Querella contra Aznar
jueves 23 de abril de 2009, 20:49h
En mi opinión, la confusión sobre quién es nuestro enemigo –y, por ende, el error a la hora de identificar la naturaleza de la amenaza- se produjo casi inmediatamente a la identificación de Al-Qaeda como responsable del terrible atentado de Atocha. Una señora, entrevistada al azar en la calle en esas horas dramáticas, expresó de manera contundente lo que era un sentir generalizado en la opinión española: “yo quiero que los terroristas sepan que no hemos sido nosotros; ha sido el Gobierno”. Se refería, claro, al gobierno Aznar y a la ayuda logística y sanitaria que prestó en la segunda guerra de Irak. Como la querella de hace unos días, aquella ciudadana anónima establecía una relación de causalidad directa entre las bombas y la participación española en Irak. “Los muertos los hemos puesto nosotros” -declaró este pasado 4 de Abril, Isabel Casanova, madre de uno de los fallecidos- en la inteligencia de que las bombas se pusieron por “meter a España en la Guerra de Irak”.
Me parece que la clave del error en el razonamiento que nos propone la querella, reflejando la idea de una parte quizá mayoritaria de la opinión española, está en una preposición mal colocada y peor reflexionada. La pregunta que se formulan los terroristas no es porqué, sino cuando, cómo, dónde y…para qué cometer su atentado. Nos conviene utilizar la preposición adecuada para evitar la proposición equivocada: me temo que las bombas no se colocaron porque se había entrado en la Guerra, sino para que saliéramos de ella. Esa es la conclusión inevitable del “documento noruego”: un informe de 47 páginas -aparecido en la red yihadista Global Islam Media, una de las web del horror y del terror- y así llamado porque fueron los servicios de inteligencia de aquel país escandinavo quienes alertaron de su contenido explosivo en Septiembre del 2003. En dicho documento se dedicaban 6 páginas a España, aconsejando la comisión de "golpes dolorosos" en nuestro país, como vía para "forzar" la retirada de las tropas españolas en Irak, "aprovechando al máximo" la cercanía de las elecciones generales del 2004 porque –se argumentaba- debido a la impopularidad de la participación española en Irak, el Gobierno Aznar "no soportaría más de tres golpes". Ya sabemos que bastó con uno.
Sin embargo, lo que nos ocupa, y preocupa, en este razonamiento no es tanto el resultado electoral o internacional del atentado, como probar el hecho de que el propósito del ataque enemigo fue -y sigue siendo- pro-activo que no reactivo. Una constatación comprobable en otros documentos muy anteriores a la Guerra de Irak. Me pregunto si los querellantes enviarán un suplicatorio, con copia a los cementerios de París, para procesar a Waldeck-Rousseau o Emile Combes, “culpables”hoy -como responsables que fueron ayer (entre 1901 y 1904)- de la legislación de enseñanza laica que está en la base de la actual disposición contraria al velo, “causa”, según los terroristas, de la sentencia fundamentalista que pesa sobre el país vecino y de la que su oposición a la guerra de Irak no les ha podido librar. Como no nos hubiera librado a nosotros, con guerra o sin ella, en la medida que somos“culpables” del genocidio cometido con Al-Andalus, siglos atrás (Bin-Laden dixit). Por eso, en la llamada yihadista “contra judíos y cruzados” de 1998 ya aparecen referencias explícitas y violentas a los “renegados” españoles y un propósito decidido y definido de hacernos la guerra.
Estos testimonios escritos se apoyan en hechos inapelables. El ataque a las Torres Gemelas se produjo antes –que no después- de la intervención en Irak, del mismo modo que los atentados de Bali, Luxor, Casablanca y Turquía se perpetraron contra países musulmanes que se habían opuesto a la guerra. Por fin, los querellantes y la opinión, que tienen esa idea tan firme como simple de la causa de los atentados de Madrid, van a tener que demostrar cómo es posible entonces que, tras habernos retirado de Irak y pasar al bando de “los buenos”, tuvieran lugar varios atentados islamistas frustrados, alguno de tanta gravedad como el que estuvo a punto de hacer volar la sede del Tribunal Supremo y, con ella, toda la Plaza de París de la capital de España.
Antes o después, deberíamos comprender, sin necesidad de más castigo, que no estamos ante reacciones de resistencia, similares a la guerrilla española contra la invasión napoleónica o la resistencia francesa contra la ocupación nazi. Al contrario: estas políticas de violencia que estamos padeciendo no son reacciones de resistencia. Son acciones de revolución, al servicio de estrategias de poder. De un poder totalitario, se entiende, cuya expresión violenta no se ha desencadenado por ataques e invasiones, ni es consecuencia de intransigencia ni resultante de carencias. Desgraciadamente, con o sin Irak, el objetivo estratégico del fundamentalismo islámico es un poder teocrático que modele sociedades al estilo del Irán de Jomeini o el Afganistán de los talibanes y, la violencia sangrienta, su instrumento político. Lo demás son pretextos.
Por eso, resulta inútil que intentemos asirnos a lo ilusorio, como escape de hechos desagradables que terminarán imponiéndose. El mea-culpismo –como nos recuerda André Glucksman-no es un análisis: es un rito judeo-cristiano, un exorcismo que busca y encuentra al culpable entre nosotros. La búsqueda de una coartada explicativa simple que nos tranquilice y libere de retos temibles –por más que inevitables, a la postre- debería dejar paso a la constatación empírica de lo que el reiterado y macabro comportamiento nos muestra. A saber, que el terrorismo islamista es una forma activa, que no reactiva, de “guerra barata”: una economía de la violencia que enmascara una inferioridad política y militar evidente con estrategias del pánico. El famoso politólogo francés Dominique Moïsi -conocido por su oposición a la intervención en Irak- en un alarde de humildad intelectual, animaba a los europeos a admitir algunas verdades que hasta ahora nos hemos resistido a reconocer: que “no es la América de Bush ( o la España de Aznar) nuestro enemigo, si no la barbarie” fundamentalista dirigida contra “las democracias occidentales”, independientemente del inquilino de la Casa Blanca o la Moncloa, que nos enfrentamos a una realidad pavorosa y global, que nos ha golpeado antes de Irak y nos ha seguido agrediendo y amenazando después, que hay países que financian y entrenan a los terroristas y otros sometidos a regímenes tiránicos y totalitarios que se han dotado de armamento atómico con capacidad balística o están a punto de hacerlo. Evitemos, pues, falsas conclusiones y decisiones erradas con el pretexto de la tragedia de Madrid (o la de Londres). Digamos la verdad, toda la verdad, y no confundamos las cosas porque, al confundirnos de enemigo, nos confundiremos sobre el enemigo. Y eso es muy peligroso.
|
Editor de EL IMPARCIAL
José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador
|
|