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Análisis

Los niños de la guerra: cuando el fusil reemplaza a los juguetes

viernes 06 de marzo de 2009, 13:28h
Jugar a la guerra es divertido, sobre todo si se trata de un videojuego de última generación, en que con tan sólo un gesto del dedo pulgar, se puede escoger uno de los tantos escenarios, héroes y armas que el jugador puede utilizar durante el “combate”, el cual disputa sentado cómodamente al frente de la pantalla del televisor. No obstante miles de niños, niñas y adolescentes en Colombia y Haití desconocen lo que es jugar con una videoconsola, quizá no habrán visto una jamás en su vida, pero estos jóvenes, sin entender mucho de figurines digitales, saben cómo manipular un fusil, empuñar un revolver e infestar en tiempo récord, un campo entero de minas antipersonal. Tres destrezas que no se aprenden precisamente apretando los botones del mando de la Play o del Wii.
Jugar a la guerra es divertido, sobre todo si se trata de un videojuego de última generación, en que con tan sólo un gesto del dedo pulgar, se puede escoger uno de los tantos escenarios, héroes y armas que el jugador puede utilizar durante el “combate”, el cual disputa sentado cómodamente al frente de la pantalla del televisor. No obstante miles de niños, niñas y adolescentes en Colombia y Haití desconocen lo que es jugar con una videoconsola, quizá no habrán visto una jamás en su vida, pero estos jóvenes, sin entender mucho de figurines digitales, saben cómo manipular un fusil, empuñar un revolver e infestar en tiempo récord, un campo entero de minas antipersonal. Tres destrezas que no se aprenden precisamente apretando los botones del mando de la Play o del Wii.

Lo que para muchos jóvenes supone una simple distracción vespertina, para otros es un asunto de pura supervivencia. Los niños que crecen en medio del conflicto armado como el colombiano y el haitiano, tienen como común denominador un precario nivel de alfabetización y provienen de los sectores más desamparados del país. Las zonas rurales son por lo general, la fuente más preciada de captación de pequeños combatientes para grupos insurgentes como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN), y de aquellas fuerzas paramilitares que todavía no se han adherido a la desmovilización dispuesta por los estatutos de la Ley de Justicia y Paz, como las Auto Defensas Campesinas del Casanare y Frente Cacique Pipinta.

Estas milicias fuerzan el reclutamiento de los menores a través del rapto o por medio de lo que denominan, el alistamiento “voluntario”, que consiste en encandilar la cabeza de los niños e incluso sus familiares, con promesas de dinero y futuro. Promesas que estos jóvenes jamás verán cumplidas, debido a que lo único que recibirán a cabio por el sacrificio de su infancia, es un puñado de vejaciones, torturas, violaciones y en el peor de los casos, encontrarse cara a cara con la muerte



Según un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), elaborado en 2008 por la politóloga Natalia Springer, el 75 por ciento de los adolescentes que militan en la guerrilla y en el paramilitarismo colombiano, son en su mayoría, chicos provenientes de las comunidades indígenas que adoptan las armas a partir de los 13 y los 14 años de edad. Sin embargo, el estudio apunta a que cada vez es más frecuente observar la presencia de niños y niñas menores de 12 años dentro de estas milicias, ya que son un valioso recurso para llevar a cabo actividades de espionaje, transporte de suministros y por supuesto, la instalación de minas explosivas.

Haití es otra de las naciones que figuran en la lista de los 18 países que poseen la dudosa reputación de tener niños armados. La resolución 1780 (2007) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, reconoce la gravedad de la situación de los jóvenes haitianos, quienes son el anzuelo de las mafias y las guerrillas urbanas que imperan en un país, que vive bajo la frágil tensión de la confrontación civil. Estas organizaciones ilícitas raptan a menores de edad para convertirlos en sus centinelas e inducirlos a cometer actividades delictivas como el secuestro y el tráfico de armas.

Es ineludible que la violencia y la impunidad son el día a día de miles de menores de edad que viven en medio de la pandemia del conflicto armado. Ellos son las víctimas y los victimarios de una realidad que forma parte de una generación a la que se le despojó del preciado e irrecuperable bien de la infancia.

Pese a que en el caso específico de Colombia, existen organismos gubernamentales y privados que instan a la reinserción de estos niños y adolescentes en el núcleo de la sociedad colombiana; tales iniciativas no pueden protegerlos del estigma de “violentos” que dicha sociedad, a causa del miedo, la ignorancia y la desconfianza, les impone a estos jóvenes. Una cicatriz capaz de socavar cualquier esperanza de regeneración, y que puede resultar tan profunda y dolorosa como las heridas que surcan sus cuerpos y sus mentes.



Los libros de historia contienen innumerables capítulos de niños que desde muy temprana edad reemplazan los juguetes por las armas. Los espartanos iniciaban su entrenamiento militar a los siente años; entre tanto que en la Edad Media con 12, a los varones se les comenzaba a colocar la armadura. Ya en el siglo XX, exactamente en 1932, un joven ruso de nombre Pavlik Morozov se convirtió en el ícono del régimen estalinista, y cuando la derrota era inminente en la Alemania Nazi, los milicianos de las Hitlerjugend eran utilizados como carne de cañón en el frente de batalla, antes de que aprendieran a rasurarse la barbilla.

Si bien, dichos antecedentes no son comparables con la envergadura de la problemática actual de la infancia en situación de guerra, es evidente que los mismos nos permiten ver desde diferentes perspectivas, la magnitud de un problema que no sólo es político y social, sino que también es moral.


En días pasados la Fiscalía General de la Nación de Colombia elaboró un informe detallado en donde se relata que tres ex paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) admitieron haber cometido delitos contra 2.133 niños en los últimos 15 años. Ante semejante cifra cabe preguntarse ¿Cuántos miles de niños, niñas y adolescentes damnificados por el conflicto armado faltan aún por cuantificar en Colombia y Haití? Mientras algunos chicos se encuentran en este momento sentados en la sala de su casa abducidos por un combate virtual, otros, de su misma edad, les toca sobrevivir a uno de verdad y sin el beneficio de tener entre sus manos, el mando de una videoconsola para poder apretar el botón de pausa.