¿Política económica o economía de la política?
viernes 10 de abril de 2009, 08:16h
Apenas ha trascendido nada de la primera reunión celebrada entre la nueva responsable económica del Gobierno español, Elena Salgado, y el titular de Fomento, José Blanco. Bien es verdad que se trata de una mera toma de contacto inicial, de las muchas que precisa el día a día de ambos ministerios. No en vano, el presupuesto que maneja Fomento es el que sufraga las inversiones más costosas y es, por tanto, sumamente generoso. Su antecesora en el cargo, Magdalena Álvarez -cuyas formas han ido acordes con el calamitoso balance de su gestión-, destinó una buena cantidad de recursos a mejorar las infraestructuras ferroviarias, descuidando el resto.
Por tanto, el trabajo que tiene ante sí José Blanco es colosal. Cuenta a su favor con la meteorología de la primavera, ya que no se prevé que nieve hasta el invierno y eso le salvará de las críticas que hubo de soportar Magdalena Álvarez por su responsabilidad en el colapso del centro de España. Pero con independencia de los resultados de su etapa al frente del Ministerio, al menos puede decirse que la ex-ministra tenía una preparación adecuada -Técnico de la Administración Civil del Estado-. En el PP la cartera correspondió a Francisco Alvarez Cascos, ingeniero de caminos. Para esta nueva andadura, Zapatero ha confiado en un estudiante de Derecho fracasado –José Blanco no terminó la carrera- cuyo único curriculum es el de haber muñido intereses partidistas en su faceta de comisario político. Precisamente por eso le ha elegido Zapatero, al igual que al resto: con Elena Salgado se asegura la obediencia sin rechistar -quizá por eso David Vegara se ha quitado de en medio, ante el trágala que suponía primar los intereses políticos por encima de los económicos-, y con José Blanco se garantiza el peaje que éste impondrá a las comunidades autónomas que deseen inversiones. Pocas veces un Ministro habrá estado tan poco cualificado para el cargo como en esta ocasión. Sin embargo, deberemos juzgarle por sus resultados. El problema, empero, es que estos hay que medirlos en relación a los propósitos del protagonista en cuestión: y es harto dudoso que el señor Blanco tenga otra cosa en la cabeza que ganar las elecciones. A costa de lo que sea, incluida la economía.