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El toreo: matar la muerte

José Suárez-Inclán
viernes 10 de abril de 2009, 08:54h
Matar la muerte. La sombra oscura y la luz que la combate. Enigma y génesis de todos los mitos y todas las religiones, misterio sin resolver entre hombres y dioses; alma y corazón del toreo.

Gustaba José Ignacio Uceda Leal últimamente vestir de azabache. De luces negras. Pero el domingo que inauguraba la Semana Santa no quería sombras en las luces. Y vistió un terno claro y luminoso, luces doradas sobre seda blanca. Un repentino infarto se acababa de llevar a su padre al territorio ignoto de las tinieblas. Así, había decidido llorar pérdida toreando; iluminar la sombra, devolver a la luz la negra envoltura del dolor. Quería Uceda cambiar el viaje del pelaje zaíno, del vendaval de tinieblas; quería torear, matar la muerte y dejarla viva en el recuerdo, en la luz clara de la tarde.

A veces los toros son un bello (o un triste) espectáculo, pero otras veces se denuda en ellos la fiesta trágica que se personifica e interpreta. Símbolos de carne y hueso. El origen de toda tragedia, que no es otra cosa que encararse con la muerte, jugar con ella en soledad y vencerla. (De momento). Fiesta trágica de antes de la tragedia, de Altamira y sus uros salidos de la cueva, expuestos a la luz de la razón, inteligencia ardiendo, tan despiadadamente humana, que pisa los terrenos misteriosos de lo divino. Bergamín, maestro, qué bien lo viste, qué bien lo dijiste. Con qué saber oscuro, o sea, profundo, que toca las tinieblas; con qué gracia luminosa, aún viva en tu sonrisa cervantina. La tarde del domingo la corrida revivió, una vez más, la más hermosa fiesta trágica, un chorro de luz, de vida, toreando las sombras de la muerte.

Copio, los apuntes que tomé en mi libreta desde las gradas de piedra de Las Ventas: «Domingo de Ramos. Nubes claras. Algo de sol, ligera brisa. Toros del Puerto de San Lorenzo, grandes, poderosos, oscuros, ofensivos. Se estrena al fin la temporada. Uceda Leal, albo y oro, con un breve lazo negro en la manga izquierda. Hubo un minuto de silencio. Había muerto su padre. Renuente a los aplausos —la procesión va por dentro; los ramos, también— se tapaba y tardó en saludar. La emoción le retenía en el burladero hasta que, breve y sin aspavientos, la intimidad cedió a la exigencia colectiva. Tras las palmas sentidas, las palmas de Madrid: de tango y con pancartas de protesta —“Vaya mierda de feria”— en los tendidos calientes de la capital. Y en estas ya había salido el primero, Argerón, 632 kilos, zaíno, ciclópeo, armado, de envergadura bélica, y Uceda le daba dos verónicas con gusto, sentidas, pensando en el más allá (“toreé para mi padre y para mí”, declararía días después). Salió, oro y turquí, Juan Bautista a quitar antes del preceptivo brindis a lo alto, a donde no hay vuelta, y una trinchera suave y densa inauguró pases al natural y derechazos en los que el toro iba creciendo con debilidad y codicia blanda, con engañosa fijeza, y de pronto, un derrote premeditado, casi sin rabia, enganchó el muslo del torero huérfano. A la altura del callejón, se repuso Uceda del desmayo con que salía en volandas hacia la enfermería, saltó a la arena, pidió un corbatín negro, ajustó un torniquete a la pierna, miró al toro, lo cuadró y lo mató de una estocada. El presidente sacó el pañuelo blanco mientras Uceda, entraba por su pie a la enfermería». La cornada, lo supimos después, era de veinte centímetros.

Continuó la corrida mientras operaban a Uceda en la enfermería. El último toro, Pitillito, un cinqueño negro, largo y hondo, sobrero de María Cascón, galopó dando vueltas y más vueltas al ruedo. Aún en la muleta de Juan Bautista buscaba una salida en la extraña luz del atardecer de Ramos —sin sol, sin sombra, sin focos— que diluyó imperceptiblemente toro y torero. De pronto estábamos todos mirando a la arena vacía. Un hondo escalofrío se apostó en las gradas.
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