El poder de la Galicia ausente
sábado 14 de marzo de 2009, 17:19h
Hablar en Galicia del voto emigrante es meterse en un tema complejo y delicado en el que se entremezclan sentimientos tan dispares como el reconocimiento y la conveniencia, aderezados con esa “saudade” tan gallega que viene siendo como el recuerdo melancólico de una alegría pasada. Sin embargo, resulta casi imposible no reflexionar sobre el poder de esa Galicia ausente.
Resulta, cuando menos, sorprendente, comprobar que en las recientes elecciones autonómicas los gallegos de la diáspora otorgaron al PSOE más de la mitad de los votos, mientras que de entre los que aquí viven, pagan sus impuestos y comprobaron de cerca durante casi cuatro años lo que la Xunta hizo con ellos no le dieron su confianza a los de Touriño ni el treinta por ciento. Ese colectivo agrupado bajo una denominación a priori tan contradictoria como es la de “residentes ausentes” ha cambiado el resultado electoral que decidieron los residentes presentes el 1 de marzo, quitándole un escaño al Partido Popular para dárselo al PSOE. La mayoría absoluta de Núñez Feijóo queda, así, en los 38 diputados justos, en tanto los socialistas mantienen los mismos 25 que lograron en 2005.
Hombre, la cosa no da para triunfalismos como la afirmación del sustituto provisional de Touriño al frente del PSOE gallego, Ricardo Varela, de que la victoria de los populares es “exigua”. Más exiguo es, ya puestos, quedarse con el mismo resultado que hace cuatro años estando en el gobierno y perderlo después de tan sólo una legislatura y de tan importantes logros para Galicia como aseguran haber proporcionado los socialistas. Máxime cuando el adversario político era un novato en esto de ser candidato a la presidencia y dirige un partido al que, tras la marcha de Fraga, no se le concedían más allá de dos telediarios.
Pero para lo que sí da es para pararse a pensar hasta qué punto esos gallegos que, por mucha morriña que les pongamos, son ya más argentinos, uruguayos o suizos que gallegos, y no digamos sus descendientes, muchos de los cuales no conocen esta tierra más que por relatos, pueden decidir un destino que a quien afecta en la práctica real es a quienes aquí residen y padecen. Hasta el punto de que los votos de la lejanía podrían haber llegado a dar la vuelta completa a la voluntad de los que viven Galicia de cerca echando atrás el cambio de gobierno que decidieron contundentemente.
Rodeado desde siempre de polémica, aprovechado sin pudor con viajes, comilonas y otros festejos político-festivos, el voto emigrante está, además, ensombrecido por la falta de transparencia. La Galicia de allí no vota en urna como la de aquí, y hasta justamente estos últimos comicios ni siquiera precisaba de una identificación del votante. La manipulación es cosa fácil y se ha demostrado que pueden votar hasta los ausentes totales, o sea, hasta los muertos. Pero ningún partido tiene la valentía de plantear lo que cada vez más gente piensa y comenta en voz alta por muy políticamente incorrecto que sea. Y es por qué ciudadanos que viven a miles de kilómetros de distancia, que llevan años sin volver por aquí –en caso de que alguna vez estuvieran- y que no pagan sus impuestos en Galicia pueden decidir sobre lo que en Galicia pasa. O por qué pueden hacerlo los gallegos que emigraron a Argentina, por ejemplo, y no los que marcharon a Cataluña, pongo por caso, siendo tan gallegos y tan emigrantes los unos como los otros. Por qué, en definitiva, la conveniencia otorga más valor a la “saudade” que al “sentidiño” y hace tan fuerte el poder de la Galicia ausente.