunte porque él sabía que mis propias coordenadas ideológicas eran otras, que discrepábamos en asuntos importantes y, sin embargo, le gustaba consultar mis opiniones (incluso desde el momento que me conoció como un joven doctor sin ningún mérito conocido) y debatirlas con calma y pleno respeto. De hecho, no creo haber conocido un conversador más tolerante y abierto a la crítica, incluso deseoso de recibirla. En este sentido, su estilo a la hora de afrontar cualquier problema intelectual, cualquier asunto político, tenía un poco de Popper y un mucho de Isaiah Berlin (uno de sus teóricos preferidos). En definitiva, Rafael del Águila parecía muy a menudo un buen liberal. ¿Recuerdan aquella famosa formula acuñada por Gregorio Marañón?: “Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin”. Y aunque Rafael pondría muchas pegas al segundo requisito marañoniano, como enseguida explicaré, cumpliría sobradamente con el primero: siempre estaba dispuesto a entenderse con los que pensaban de otro modo. O quizá podría decirse, con más exactitud, que su interés primordial era el de entenderse con quienes realmente “piensan”, es decir, con cualquier amante de la reflexión que no se resigna a reproducir el eco de los prejuicios reinantes en uno u otro punto del espectro social e ideológico.
Pero Rafael no solía llamarse a sí mismo liberal ni republicano (aunque tuviera mucho de ambas cosas) ni aplicarse ninguna otra etiqueta teórica o ideológica: no fuera a ser que el definirse de un modo concreto le impidiera pensar con libertad. Entendía que esa debía ser la norma básica a la que debiera ajustarse cualquier intelectual verdaderamente honesto: pensar en libertad y sin barreras. Tal vez por eso le gustara tanto repetir aquella metáfora eólica de Hannah Arendt: el pensamiento como viento capaz de arrastrar cualquier creencia inerte. Y en efecto, puedo recordarle citando en más de un momento la famosa y bella alocución de Arendt: “Si el viento del pensamiento os saca del sueño y os deja totalmente despiertos y vivos, entonces os daréis cuenta de que nada os queda en las manos sino perplejidades, y que lo máximo que podéis hacer es compartirlas unos con otros”.
El leitmotiv que guía gran parte de las reflexiones y obras de Rafael del Águila nacería de una sana obsesión por distanciarse de lo que él mismo llego a definir como los dos principales errores del pensamiento político moderno. Ambos errores estarían conectados con la idea de que el fin que justifica los medios, aunque en direcciones inversas. El primero apunta en el mismo sentido que la crítica de Marañón, o de Camus. No hay duda de que la corrupción de los fines políticos por ciertos medios aplicables a su consecución, junto con su cristalización en un “pensamiento implacable”, son peligros reales que hay que prevenir. No obstante, si la propensión a justificar las trasgresiones morales por referencia a un bien común alimenta el germen del totalitarismo, el pensamiento “impecable” que rechaza ideas como la del “mal menor” o “necesario” puede favorecer el abandono de una ética de la responsabilidad a la que debe quedar sujeta cualquier política razonable. Rafael del Águila escribió mucho y bien sobre estos asuntos, obviamente influido por el gran Max Weber y otros autores posteriores aún no citados, como Hannah Arendt o Richard Rorty, pero también por Maquiavelo, cuya obra conocía profundamente. Sus ideas a ese respecto se exponen sobre a todo a partir de una densa y penetrante reflexión sobre el viejo tema de la “razón de Estado”, ofrecida en el que quizá fuera su libro más riguroso: La senda del mal. Política y razón de Estado (Taurus, 2000). Luego la trayectoria se ampliará con otros libros, todos ellos dedicados a discutir los modos correctos e incorrectos en los que cabe pensar sobre el mal y sobre su gestión política, empezando por el ya citado Sócrates furioso, siguiendo con La república de Maquiavelo (un bello estudio escrito junto a su esposa Sandra Chaparro y publicado en Tecnos en 2006) y llegando a su recientísima Crítica de las ideologías, dedicada a analizar y debatir lo que el propio autor describe como “el peligro de los ideales (políticos)”.
Junto a su empeño por destacar la poderosa influencia que las ideas ejercen sobre la acción política (para bien y para mal) y su reivindicación permanente de una actitud política mesurada, reflexiva y consecuencialista, la aportación teórica que prefiero de todas las ofrecidas por Rafael del Águila es su crítica de lo que él mismo llamara la “falacia socrática”: un tipo de argumentación de la que ha participado buena parte del pensamiento político occidental desde la era de Sócrates y que sigue gozando de muy buena salud en nuestros días. A mi modo de ver, aquella falacia no es ajena a lo que otros llaman “buenismo”, aunque no estoy seguro de que a Rafael del Águila le agradara esta equiparación. En todo caso, y recurriendo a sus propias palabras, la citada falacia socrática vendría a constituir una amalgama de ideas gratificantes del siguiente estilo: el pensamiento es virtud, la virtud es idéntica a la felicidad, nadie es malo voluntariamente, el mal es producto de la ignorancia, conocer el bien es elegirlo, el bien sólo procede del bien, el mal sólo produce mal, nunca el bien genera mal, ni el mal bien, el único mal verdadero es la injusticia, lo justo siempre es útil y bueno y bello, etc. Pero sucede que “el pacto con el mal, el compromiso con la idea de que el mal puede producir bien y que la búsqueda del bien a menudo conduce al mal, son realidades ineludibles”, o así se atrevía a pensarlo y escribirlo Rafael del Águila. Pero a su vez, Rafael creía que ese reconocimiento no tenía porque hundirnos en el nihilismo sino que, en cambio, debería estimular un pensamiento político responsable orientado a “domar el mal”; un pensamiento liberado de la ilusión de las soluciones perfectas (en lo moral y en lo práctico) y, aún así, motivado por la esperanza de mejorar el mundo. Tanto si el lector se siente atraído por esta tipo de temas y argumentos, como si le dejan perplejo o le irritan, le recomiendo que acuda a los libros de Rafael del Águila. Su persona nos ha dejado, el viento de su pensamiento no volverá a soplar, pero les aseguro que su obra permanecerá viva por mucho tiempo… y cuando decidan abrir sus páginas tengan cuidado con la ventisca.
Hasta siempre Rafa, hasta siempre.