El tren fantasma de RENFE
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 23 de marzo de 2009, 21:38h
En una, estéticamente, esplendora ciudad del Sur existe un tren fantasma. Todas las mañanas laborables a las 9¨09 los viajeros con destino a la capital de la nación lo tienen a su disposición para prestarle el correspondiente servicio. Eso al menos es lo que indican las guías de la RENFE y los horarios de ferrocarriles y autobuses estampados en los diarios locales. La realidad, como otras muchas veces ocurre en España, es muy distinta. Dicho tren no goza de ninguna otra existencia más que la mediática, lo que en el día es, según bien se sabe, de importancia suma pero que aun así, en ciertos casos como el presente, no sustituye por entero a la ontológica…
Efectivamente, el glamour informativo y el despliegue noticioso no proporcionan alivio alguno a los sinsabores y perjuicios acarreados desde ha tiempo a los frustrados usuarios del tren fantasma. Reclamaciones y quejas se estrellan ante el granítico muro de la desidia hispana. Interventores solícitos y azafatas diligentes muestran, de modo invariable, obsecuente atención a las peticiones de cambio en los prospectos de la Agencia Estatal más famosa y en las páginas periodísticas consagradas a la salida y llegada de trenes a una ciudad que sólo conserva de su pasado refulgente su envidiable posición de arteria esencial del sistema viario nacional. Éste, sin embargo, semeja estancado a escala local. El fluido de la comunicación no alcanza, conforme a todos los indicios, las instancias directivas, y el tren fantasma, para pesadilla de sus potenciales ocupantes, sigue circulando por los raíles de la fantasía burocrática y los espacios infinitos de la Administración virtual…
En la capital en cuestión su tren fantasma constituye, sobre todo, uno de los muchos símbolos de su frustración como urbe auténticamente moderna, abierta con aliento al futuro por la solidez de sus estructuras socioeconómicas y el impecable funcionamiento de sus servicios. Pero, probablemente, incluso en esta época ya de la postinformática, todas las ciudades de España tengan su tren fantasma y algunas, acaso, por partida doble o triple. Y en todo el panorama institucional, el fenómeno se repite. No hay gran corporación u organismo en que no se constante con plena fehaciencia la posesión de un tren fantasma, testimoniando, en especial, en horas críticas, la permanencia de lacras tradicionales, a prueba de triunfalismos y edulcoraciones. En organigramas y plantillas figuran apartados cubiertos con prestaciones meramente nominales y casillas rellenas tan sólo a fin de “completar” cuadros y esquemas. Más llamativo aún en días de tornados económicos parece ser lo sucedido en el ámbito de los Bancos, donde, sin llegar a traspasar los límites de la gran estafa o el delito declarado, se denuncia por los medios de opinión la práctica asidua de técnicas contables e ingeniería financiera, muy cercanas al mundo ficcional. Sus consecuencias, empero, se revelan en la imagen más habitual del dolor y la impotencia de millones de nuestros conciudadanos, privados de trabajo y desesperanzados de encontrarlo en un plazo medianamente soportable.
A los dos siglos exactos de su tránsito, Larra continúa teniendo mucho tajo en el solar en que viera la luz y que tan apasionadamente amó.