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¿Socialdemocracia versus capitalismo?

lunes 16 de febrero de 2009, 22:36h
Uno de los dos más grandes escritores hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, convertidos, después de una juventud extremosa, en paladines del pensamiento neoliberal, Octavio Paz, acuñó una efectista definición del Estado del Bienestar: “El ogro filantrópico”. Cuando la daba a la estampa eran días en que la fórmula de la socialdemocracia se hallaba en su fastigio en parte de los países industrializados más avanzados y la carrera por incorporarse a ellos del lado de los menos desarrollados conocía un ritmo trepidante –caso español, por ejemplo.-

Sin embargo, como, según la sentencia de los clásicos, suele acontecer con los fenómenos sociales y culturales de alto porte, declinación comenzaba ya a erosionar su refulgente esplendor. La revolución conservadora inspirada en el neocapitalismo más hervoroso encabezada en el mundo anglosajón por Reagan y la Sra. Tatcher había acabado con la transitoria inhibición de los partidarios del liberalismo como fundamento y fin del universo político y económico y se asistía al último rearme –por el momento…- de la ideología matriz del mundo contemporáneo. Con la inimitable penetración del estro de un gran poeta –y el humanista mejicano lo fue de cuerpo entero-, el autor de Conjunciones y disyunciones describía insuperablemente la imagen con que el Estado del Bienestar se presentaba a los ojos de la mayoría de sus conmilitones, seguidores pedisecuos de Adam Smith. Atrás quedaban las diatribas de Von Misses, Hayeck y demás miembros de la Escuela vienesa de los años veinte y treinta del Novecientos centra un socialismo concebido per se como “camino de servidumbre” individual y colectivo, sin que sus versiones reformistas y socialdemócratas sirvieran en lo más mínimo para atenuar su intrínseca nocividad… Habida cuenta de los innegables éxitos entrojados por el ideario keynesiano y los planteamientos socialdemócratas en la recuperación de la devastada Europa de la segunda posguerra y la afortunada expansión de los derechos civiles y sociales y la prosperidad material a buena parte de las clases trabajadoras del Viejo Continente, dinamitar el Estado del Bienestar o cuestionar una considerable porción de su argumentario, equivalía a un despropósito a la vez que una injusticia en que ni Octavio Paz ni gran cantidad de sus correligionarios podían incurrir.

Y, naturalmente, ni lo hicieron ni lo hacen. Pasado el ecuador de la centuria anterior, cuando los fulgores del Estado del Bienestar semejaban desvairse en las comunidades más avanzadas, sus críticos repristinaron las censuras encuchadas ya en los años treinta contra la desmaña y carencia de rentabilidad del sector oficial así como respecto de un gasto público que amenazaba una y otra vez convertirse en una orgía sin freno, en la que el indeficiente déficit hacía saltar todo equilibrio presupuestario. Adictos del “Estado mínimo” frente a otro Leviathan aquejado de gigantismo y elefantiasis, sus teóricos de comedios del novecientos rechazarían poco después tanto las tesis neomarxistas como las ecologistas acerca de los efectos perversos del desarrollismo desenfrenado y de la incapacidad de autolimitación del capitalismo liberal. En la mayor parte de ellos, la reacción antiestatista no sobrepasaba los márgenes de una ardida apuesta por el protagonismo de la sociedad civil y la exaltación de los derechos individuales. Obviamente, en esta panorámica general, se contaban excepciones preconizadoras de un fundamentalismo manchesteriano y un desarbolamiento general de un Estado intervencionista y confiscatorio. Pero la reluctante insolidaridad que tales planteamientos descubrían no podía legitimarse en ninguna lectura de los clásicos de la literatura smithniana ni en las ponderadas aporías que autores como Paz, Aron, Popper o Berlin presentaban ante ciertas derivas asfixiantes y proclividad totalizadora del “Ogro filantrópico”.

Sin suscribir los alegatos de los integristas del neoliberalismo y del mercado, es lo cierto que el Estado del Bienestar ha pasado la frontera de lo razonable y operativo en su afán de regimentación de no pocas actividades sociales y económicas, con una regulación nociva en su interés por nacionalizar muchas empresas públicas y en la monopolización de servicios de la misma índole. Bien que tales empeños estuviesen a menudo presididos por la idea de igualdad y solidaridad, en un Estado de derecho la hipertrofia de algunas políticas gubernamentales resulta a las veces incompatible no sólo con el ejercicio de las libertades públicas, sino también con un protagonismo de la sociedad fecundo y responsable. Ante todo, la autoridad ha de ser estimulante.

Al propio tiempo, claro está, los fundamentalitas del neocapitalismo, hodierno tan escarnecidos, son acreedores, como todos los idólatras, a descalificaciones y censuras de variado tenor. Su rechazo a ultranza, por ejemplo, de la fiscalidad como justo instrumento de la distribución de las rentas llevó no ha mucho tiempo en algunos de los países más avanzados a una situación de rebelión auténticamente disgregadora de la convivencia social y del abandono de una mínima solidaridad. El repudio al dirigismo estatal se troca asimismo de ordinario en oposición frontal a la legítima actividad interventora de las esferas estatales en diversas materias, muy singularmente en las asistenciales e, incluso, en ocasiones, en las mismas económicas. La catástrofe en que nos ha precipitado en gran parte la desregulación de las finanzas y de todo el marco bancario ahorra elencar nuevas pruebas en la justificada crítica del “capitalismo salvaje”, de insaciable voracidad y darwinismo por sus propios genes identitarios.

Pero, naturalmente, ante sus tropelías y excesos no ha de cederse a la tentación, en la actualidad muy extendida, de arrojar el baño al cubo de la basura de la Historia pues bien podría ir con él una criatura por entero insustituible en la tesitura presente, sin alternativa ninguna mínimamente válida o aceptable, a no ser en el terreno de la utopía o de un mesianismo redentor una y otra vez desmentido en el curso del tiempo. Este demostró en el primer mundo durante un dilatado periodo de la segunda mitad del novecientos que las políticas de la socialdemocracia renovada por las pruebas de los totalitarismos y las de un capitalismo social de mercado constituían, fundidas en el Estado de derecho, una fórmula idónea y susceptible de exportación para el desarrollo de los pueblos instalados en el horizonte de la modernidad.

Con incontables deficiencias e injusticias, las sociedades forjadas en dicho crisol, herederas además de un legado plurisecular extendido desde el cristianismo hasta las revoluciones contemporáneas, encarnan el modelo menos imperfecto de régimen social y político conocido por la historia. Como escribiese uno de los popes del pensamiento neoliberal, Karl Popper, “… la civilización más libre, más justa y humanitaria, y la mejor de todas las que hemos conocido a lo largo de la historia de la Humanidad. Es la mejor porque es la que tiene más capacidad de mejorar”. Por muy aborrascado que se descubra el paisaje del inmediato porvenir, el irrefragable banco de prueba de la realidad volverá a demostrarlo en un futuro que ya ha comenzado.
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