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El Monstruo de Amstetten

miércoles 18 de marzo de 2009, 23:21h
Ayer quedaba visto para sentencia el juicio contra Josef Fritzl, cuyo caso es sin duda uno de los más horribles de la historia criminal. Acusado de incesto, violación, esclavitud y asesinato, el llamado “Monstruo de Amstetten” se declaraba culpable de todos los delitos que le imputaba el fiscal. Quizá el escuchar la declaración en vídeo de su hija relatando el horror a que fue sometida por su propio padre durante un cuarto de siglo pudo hacer que Fritzl se abandonase definitivamente a su suerte. Que no es otra que la cadena perpetua, veredicto más que probable habida cuenta de la confesión del reo y la gravedad de los delitos. Aunque no fuese así, una larga condena significaría de facto la reclusión de por vida, dada su edad.

Eso es lo que espera la sociedad austríaca. Su angustia es extrapolable al que otros sucesos de similar calibre han provocado en toda Europa. El caso de Marc Dutroux, el pederasta y asesino belga, Antonio Anglés, en el “caso Alcasser”, y el propio Josef Fritzl forman parte ya de una macabra lista de criminales cuya conducta ha generado una alarma social sumamente justificada. Todos los ordenamientos jurídicos europeos están imbuidos de un espíritu garantista que busca, por un lado, la reparación del perjuicio causado y el alejamiento de las personas dañinas para la comunidad y, por otro, la reeducación y reinserción del delincuente. Pero éste último extremo unido a la idea de que el ser humano es bueno por naturaleza ha derivado en que parte de la doctrina jurídica progresista fuera poco partidaria de penas de reclusión duraderas, a la vez que abogaban por una política penitenciaria “alternativa”. Casos como los anteriormente citados son sólo la punta del iceberg de una larguísima lista de criminales que han cometido delitos atroces y que son prácticamente irrecuperables para la sociedad. Y es cierto que el Estado tiene la obligación de intentar recuperar socialmente a los que se han desviado del camino recto pero también lo es que, por una simple cuestión de probabilidad, no puede hacerlo con todos. Por fortuna, son pocos, pero con independencia de cuestiones numéricas, su peligrosidad los inhabilita para vivir en sociedad. No hay que rasgarse las vestiduras porque la justicia imponga penas acorde con la gravedad de determinados delitos. Va en ello la seguridad pública.
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