polémico y preclaro judío neoyorkino
¿Quién es Krugman, el hombre del que todos hablan esta semana?
miércoles 18 de marzo de 2009, 15:08h
Paul Krugman pertenece a una clase de personas muy marcada. Es un judío neoyorkino, de una inteligencia preclara, volcado hacia la carrera universitaria y que ha brillado tanto en las aulas y en las grises publicaciones científicas como en el debate nacional y mundial.
Krugman, de hecho, tiene esas dos vertientes, de científico y de hombre público, que son inseparables. Ha recibido varias invitaciones a España, y las ha cuadrado dentro de una gira europea que le ha llevado, por ejemplo, a dar una rueda de prensa con el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso.
Brilló desde el comienzo. Se graduó en Yale y el MIT y le premiaron con la medalla John Bates Clark al mejor economista estadounidense menor de cuarenta años, un premio que antes habían recibido primeras figuras como Milton Friedman, Paul Samuelson, James Tobin o Gary Becker entre otros. Sus ideas sobre la geografía económica han merecido el reconocimiento prácticamente unánime. Y es un reconocido experto sobre las sutilezas del comercio y las finanzas internacionales.
Podía haberse limitado a publicar sesudos libros y dar charlas y conferencias sobre su materia, y sería conocido para un público selecto y reducido. Pero es colaborador habitual de los medios de comunicación, autor de libros escritos para la divulgación y la polémica, y ha logrado colar en el debate público sus ideas políticas no menos que las económicas. El Krugman publicista es el que interesa al Gobierno y en particular a su presidente, José Luis Rodríguez Zapatero; una querencia que no es ajena al hecho de que se le otorgara el premio Príncipe de Asturias de las ciencias sociales en 2004.
Porque Paul Krugman encaja en la cosmovisión de Zapatero dentro de una de las dos categorías: la de los buenos. Se define de izquierdas, es crítico con el mercado y favorece la intervención del gobierno, a pesar de ser un reconocido economista, y azota, quizás con más ganas que efectividad, las políticas de George W. Bush y los “neoconservadores”. Lo cierto es que los neoconservadores proceden de la izquierda y defienden el Estado de Bienestar, pero lo relevante para Zapatero es que, en el desinformado imaginario español, se les asocia a una defensa extrema del mercado y a la guerra de Irak.
Ese es el Krugman con el que Zapatero se quería hacer ver. Pero le invitaron a hablar de economía, y el que apareció es el científico. Un hombre sin compromisos, capaz de llamar timorato al mismísimo Obama, por no haber llevado lo suficientemente lejos su plan de recuperación económica que, en sus términos, se puede llamar sin exageración como “revolucionario”. Ese hombre sin complejos, sin ataduras, no se ha dejado impresionar por la simpatía que hacia él siente el presidente Zapatero y ofreció una visión de la economía española que es opuesta a la que describe el optimista antropológico.
Paul Krugman dice que le “aterra” la visión de lo que le viene encima a España. Nuestra economía, dice, se sumirá en una crisis profunda, de la que no saldrá hasta transcurridos seis o siete años. España necesita ajustar sus precios y sus salarios a la realidad económica, y eso pasa por una bajada muy pronunciada. O brusca y breve, o suave, pero muy lenta. Y para ello exige a Zapatero, al hombre que negó la crisis, que emprenda “reformas estructurales” claras.
Al oír esa expresión, puede que Zapatero recordara la fotografía que se hizo con Mariano Rajoy a las puertas de La Moncloa, mientras los dos prometieron volver a verse, pero para pactar las necesarias “reformas estructurales”. El presidente, entonces, prometió a Krugman que las llevaría a cabo en breve, dentro del programa “E”. Pese a utilizar las mismas palabras, da la impresión de que el economista neoyorkino y el presidente del Gobierno hablan idiomas distintos.