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La estupidez masculina

José María Herrera
sábado 07 de marzo de 2009, 17:53h
La investigación contemporánea sobre la necedad, fenómeno que diseccionó por primera vez Erasmo de Rótterdam, arrancó en fecha tardía, 1932, con la publicación del docto ensayo de W. B. Pitkin Breve introducción a la Historia de la Estupidez Humana. Comparadas sus quinientas setenta y cuatro páginas con los siete volúmenes dedicados a la cuestión en 1785 por el bibliotecario del Elector de Sajonia autor de la Geschichte der menschlichen Narrheit, quizás pudiera pensarse en cierto progreso de la humanidad, o al menos en un retroceso de la tontería. Desgraciadamente, erraríamos. El problema de la necedad es un problema de dimensiones ilimitadas, que no deja de expandirse, como el universo, ni de propagarse, como las enfermedades contagiosas, convirtiendo todos y cada uno de nuestros acercamientos, por extensos y exhaustivos que sean, en frustradas sinopsis.

Digo esto a modo de aviso porque, a pesar de que mi propósito aquí es acortar el horizonte abordando sólo el capítulo de las necedades realizadas por los varones en sus relaciones con las mujeres, el estudio de cualquier forma de estupidez rebasa los límites de un artículo periodístico. Por mucho que uno quiera es imposible tratar en un espacio tan corto de ese poder superior al de cualquier carreta que congregó bajo las murallas de Troya al mayor contingente de héroes jamás visto. Ni siendo un maestro del epítome se podría uno ocupar de un caso tan formidable como el del caballero y poeta Ulrich von Liechtestein, señor feudal del siglo XIII que protagonizó los hechos más inverosímiles a causa del rechazo de la dama a quien ofreció sus servicios. Una lástima porque el noble Ulrich no sólo se prestó a eliminar de su cuerpo cuanto disgustase a la inflexible señora, comenzando por el prominente labio superior y terminando por los dedos de la mano, que se amputó él mismo en una romántica sucesión de mutilaciones, sino que atravesó Europa vestido de mujer desafiando, como don Quijote, a quienes se negaran a adorar a la dama de sus desvaríos. En fin, ni de pasada sería posible aludir en pocos renglones a esas doce tribus de la majadería que confluyeron, revoloteando en torno a las llamadas “preciosas”, en el Palacio parisino de Rambovillet durante la época galante. ¿De cuánto espacio habría que disponer para internarse en el Dictionnaire des Précieuses, soberbio precedente del lenguaje políticamente correcto y no sexista, compuesto por Saumaise para ilustración de los lechuguinos que aspiraban a guardar la compostura en los salones del antiguo régimen y mantener el tono ante mujeres capaces de desmayarse a poco que cualquier desembarazado profiriera alguna palabra trivial, mano o pie, por ejemplo?

A todo esto y a mucho más que ustedes no imaginan debemos renunciar aquí por comentar sucintamente el último caso de necedad masculina a causa de mujer: el de un campesino serbio que acaba de castrarse para demostrar a su celosa señora que le es fiel. Los detalles quirúrgicos –el tipo empleó una navaja de afeitar y se limitó a hacer lo que tantas veces con los animales de la granja- pueden compulsarlos en cualquier periódico. Más difícil de descubrir son los comentarios de los psicólogos que han meditado sobre el caso, la mayor parte de los cuales abrigan escasas esperanzas de que el gesto resultara convincente. A los demás, mortales de a pie, se nos ocurre que lo único que el serbio ha demostrado es que maneja bien la navaja de castrar -arma que los garamantes portaban al cinto para tribulación de sus adversarios-, y que tiene una mujer de cuidado, tal vez poco adecuada para un eunuco.

El caso me ha recordado de todas maneras otro reciente que hace tiempo deseaba compartir con ustedes: el de un médico americano, casado con una enfermera a la que, con la excusa de salvarle la vida y, de paso, su matrimonio, le donó uno de sus riñones. La cosa no salió demasiado bien, pues la esposa se la pegó en la convalecencia con el fisioterapeuta, y el marido, que debe ser rencoroso, solicitó el divorcio. Azuzado por sus abogados –gremio al que Fernando el Católico quiso prohibir el paso a las Indias para evitar la corrupción de los salvajes- el médico cornudo reclama ahora la devolución del riñón. No sé si lo que solicita es el reintegro literal, conforme al principio bíblico del ojo por ojo y riñón por riñón, o si se conforma con la tasación en dólares; en todo caso, el letrado de la adúltera calificó al donante de “monstruo moral”, juicio coherente con una ética como la nuestra, retórica y altisonante, pero ajeno a la esencia de la cuestión, pues lo que el médico americano es, como el campesino serbio, los practicantes del lenguaje no sexista, el círculo de las preciosas, Ulrich von Liechtestein, y Agamenón de Micenas, es un imbécil; quiero decir, otro.
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