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LXXX Aniversario del Partido Revolucionario Institucional (PRI)

domingo 22 de marzo de 2009, 18:16h
El Partido Nacional Revolucionario (después PRI) nació en marzo de 1929, entre una crisis política, el asesinato del presidente electo, Álvaro Obregón, por un católico, y otra económica, la Gran Depresión. La primera amenazaba con un retroceso al caudillismo y la segunda con posponer –sine die– las promesas sociales de la Constitución de 1917.

Calles, presidente en funciones, pudo haber optado por mantenerse en el poder. Sin embargo, optó por el camino institucional: en su mensaje al Congreso (septiembre de 1928) señaló que las circunstancias permitirían “de una vez por todas, pasar de la condición histórica de país de un hombre a nación de instituciones y leyes.”

Además se pronunció a favor del pluralismo político: “la libertad efectiva de sufragio que traiga a la representación nacional a grupos representativos de la reacción, hasta de la reacción clerical, no puede ni debe alarmar a los revolucionarios”, ya que las “ideas nuevas” han convencido a la mayoría de los mexicanos por lo que no representan ningún peligro. Además, añadió, la presencia de la reacción impediría la división de los revolucionarios.

Estas ideas cobran mayor importancia al considerar el contexto: por una parte, aún no se firmaban los acuerdos con la Iglesia para terminar con las guerrillas cristeras (junio de 1929) y, por otra, los levantamientos militares no eran cosa del pasado. (Hubo uno en 1926 y el último en marzo de 1929).

La fundación del PNR no fue fácil, ya que el número de partidos “revolucionarios” era de varios cientos, muchos de carácter local y regional y pocos de naturaleza permanente. De ahí que el nuevo partido se limitó, en su primera etapa, a ser una especie de federación que respetó los feudos, a la vez que sentó las bases para la centralización del poder, proceso ineludible para la aplicación del programa de la Revolución.

Quedaba un pendiente y una deuda: la recesión económica y el cumplimiento de las demandas populares. No faltaron las voces que argumentaban que había que posponer las promesas revolucionarias debido a la crisis a fin de promover la producción. La corriente del presidente Cárdenas, electo en 1934, pensó –y no se equivocó– que era el momento adecuado para llevarlas a cabo por la relación de fuerzas imperante en el mundo internacional..

El apoyo cardenista al movimiento obrero, el reparto de tierras y la nacionalización del petróleo fueron los motores que dinamizaron el mercado interno. Este se convirtió en el incentivo fundamental del desarrollo y rompió la dependencia semicolonial que traía aparejado un crecimiento basado en la exportación de materias primas y en la explotación de los recursos naturales –básicamente el petróleo– por compañías extranjeras.

El cardenismo implicó una movilización política sin precedentes y la estructura del PNR era demasiado frágil y endeble para recoger, encauzar y conservar el apoyo popular al presidente Cárdenas. A pesar de éste, Cárdenas rechazó cualquier tentación de continuismo. De ahí que, por un lado, haya transformado al PNR de un partido de cuadros en otro de masas, con los sectores obrero y campesino. Por otro lado, consagró la “autonomía sexenal” del presidente, evitando inmiscuirse en la toma de decisiones.

Gracias a Calles y a Cárdenas, se consolidaron las bases de un sistema político estable, al resolverse el problema de todo país en vías de desarrollo: la transmisión pacífica del poder, la celebración de elecciones, en los plazos establecidos, y el reconocimiento a la legítima oposición de los nuevos partidos. La solución a las dos crisis otorgó una gran legitimidad y autonomía al Estado con respecto a todos los grupos y actores sociales, con lo cual los sucesivos gobiernos pudieron ejercer la rectoría económica del Estado y arbitrar los conflictos sociales.

La creación del PRI, a su vez, respondió a los requerimientos del país y del propio partido. La contradicción aparente entre Revolución e Institucionalización obedeció a la conciencia existente de proseguir cambiando las leyes con la ley, a fin de seguir el acelerado caminar de la realidad. Había que excluir por igual el riesgo de la esclerosis como el peligro del hiperactivismo.

La permanencia del PRI en el poder –durante poco más de medio siglo– ha sido vista, analizada y juzgada con diferentes criterios y en función de valores cambiantes. La crítica a su hegemonía olvida –y en ocasiones disimula– la debilidad de la oposición que obedeció a su voluntario enclaustramiento en dogmas abstractos, que la privó de programas de gobierno, de oficio político y de aceptación electoral.

Contra lo predicho por “mexicanólogos”, politólogos, sociólogos y otros astrólogos, el PRI no se derrumbó al perder la presidencia de la República. Más aún, demostró ser un auténtico partido democrático y mayoritario que muy probablemente triunfe en las próximas elecciones (julio) para renovar la Cámara de Diputados. Ello no implica solución a la doble crisis (nuevamente) que vive el país: una política, el vacío de poder por la incapacidad del Partido Acción Nacional (PAN), y otra económica. Las circunstancias de 1929 y 2009 son diferentes, pero más graves: hoy el PAN carece de políticos, de programas y de apoyo popular. La pregunta es ¿sobrevivirá el sistema político?

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