Análisis
América Latina: ¿antisemita?
jueves 05 de febrero de 2009, 23:59h
La ofensiva israelí de hace 18 días en Gaza dejó tras de sí más que muerte y destrucción. Los escombros de la endurecida política de Oriente Medio también generan otro tipo de “daño colateral”, que puede ser tan demoledor como el intercambio de bombas entre Hamas e Israel. Se trata del despertar de un inquietante sentimiento anti judío, que se ha ido esparciendo como esporas alrededor del mundo para caer por sorpresa en América Latina, en donde el germen del antisemitismo ha comenzado a aflorar de manera preocupante en una región en el que dicho fenómeno, nunca ha formado parte su naturaleza cultural.
Latinoamérica se le conoce como el puerto de desembarco que le abrió los brazos a los españoles, portugueses, italianos, alemanes, judíos, musulmanes y árabes cristianos, que huían de los horrores de la guerra, con el propósito de labrarse una oportunidad de futuro. En el caso concreto de los judíos, este colectivo lleva un siglo y más de cinco generaciones echando raíces y contribuyendo con el desarrollo de la tierra latinoamericana, como dignos ciudadanos de los países que la conforman.
Es por ello, que los incidentes antisemitas ocurridos recientemente en Argentina, Chile, Bolivia y Venezuela, despiertan la preocupación, tanto de las organizaciones judías a nivel internacional como del propio Estado de Israel.
Esta red anti judía que ha comenzado a tejerse en la región, no sólo parte de las posturas u opiniones que los ciudadanos puedan tener del conflicto de Oriente Medio en sí; si no de la capitalización que los gobernantes latinoamericanos de corte populista como Hugo Chávez, Evo Morales o la administración de Cristina Fernández de Kirchner hacen de él. Las manifestaciones de rechazo hacia los judíos que se comienzan a observar en América Latina van más allá de las consignas, los grafitis y de las piedras lanzadas a las ventanas de las sedes comunitarias. El verdadero trasfondo se halla en la política.
Amparado por la simpatía y los vínculos comerciales que le unen con Irán, el mandatario venezolano aprovechó la coyuntura de la guerra y la plataforma de los canales del Estado, para arremeter en contra un grupo que puede suponer un estorbo para sus intereses políticos.
Desde que expulsó al embajador de Israel, Shlomo Cohen, del país, el colectivo hebreo se encuentra en una situación de desamparo. En la madrugada del 31 de enero fue víctima del allanamiento y la profanación de una importante sinagoga del país por parte de un grupo de 15 hombres fuertemente armados, que irrumpieron en el centro religioso para destruir todo lo que se encontrara por el camino, y sustraer la base de datos de la comunidad judía de Venezuela, integrada por alrededor de 15000 miembros. Un hecho que dio la luz de alarma de los colectivos judíos de todo el continente.
Se teme que tales sucesos se profundicen en Venezuela o se repitan en países como en Argentina, que arrastra el recuerdo del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994, y en sistemas de gobiernos empáticos con las políticas de Chávez, como Ecuador y Bolivia, ésta última, con una importante presencia de judíos en Cochabamba.
No cabe duda que es imposible mantenerse al margen del polvorín de Oriente Medio; de hecho es necesario y moral, llevar a debate la tragedia de la guerra, que en esta oportunidad se cobró 1300 víctimas. Pero una cosa es asumir una posición crítica frente al conflicto y otra muy distinta, promover e incitar el odio religioso con fines políticos, más aún, en una región en donde musulmanes, cristianos y judíos siempre han comido en la misma mesa.