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Reflexiones desde el paro

José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 30 de enero de 2009, 22:20h
El fantasma del paro vuelve a sobrevolar Europa con aullidos amenazantes. Y en las discusiones sobre quién es responsable de las fluctuantes cifras, se olvida una importante cuestión: no sólo se trata de “crear” empleo, sino de garantizar empleos de calidad. Al fin y al cabo, hablamos de actividades a las que vamos a dedicar, en muchos casos, cuarenta horas de nuestra semana. Por mucho que se discuta sobre si la responsabilidad recae en el individuo, empleadores o gobiernos, la falta de trabajo no deja de ser una cuestión de mercado, y el mercado somos todos. Pero encontrar ofertas de empleo tan deprimentes, insultantes o irrisorias como las que uno es capaz de ver por ahí, es producto del descaro. Saber que algunas personas cumplen más de una o dos veces a la semana “de ocho a ocho” —culpa de la imperdonable competencia, es lo que hay...— y encima se ven esclavizadas por portátiles y móviles, hace preguntarse cómo es que a veces nos dicen que hay tan pocos empleos cuando vemos que hay tanto trabajo. Han pasado ya más de ciento cincuenta años desde la promulgación de la ley inglesa de la jornada de diez horas. ¿Qué se ha ganado en todo este tiempo? Sólo ciento veinte minutos menos de trabajo, sobre el papel, que además aún han de defenderse mediante un pulso no siempre ganando.

En estos ciento cincuenta años, la tecnología ha evolucionado de forma rápida e imparable. La tecnificación del mundo se ha aplicado no sólo a la producción, también al consumo, de tal manera que el ciudadano medio gane en eso que se ha dado en llamar “calidad de vida”: lavadoras y lavavajillas, comida precocinada, transporte privado motorizado, tenedores giratorios, sistemas “abrefácil”, secadores... ¿Acaso no se ganaría en calidad de vida si no tuviésemos que dedicar un mínimo de ocho horas diarias a tareas que en muchos casos preferiríamos no tener que hacer? Una sociedad en la que los mayores sueñan con prejubilarse, los jóvenes siempre piensan en las vacaciones y el mayor deseo de todos es que les toque la lotería para no tener que trabajar nunca más, es una sociedad enferma.

El perfil del siglo XXI (“joven, dinámico y flexible”) parece estirarse hasta límites insospechados. Se exige una amplia preparación, se asignan múltiples tareas, y se espera silencio y obediencia. Y es que siempre hay algo peor que tener un mal trabajo, que es no tenerlo. Ese miedo nos empuja ciegamente a situaciones indeseables, y no sólo eso, sino que nos desarma delante de nuestros superiores. ¿Cómo iba a poder negociarse el número de horas laborales por semana con alguien que posee algo que tú no tienes: la capacidad de prescindir del otro?

El trabajo, se dice, ofrece una de las principales aportaciones a nuestra identidad: uno se define por aquello en lo que trabaja. La extrema división del trabajo y terciarización de la economía ya suponen la existencia de profesiones y empresas cuya función es difícil de entender. Pero esos rostros mustios que encontramos en el metro, esa falta de amor a su propio empleo que profesa una gran cantidad de personas, esos anglicismos —stress, burn-out, workholism— que inundan nuestras vidas, no son normales. Siendo esto así, ¿cómo puede un mercado de trabajo tan poco atractivo ser una fuente identitaria?

José María Zavala

Sociólogo

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