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“Espías madrileños” y la libertad de los modernos

Juan José Laborda
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jueves 05 de febrero de 2009, 21:36h
El espionaje que se ha practicado (supuestamente) desde el Gobierno regional de Madrid, revela que el derecho a la intimidad, entre nosotros, carece del arraigo de otros países. El viernes pasado, por ejemplo, un candidato del partido popular a las elecciones vascas, se preguntó en alta voz, por qué no se montaba parecida escandalera, ante el hecho de que en Euskadi había personas que también eran vigiladas, al ser escoltadas todo el tiempo. El candidato, se interrogaba sobre la posibilidad de que el Gobierno que contrataba a las escoltas, conociese la vida de los escoltados.

Cabe aclarar rotundamente, que espiar la vida de las personas es un delito, salvo que un juez autorice a la policía judicial investigar la de un ciudadano, por razones que están en las leyes. Por lo tanto, el delito sería mayor si el espionaje fuese cometido por un escolta, aprovechándose de las oportunidades de su trabajo.

Afortunadamente, respiramos en un Estado de Derecho. Pero no deja de ser ilustrativo, que un futuro representante del pueblo, confunda lo que supuestamente ha sucedido en Madrid, con la función de quienes están encargados de vigilar –únicamente, como así es- la seguridad de las personas amenazadas.

Tengo la impresión de que la intimidad personal, en España, no es del todo valorada como uno de los Derechos básicos, más importantes, y más sagrados. El artículo 18 de la Constitución, así lo reconoce: “el derecho a la intimidad personal y familiar”, se relaciona directamente con el concepto moderno de libertad.

Benjamín Constant (Lausana 25 de octubre de 1767- Paris 8 de diciembre de 1830), político y filósofo que actuó en Francia, pronunció en el “Ateneo” parisino un discurso, en febrero de 1819, que sigue siendo capital para entender la importancia del derecho a la intimidad, en nuestros sistemas políticos contemporáneos. Su “Discurso sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”, un texto breve, ha interesado desde entonces, a los más importantes escritores políticos. Uno de los últimos en valorarlo, ha sido el filósofo italiano, Norberto Bobbio.

Uno de los pasajes del “Discours” de Benjamin Constant, dice así: “No encontraréis entre ellos (los antiguos) ninguno de los goces que como vimos forman parte de la libertad de los modernos. Todas las acciones privadas estaban sometidas a una severa vigilancia. Nada se abandonaba a la independencia individual, ni en relación con las opiniones, ni con la industria ni sobre todo en relación con la religión (…) Aún en las relaciones más domésticas, la autoridad intervenía (…) Las leyes regulan las costumbres y como las costumbres sostienen todo, no había nada que las leyes no regulasen. Así, entre los antiguos, el individuo habitualmente casi soberano en los asuntos públicos, era esclavo en todas sus relaciones privadas (…) como parte del cuerpo colectivo, interrogaba, destituía, condenaba, despojaba (…) como sometido al cuerpo colectivo, podía, a su vez, ser privado de su estado (…) por la voluntad discrecional del conjunto del que formaba parte (…) Los antiguos, como dice Condorcet, no tenían ninguna noción de los derechos individuales”.

Benjamin Constant, filosóficamente, sostuvo lo contrario que su paisano Jean-Jacques Rousseau. Después de la luminosa obra de Jacob Talmon, sabemos que Rousseau legitimó un sistema político, en el que el individuo, quedaba sometido a la voluntad mayoritaria. Los hondos relatos de Vasily Grossman, muestran cómo el espionaje de las vidas privadas, fue un eficaz procedimiento para destruir a los disidentes en la Rusia estalinista. Pero no sólo en los Estados comunistas. Con el régimen franquista, las autoridades civiles se inmiscuían en la esfera íntima de los súbditos. Ciertamente, se apoyaban en una tradición clerical de siglos. La Inquisición española, sólo perdió sus métodos basados en la conculcación de la libertad privada, en 1834; y el último ejecutado como hereje o heterodoxo, el maestro Ripoll, lo fue en 1826. A diferencia de sociedades con varias creencias religiosas, en España, el monopolio de la iglesia católica en el Estado, dificultó anómalamente el despliegue de “la libertad de los modernos”. Muchos recordamos que era habitual que las autoridades familiares, religiosas o políticas, de no hace tantos años, asaltaban la intimidad de los jóvenes, especialmente, la intimidad afectiva o sexual de las chicas jóvenes. En los pueblos, la vida privada sufría aún más que en las ciudades. Un colegio mayor regido por una organización católica, se ufanaba que en las habitaciones de los estudiantes, no había cerraduras en las puertas. La privacidad no parecía necesaria en una comunidad como aquella. Los individuos, “mientras en la comunidad permanecen unidos a pesar de todas las separaciones, en la sociedad permanecen separados a pesar de todas las uniones”: es la distinción entre “comunidad” y “sociedad” que hizo Ferdinand de Tönnies, en un libro famoso que tradujo Francisco Ayala.

El (supuesto) espionaje de Madrid, en mi opinión, suscita las dificultades que todavía existen para disponer de una conciencia individual vigorosa, y propia de las “sociedades” liberales.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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