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El Pacto necesario

martes 03 de marzo de 2009, 01:43h
La presente crisis económica es de una gravedad tal que es difícil encontrar precedentes fuera del crack bursátil de 1929, ésta además tiene lugar después del reciente proceso de globalización con lo que su dimensión es planetaria y afecta o afectará, si bien en distinta medida, a todas las economías del planeta.

A España la crisis ha llegado después de un muy largo periodo de bonanza que nos ha equiparado a los niveles de renta europeos, culminando una muy favorable tendencia económica que ha acompañado a nuestra democracia; desde 1986 somos miembros de la Unión Europea y desde 1999 de la Unión Monetaria (euro), haciendo realidad una de las aspiraciones nacionales desde que se inició la transición democrática. Un tercer elemento a tener en cuenta es que la crisis económica mundial nos ha golpeado en una situación de debilidad de la economía española: grandísimo endeudamiento exterior, estallido de la burbuja inmobiliaria, agotamiento del modelo de crecimiento, etc.

Por lo tanto, se puede decir que en España la crisis adquiere una especial virulencia por lo que las medidas para superarla deberán ser también singularmente difíciles. Naturalmente, esta crisis, como cualquiera, tiene salida pero para ello son imprescindibles algunos requisitos. El primero es hacer un correcto diagnóstico de la situación; aquí tenemos el inconveniente de que se ha tardado excesivamente en reconocer la existencia misma de la crisis. La crisis nace en el verano del 2007 con la aparición de las hipotecas “subprime” en Estados Unidos y se extiende rápidamente a las demás economías; sin embargo, hasta bien entrado el 2008, desde luego después de las elecciones legislativas, el gobierno se niega a reconocer su existencia lo que ha hecho que sólo en el otoño del año pasado la sociedad haya tomado conciencia de la crisis y de su magnitud, conciencia que se ha agudizado con las espeluznantes cifras de desempleo de los últimos meses.

El segundo requisito es lo que los militares llaman “voluntad de vencer”, pero para tener voluntad de vencer es necesario creer en esa posibilidad de victoria. “Potest quia potere volentum” decía Virgilio (pueden porque creen que pueden); los logros que hemos conseguido los españoles en los últimos treinta o cuarenta años, deberían ser razón suficiente para acometer esta crisis con confianza en su superación.

El tercer requisito es el que todos rememos en una dirección. En efecto la superación de la crisis pasa por la adopción de una serie de medidas impopulares y políticamente difíciles de tomar. Para que ello sea posible es necesario que los gobernantes cuenten con un respaldo muy mayoritario; de otro modo siempre estarán pendientes de la repercusión electoral de esas medidas y será – en términos prácticos – imposible su adopción.

Hasta ahora, se han adoptado casi exclusivamente medidas paliativas encaminadas a disminuir los daños que la crisis origina; no se han abordado sin embargo medidas curativas que se dirijan a la raíz de la crisis: reformas estructurales en muy diversos terrenos (fiscal, laboral, inmobiliario, judicial, sanitario, etc.), medidas todas ellas que por ser casi quirúrgicas necesitarán como decimos de un respaldo social muy grande.

El presidente Obama se ha puesto la venda antes que la herida (electoral, no económica) constituyendo un gobierno bipartidista y contando con el respaldo de un 80 por ciento de la población.

Algo similar sucede en la Alemania de Merkel e, incluso, en la Francia de Sarkozy.

Para que eso sea posible en España, es indispensable un pacto que abarque a todos y deje a un lado las pendencias electorales, lo que puede ser realizable dentro de unas semanas.

Hoy por hoy, muchos observadores consideran que la ineludible necesidad de un pacto, no será posible por distintos motivos: voluntad del Gobierno y de la Oposición, o incapacidad de los mismos; en definitiva que no quieren o que no pueden. Sin embargo, creo que el rapidísimo deterioro de la situación económica lo hará progresivamente más necesario; el reparto de los sacrificios que, para superarla, exige la crisis es inviable sin una previa negociación, sin un pacto; la cuestión es que cuanto antes se alcance el pacto, sus consecuencias serán menos dolorosas.

El pacto deberá ser, además, a distintos niveles; el estallido de la burbuja inmobiliaria ha repercutido y repercutirá todavía más a corto plazo, en un sistema financiero, sólido sí pero zarandeado por la situación mundial de falta de liquidez que nos llega con el déficit exterior más grande del mundo en términos relativos y segundo (después de los Estados Unidos) en términos absolutos; en esa situación el incremento de la morosidad (por no decir insolvencia) hace que toda la inyección de liquidez que el Estado proporcione al sistema financiero se remanse en el mismo, temeroso de no poder cumplir sus compromisos internacionales; lo que hace que dicha liquidez no llegue a la economía real colapsando ésta aún más, ello redundará de nuevo en detrimento de Bancos y Cajas. Se produce así un círculo vicioso del que es preciso salir; cualquiera que sea esta salida exigirá (hay precedentes propios y ajenos) un acuerdo entre ambos sectores.

Algo parecido cabe decir entre empresarios y sindicatos: en los últimos años la economía española no ha mejorado apenas su productividad, lo que en un mundo competitivo y globalizado, equivale a decir que hemos sufrido una sustancial pérdida de competitividad. Descargar las consecuencias tan solo en un sector de la población (los desempleados) es no solo injusto e insolidario sino también peligroso. Por ello es necesario un pacto por la competitividad al que debemos llegar si no queremos quedarnos progresivamente rezagados y empobrecidos.

Algo similar cabe decir de otros sectores de nuestra sociedad (universidades, sistema judicial, etc.). Pero es evidente que todos esos acuerdos parciales requieren, a modo de paraguas, un pacto en la cúspide: un pacto político.

España ha sido la nación que más ha cambiado en Europa en el último medio siglo, política y económicamente; el mundo se ha asombrado con el cambio español y eso puede continuar en el futuro aunque ahora se requiera un cambio de modelo; el actual se alcanzó con un espíritu de consenso que se plasmó, se ha plasmado en multitud de acuerdos, encabezados y presididos por aquellos Pactos de la Moncloa protagonizados por quienes apenas unos meses antes estaban en la ilegalidad. Carecería de sentido que lo que fue posible saliendo de una dictadura, no lo fuera en plena democracia; en todo caso, nuestros hijos no nos lo perdonarían.
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