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Patrias inventadas

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 13 de abril de 2009, 18:34h
Como ya es tradicional el PNV – a punto de pasar a la oposición en la comunidad autónoma por primera vez desde que se constituyó ésta- ha celebrado el pasado Domingo de Resurrección el Aberri Eguna o Día de la Patria Vasca. La tradición se remonta a los años treinta del último siglo, en plena II República, y era una manifestación más del mimetismo admirativo que los nacionalistas vascos sentían por el nacionalismo irlandés. Tras su secular sometimiento a Gran Bretaña, esmaltado de revueltas y enfrentamientos con la metrópoli, los nacionalistas irlandeses habían aprovechado la circunstancia de la I Guerra Mundial para, con ayuda alemana, alzarse en rebelión contra la potencia colonizadora, precisamente el Domingo de Resurrección de 1916. La elección de la fecha no había sido casual ya que, en aquella sociedad tan católica, los rebeldes quisieron simbolizar así la resurrección de la patria irlandesa después de tantos siglos de opresión. Los nacionalistas vascos, que inicialmente habían sido ferozmente probritánicos, como muestra el diseño de la ikurriña por parte de los hermanos Arana, habían evolucionado hacia posiciones favorables al nacionalismo irlandés que, convertido desde 1921 en Estado Libre, pero dentro todavía de la Commonwelth, avanzaba rápidamente hacia su independencia plena. Fascinados por el ejemplo irlandés, los nacionalistas vascos abandonaron el modelo cubano, que había sido su inspiración hasta entonces y, como ha explicado Jon Juaristi, esta influencia se dejó sentir en diversos aspectos del ethos nacionalista vasco y tuvo un claro reflejo en la creación literaria.

Al igual que ocurrió con la bandera, lo que inicialmente fue una celebración de partido se convirtió, con la creación de la comunidad autónoma, en una fiesta oficial. Una evolución esta que deja al descubierto una de las señas de identidad más significativas del nacionalismo vasco (con obvios paralelismos en todos los nacionalismos étnicos y excluyentes) que es la de tomar a la parte por el todo. Es evidente que los nacionalistas representan solo una parte, mayor o menor, del total de habitantes que pueblan la comunidad, pero ellos se sienten los únicos representantes legítimos de la totalidad y actúan en consecuencia. Cualquiera que no comparta su credo político identitario no merece el nombre de vasco, no es un buen vasco y se hace acreedor de la autoexpulsión o de la marginación. Condenado a una especie de muerte civil, no cuenta en sus cálculos ni en sus proyectos. En el caso del nacional-terrorismo de ETA no se descarta la eliminación física pura y simple: la muerte sin adjetivos.

En su conjunto se trata de unos supuestos y de una ideología, que, en su versión más radical, carece de cualquier punto de contacto con los principios y valores de la democracia. Este nacionalismo, como todos los demás, responde a planteamientos netamente contemporáneos, sin precedentes más allá de doscientos años, aunque a ellos les guste tanto recurrir al pasado. No hay en la historia rastros serios de estas naciones, que nunca lo han sido, salvo que elevemos a la categoría de nación pequeños hechos diferenciales abultados abusivamente al servicio de determinados intereses políticos. El PNV, con una historia algo más que centenaria, se ha propuesto la invención de una nación, sin más raíces en el pasado que el racismo, tan caro a Sabino Arana, y la reivindicación de una lengua de laboratorio escasamente utilizada por los habitantes de aquella comunidad. Pero no sería realista desconocer que, después de más de treinta años de control de todos los resortes del poder, y muy especialmente del sistema educativo, han avanzado muy notablemente en eso que el propio lenguaje nacionalista llama la “construcción de la nación”. Paladina confesión porque solo se construye lo que previamente no existe. Por medio de la descarada falsificación de la historia han atiborrado a las mentes de varias generaciones de niños y jóvenes con una sarta de patrañas que no aguantan el menor análisis histórico, pero que para las victimas que las han digerido se han convertido en dogmas de fe. A los alumnos del sistema educativo vasco no les ha hecho falta esperar a que se implante la famosa “educación para la ciudadanía” para que sus mentes hayan quedado conformadas a gusto y para beneficio del nacionalismo hasta ahora gobernante. Todo esto tiene un nombre: Totalitarismo.

A la vista de tales supuestos no puede extrañar que quienes se sienten propietarios de la comunidad autónoma sean incapaces de resignarse a pasar a la oposición. Para ellos se trata de una situación contra natura y no les entra que, en el procedimiento parlamentario, gobierna quien logra mayor apoyo en el Parlamento y no quien haya obtenido más votos populares. La regla es sumar escaños, no votos, y no es la primera vez que ocurre tal cosa en España, como bien saben el PP o CiU o, como en su beneficio, ocurre en la Diputación de Álava. Es inaceptable, en democracia, la actitud del PNV en el Aberri Eguna, que tiene todas las características de una pataleta, como la del niño al que le quitan el juguete ¡Y qué juguete…! Por cierto, ¿Cómo se pueden atrever a hablar de frentismo los firmantes del Pacto de Estella? ¿Por qué no aprenden lo que es la democracia estos totalitarios frustrados?




Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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