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Crítica

Eric D. Weitz: La Alemania de Weimar

viernes 24 de abril de 2009, 11:14h
Eric D. Weitz: La Alemania de Weimar. Crítica de José Varela Ortega.
William Shirer, el conocido periodista y escritor norteamericano, nos cuenta que, cuando llegó a Alemania mediados los años veinte, se encontró con el lugar más apasionante de Europa, pero cobijado en una República que, curiosamente, no despertaba más que indiferencia, cuando no hostilidad. La República de Weimar (1919-1933) fue un régimen político interesante y una experiencia humana deslumbrante. Pero tuvo mala suerte.

Se engendró por guerra devastadora y perdida y una revolución fracasada fue su matrona pero también su cruz. Cuando parecía resurgir con vigor entre las cenizas de la guerra, la pobreza de la posguerra y la ruina de la hiperinflación, una crisis financiera mal gestionada la sumió en una larga depresión de paro y miseria. Entre esos condicionantes tan espinosos hubo de bracear el experimento de Weimar y esa historia difícil, torturada y trágica, pero apasionante, es la que nos proyecta Eric D. Weitz en La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia, un trabajo lleno de interés.

El lector encontrará una investigación profunda, enhebrada por un relato elegante y preciso, encabezado por un título equívoco: porque este libro está mucho más cerca de los estudios de Peter Gay que de los trabajos de Hans Mommsen. Por eso, resulta más relevante para comprender la cultura de Weimar que adecuado para entender las complejidades de la tragedia política.

Este libro acierta a iluminar lo que fue característico de aquel tiempo y lugar: Weimar fue una explosión de modernidad. En Berlín, sinfonía de una ciudad (Walter Ruttman) se da uno idea de lo trepidante y excitante de la Metrópolis (otra película emblemática) germana y, en general, de ese mundo innovador de la Alemania que renacía mediados los años veinte. Y por ese Berlín cosmopolita, lleno de fuerza y vitalidad, nos pasea Weitz, con la ayuda de artículos de periódicos, textos literarios, películas, fotografías de las revistas gráficas (otro de los inventos de la época).

Desde el bullicio de la imponente estación de Anhalter, nuestro autor nos conduce a la Potsdamer Platz, “el corazón de Berlín”, y nos hace entrar en el Café Josty, un local de moda, divertido y atractivo, donde es posible encontrar a la nueva mujer alemana, elegante, moderna e independiente. De la mano de alguno de los feuilletinistes más conocidos en la época, como Joseph Roth, y de grandes escritores como Thomas Mann y Alfred Döblin, Weitz nos lleva a callejear, “mirar y caminar, al mismo tiempo” (Hessel), por la Tauentzienstrasse y Kurfürstendamm, o la Leipzigerstrasse, una de las calles más elegantes de Berlín, donde se encentraban los grandes almacenes Wertheim und Tiestz, signo de una época y el primer pretexto que justificaba la independencia de la mujer nueva, dependienta y compradora. Pero nuestro autor nos introduce también en las nuevos barrios de la expansión urbana de aquel tiempo, edificados para “la familia moderna” de un sector terciario creciente de funcionarios y oficinistas: pisos pequeños y funcionales, pero confortables, higiénicos y soleados. Licht,Lluft und Sonne era la divisa de los pintores y arquitectos agrupados en torno a Bruno Taut, en lo que dieron llamar die Gläserne Kette, una arquitectura muy distinta de las siniestras e insalubres Mietkaserne, conventillos de bloques de seis pisos, típicos de los barrios obreros, como “Wedding el Rojo”, escenarios de las batallas entre comunistas y nazis.

Taut, Gropius y Mendelsohn, cada uno en su estilo, querían “abrir la puerta a los tiempos modernos”, como demuestran los almacenes Schoken en Chemnitz, la Torre Einstein, o el edificio Bauhaus, en Dessau. Aquellas obras se construyeron en la segunda mitad de los años veinte, por los mismos años en que se publicaron “El ornamento de la masa”, de Siegfried Kracauer, La Montaña mágica, de Thomas Mann, Ser y tiempo, de Martin Heidegger y La ópera de tres cuartos, de Brecht. Pero contra esa Alemania urbana, bulliciosa y cosmopolita, de artistas, intelectuales y profesionales apasionados por la modernidad, que se movía entre un millar de luces y anuncios, atestaba cafés y teatros, que escuchaba Jazz, abarrotaba las salas de cine, acudía a las exposiciones de Paul Klee y Kandinsky, compraba pintura expresionista o apreciaba los fotomontajes pioneros de Hannah Höch, conspiraba otra Alemania, representante de un nacionalismo radical y revolucionario: “que estaba al acecho, dispuesta a dar el salto…para que llegue […] el día en que arrasaremos esas guaridas de corrupción”.

Y, en efecto, llegó “¡el día del juicio final!” con que soñaba Goebbels. Pero no estaba escrito. Ciertamente, y a pesar de su aliento resentido y xenófobo, fondo disparatado e irracional, reacciones "histéricas", gestos "dervichescos" (Thomas Mann), rituales wagnerianos "primitivos" (Klemperer) y ademanes desencajados, aquella "enciclopedia del resentimiento" (Mikel Azurmendi) calaba en un contexto internacional viciado por el contenido punitivo de Versalles, una situación económica severamente lastrada por la crisis del 29 y un ambiente social asfixiado por un creciente desempleo. Es indudable que la situación era muy complicada pero en modo alguno desesperada y menos aún abocada a un desastre inevitable. El descalabro vino de las opciones políticas elegidas. Entre 1930 y 1933, muchos, demasiados alemanes creyeron, o quisieron creer, que una "estrategia de domesticación" del nazismo era posible. Una teoría que se demostró terriblemente errada en la resistible ascensión del nazismo, para tomar prestado el título brechtiano.

La idea de aceptar a los nazis en el juego político, coaligarse con ellos, pactar, intentar utilizarlos, atraérselos o dividirlos -que de todo hubo en aquellos años- la idea, en fin, de tratarles "como uno más" (Hitler), resultó decisiva. Fue una carrera al precipicio en pos del señuelo nacionalista que llevó a sectores significativos y respetables de la derecha y el centro a "una liaison dangereuse con el nazismo" (Ferguson). La estrategia de “integración” del nazismo condujo a un plan muy arriesgado: "contratar" (Papen) al "furtivo de guardia jurado" (Krosigk), en la peregrina noción de que era "el zorro quién mejor guardaba el gallinero".

En este sentido, es sabido, aunque frecuentemente olvidado, que Hitler no ganó el poder en unas elecciones ni su investidura de una votación parlamentaria. Fue nombrado Canciller por los poderes especiales que el artículo 48 de la Constitución de Weimar atribuía al Presidente Hindenburg. "Primero el poder, luego la política" (Hitler).

Con el decreto de poderes especiales de 28 de febrero y las leyes de plenos poderes y uniformización de 23 y 31 de marzo de 1933 –y en palabras del Kölnische Volkszeitung- la Constitución de Weimar quedó enterrada "sin un funeral de Estado". La ley de 23 de marzo se votó en el Reichstag y la votaron centristas y nacionalistas del DNVP. Antes, Hindenburg había concedido a Hitler el decreto de disolución del Parlamento. Aparte del propio Canciller, los nazis sólo tenían dos miembros en el gabinete. Pero los ministros centristas y nacionalistas del DNVP toleraron sin mayor tumulto (Toland) el terror sangriento de febrero y marzo, como "inevitables excesos" de los "nuevos vientos" (Papen).

La conclusión también es inevitable: Hitler, que no había logrado el poder de unas elecciones, tampoco lo había conquistado en una revolución. Se lo entregaron, primero, se lo confirmaron libre de controles y garantías, después, algunos políticos influyentes que, aun arrepentidos posteriormente, participaban de muchos de sus objetivos tácticos, comulgaban con unas ideas, una moral y un estilo patológico y siniestro de hacer política (Ayçoberry).

José Varela Ortega, editor de EL IMPARCIAL
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