Policías y presuntos
sábado 04 de abril de 2009, 16:00h
La idea de que para ser un buen detective es preciso poseer un intelecto formidable es una fantasía literaria emanada de los ideales racionalistas de la época en que surgieron. Al concebir el crimen como una especie de acertijo lógico, Poe y Conan Doyle, padres del género, proyectaron sobre sus héroes la creencia de que los hombres suelen obrar de manera congruente, algo que no se corresponde con los hechos. No digo, como Giulio Andreotti, que “en las novelas policíacas siempre se descubre al culpable, mientras que en la vida real esto rara vez ocurre”, pero tengo en cambio la sospecha de que la mayor parte de las infracciones delictivas acontecen en un plano en el que la lógica brilla por su ausencia. Además, el presupuesto narrativo de que todo crimen deja rastros tampoco constituye ninguna evidencia.
Tanto si tomamos como referencia las páginas de sucesos de los diarios, como si prestamos atención a las series televisivas, ahora dominadas por la figura del experto criminalista, lo que descubrimos en que rebanar el cuello a alguien o envenenarlo sin motivo aparente se ha convertido en una práctica habitual. Hasta el terrorista, antaño tan selectivo, elige sus objetivos al buen tuntún, sin más pretensión que la de desencadenar el mayor daño posible. El asesino de hoy mata como se vive, o sea, sin pensar. Los guionistas lo saben y, por eso, en vez de intrigar al espectador con argumentos sofisticados, se limitan a impedir que se duerma en la butaca. Una escena impactante ofrece más juego dramático que cualquier recurso sutil y posee la ventaja añadida de que no rompe el hilo de los anuncios, auténtico asunto de la televisión.
Alguien con tiempo e imaginación podría reconstruir la historia humana reciente analizando las variaciones que ha sufrido la figura del detective en la literatura y el cine. Cualquiera de nosotros, sin necesidad de hacer fatigosos esfuerzos, encontraría en su memoria de telespectador bastante material para emprender la tarea. Entre el manoseado cuadernillo del agente casposo y las relucientes probetas de los laboratorios de la moderna policía científica ha transcurrido poco tiempo, pero todo un mundo. Una de las cosas que se ve comparando las antiguas narraciones detectivescas con las actuales es que el procedimiento para resolver los casos apenas si tiene ya nada que ver con la argumentación. Más que la reconstrucción de los hechos, es decir, la busca de un hilo argumental, importa hallar pruebas que involucren al sospechoso. Si a Sherlock Holmes le interesaba la colilla como simple pista para dar con el homicida; al sabueso de hoy le interesa porque contiene restos biológicos incriminatorios. No digo que la policía no tenga que hacer una labor previa de investigación, aunque toda ella queda supeditada al hallazgo de pruebas incontrovertibles y a su cotejo con la información contenida en los archivos policiales, acrecentados extraordinariamente gracias a la cibernética. Cuando los carabinieri hallaron un montón de colillas bajo un árbol próximo al lugar donde saltó por los aires el coche del juez Falcone, las pesquisas se dieron por concluidas: bastaba con examinar los restos genéticos contenidos en ellas y esperar a capturar al mafioso que se las fumó. El día que se disponga de toda esa información biológica, descubrir al criminal será tan sencillo como aplicar la regla de tres.
Antes se creía que un crimen era resuelto cuando quedaban explicadas las circunstancias en que se había producido. El detective contaba la historia e implicaba al sospechoso hasta que demostraba su culpabilidad. Las pruebas eran decisivas, pero no concluyentes en el modo en que se exige hoy. Desde luego, cabía la posibilidad del error. Muchos inocentes han sufrido las tristes consecuencias de una argumentación equivocada. Hoy se trata por encima de todo de descartar esta posibilidad. El giro tiene que ver con la defensa de los derechos. Esto está muy bien, aunque las precauciones son tan escrupulosas que a veces los jueces se ven, para escándalo del público, en un callejón sin salida. Excepto en los casos de violencia de género –único delito en el que la inocencia no se presume-, los acusados, incluso los sorprendidos in fragante, permanecen hasta el último minuto bajo la cómoda calificación de presuntos, apelativo que sólo desaparece cuando son recluidos en una cárcel para iniciar su rehabilitación.
La tarea de preservar la ley es más difícil que la de destruirla. El policía siempre será para la civilización más estimable que el delincuente. También que el abogado, profesión que prospera en las grietas de la ley. Que la gente sienta más simpatía por los villanos y que en la eterna lucha por la justicia la voz cantante la lleven los abogados, que no combaten por ella, indica que las cosas no funcionan bien. De un modo u otro se tiene la impresión de que las leyes, la increíble maraña de normas y reglamentos con que nos agobian los legisladores, no siempre favorecen a la justicia. Los tribunales proceden cada vez de un modo más ciego, más mecánico, y la prueba es que nadie bromea a su costa, nadie excepto los gemelos turcos que acaban de ser exculpados en Alemania debido a la imposibilidad de precisar a cuál de los dos pertenecían los restos genéticos encontrados en la escena del crimen. ¡Y yo que nunca fui capaz de comprender por qué la Biblia llama sabio al rey Salomón!