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El euro, bendición y maldición para España

sábado 07 de febrero de 2009, 18:42h
El euro, con la consiguiente disciplina macroeconómica, ha sido un formidable motor de prosperidad económica para España en los primeros diez años de su existencia pero, a diferencia de la última recesion en 1993, en tiempos de la peseta, el euro, siendo una moneda única para 16 países (Eslovaquia entró este año), no se puede devaluar.

Si un país miembro del euro quiere restaurar la competitividad de sus exportaciones vía una devaluación tiene que abandonar la moneda única y restaurar, supongo, su antigua moneda o inventar una nueva. Hasta ahora ningún país ha seguido este camino y nadie quiere lanzar la primera piedra en contra de la zona euro y abrir una caja de Pandora, tanto política que económica.

Una devaluación – hubo dos en 1992 en España y una en 1993 bajo los socialistas – es una medicina fácil de administrar pero pocas veces sirve para curar una economía enferma. Entre otras cosas, abarata las exportaciones pero encarece las importaciones, con el consiguiente riesgo de aumentar la inflación. Las devaluaciones a las que se había
visto abocada la peseta en su historia reciente a menudo eran rápidamente contrarrestadas bien por la simultánea devaluación de otras divisas o por una subida de costes internos superior a la de los competidores.

José María Aznar lo sabe bien: heredó una economía con muchos problemas en 1996, tres años después de la última devaluación. Como él mismo recordó con demasiado triunfalismo, al conmemorar el décimo aniversario del euro (su discurso y otros forman parte de un interesante libro publicado por FAES hace poco), recibió una inflación próxima al 5%, un déficit público de casi el 7% del PIB y una deuda pública cercana al 70% del PIB, cumpliendo ninguna de las cuatro condiciones de Maastricht para acceder a la Unión Monetaria.

Su Gobierno tuvo mucho mérito en mejorar sustancialmente la situación macroeconómica e ingresar España en la moneda única, cuando nuestro país no estaba en la lista preliminar de invitados a la fiesta del euro.

El año pasado España rompió una de las condiciones de la Unión Monetaria (no ha sido el único país en hacerlo) – el déficit público excedió el techo de 3% del PIB y este año podría llegar al 6% o más – y la deuda pública en términos del PIB está aumentado rápidamente, aunque desde un relativamente bajo nivel (casi el 40% al final del 2008, aún muy lejos de la ratio de la media europea que se sitúa por encima del 60%).

Como España no puede acudir a la devaluación para recuperar la competitividad perdida, los costes unitarios de producción tienen que evolucionar mejor de lo que evolucionan estos costes en el resto de la zona euro. Esto significa, en el plano ideal, aumentos salariales en línea con o por debajo de la inflación (cuyo nivel hoy es el más bajo en una década) y una reforma del mercado laboral, en particular la negociación colectiva que es un corsé para las empresas y una forma de limitar la competencia entre las mismas. España se ha puesto demasiado cara: por ejemplo, los alquileres y la comida en Berlín, donde vive uno de mis hijos, son bastante más baratos que en Madrid.

La falta de competitividad de la economía española está claramente reflejada en el abultado déficit por cuenta corriente que, a pesar de una profunda ralentización en el crecimiento en el PIB en 2008 (desde 3,8% en 2007 a 1,1%) siguió cerca del 10% del PIB, uno de los más altos entre los países de la OCDE. Al arrastrar un déficit por cuenta corriente muy elevado que se financiaba con el ahorro externo, España es especialmente sensible al cierre de los mercados financieros internacionales. El elemento más distintivo de la crisis actual es la crisis financiera global.

La necesidad que existía ya antes de la recesión de frenar la pérdida de competitividad frente al exterior se ha hecho ahora más patente. Si no es así, se corre el riesgo de una salida en falso de la recesión, que podría llevar a tasas de crecimiento potencial muy inferiores a las de la gran expansión de los últimos catorce años.

Como apuntan Paul Isbell y Federico Steinberg, mis colegas en el Real Instituto Elcano, en un excelente articulo en El País del jueves pasado, si se abandonara el euro “lo más probable es que España sufriera una huida de capitales seguida de una espiral inflacionista, que obligaría al Banco de España a elevar drásticamente los tipos de interés y haría más profunda la recesión y la caída del empelo.” Las consecuencias de una salida seria mucho peor que quedarse dentro y aguantar.
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