La imagen que a lo largo de la historia nos ha llegado de la soberana inglesa con el reinado más longevo hasta la fecha en aquel país, ha sido siempre la de una señora mayor muy rígida y que nunca abandonaba sus elegantes trajes de luto. En “La reina Victoria”, dirigida por el franco-canadiense Jean-Marc Vallee, se descubre, sin embargo, a una soberana muy distinta.

La imagen que a lo largo de la historia nos ha llegado de la soberana inglesa con el reinado más longevo hasta la fecha en aquel país, ha sido siempre la de una señora mayor muy rígida y que nunca abandonaba sus elegantes trajes de luto. En
“La reina Victoria”, dirigida por el
franco-canadiense Jean-Marc Vallee, se descubre, sin embargo, a una soberana muy distinta de la habitual percepción que se tiene de ella, porque la historia que relata se centra en una
etapa bastante desconocida de su vida, la de los años de juventud de la reina que cambió para bien la vida de sus súbditos y que expandió el imperialismo inglés por buena parte del planeta.
Aunque los responsables del filme aseguran que el mismo está apoyado en un guión muy riguroso con la historia real, no deja de sorprender el retrato que realiza de la reina, que aparece aquí como una
mujer llena de vida, rebelde y apasionada, que disfruta de un amor de cuento de hadas. Con una infancia solitaria y tremendamente protegida, Victoria era, a sus 17 años, la única heredera de su tío, el
rey Guillermo (Jim Broadley).
La historia arranca precisamente cuando Victoria está a punto de cumplir la
mayoría de edad necesaria para suceder a un monarca enfermo, al que le queda muy poco de vida. Sin embargo, su madre, la duquesa de Kent (Miranda Richardson), y, sobre todo, su ambicioso consejero, sir John Conroy (Mark Strong), intentan desesperadamente que la joven firme una regencia a favor de su madre hasta que cumpla 25 años y, de esta manera, obtener el máximo
poder que ambicionan. Pero Victoria es ya una mujer de carácter fuerte, que se niega a pesar de las dudas que su juventud le provoca, y accede al trono apoyada por el Primer Ministro, que se convierte en su
principal aliado, aunque a veces dicha unión le provoque más de un disgusto de cara a sus súbditos.
Pero aparte de los avatares políticos que el cuidado
guión de Richard Fellows refleja en su justa medida, la cinta se centra en la historia de amor de la joven reina. Para tenerla bajo control, el rey Leopoldo de Bélgica había preparado concienzudamente a su hijo Alberto como futuro consorte de la soberana y, aunque no es lo habitual, el
matrimonio fraguado por intereses políticos y territoriales se convirtió en realidad en una historia de amor que duró 20 años, hasta que Alberto falleció a los 41 y la afligida reina se vistió de negro hasta su último día.
La joven actriz británica
Emily Blunt interpreta a Victoria en el que es su primer papel protagonista después de darse a conocer en otros títulos muy comerciales como “El diablo se viste de Prada” o “La guerra de Charlie Wilson”, y lo hace confesando una larga preparación de once meses para meterse en tan regio papel. El resultado es que Blunt se mueve muy bien en los rígidos corsés y, sobre todo, exhibe una expresividad gestual que traspasa las fronteras de la categoría de las películas de época, aportando a la cinta
grandes dosis de espontaneidad. También su pareja cinematográfica, Rupert Friend, aunque algo menos convincente, interpreta a un correcto Alberto, el joven príncipe que llega a la Corte inglesa e intenta cambiar el inútil rol de consorte para convertirse en un verdadero apoyo sólido y práctico de su real esposa.
En definitiva, se trata de un cuidado y entretenido retrato de la
Inglaterra de principios del siglo XIX, cuyo proyecto partió de Sarah Ferguson, fan declarada de Victoria I, que reclutó a
Martin Scorsese como productor de la cinta que pretende desterrar para siempre la imagen icónica de una fría reina vestida siempre de negro.