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Veronica Lario, Berlusconi y el teatro de la política

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 03 de mayo de 2009, 15:11h
Juro que esta semana había decidido darle tregua. De verdad: tenía ya listo un artículo sobre la libertad de prensa ya que según el último informe de Freedom House, Italia constituye el único país europeo en haber retrocedido de la categoría de “país con prensa libre” a país “parcialmente libre”. Una regresión anunciada debida a la concentración de los medios de comunicación en un único sujeto, el monopolio en manos del Presidente del Consejo. De verdad, el artículo lo había terminado: defendía mi columna de hace dos semanas sobre la libertad de expresión herida en Italia por la que, por cierto, fui tachado de izquierdista infantil. De verdad, estaba listo, reflexionaba sobre la crisis del periodismo italiano actual y de los medios de información en general. Finalmente, evocaba al gran Indro Montanelli, gracias a la sugerencia de unos de mis mentores político-literarios desde mi llegada a España que el pasado domingo me aconsejó la lectura de un largo artículo sobre este genio, que me devolvió la imagen de lo que significa ser periodista, independientemente de la fe política.

Pues nada. El Cavaliere (y el eco internacional de sus acciones y declaraciones) me obliga a revisar mis planes y volver a mi eterno e incondicionado amor: cuando no es él directamente, ahí está su esposa, Veronica Lario, para impedirme dejarle en paz. Últimamente me siento más cansino que La oreja de van Gogh.

La querelle con su esposa sobre los devaneos de Berlusconi con señoritas jóvenes y de buen ver (“una desvergüenza para la diversión del emperador") cumple todos los requisitos para ser adscrita en el género de la tragicomedia o, mejor conocida en Italia como sceneggiata napoletana: disputa familiar, ataque de celos, hijos llamados en causa por una y otra parte, herencia y dinero como substrato. Me he quedado con ganas de montar una obra teatral, quizás un musical (ya que Berlusconi también es compositor): la Lario que llora y se enfadada con Berlusconi declara que su familia es “víctima de está situación”; Berlusconi sonriente y en puntillas acusa a la prensa de izquierda y a la oposición de manipular esta situación (veo que no soy el único que usa temas recurrentes); cambio de escenario y flashbacks sobre la misteriosa presencia del Cavaliere en una discoteca de Nápoles (¡y que zona de Nápoles!) para festejar los 18 años de una modelo que le llama “Papi” y a la que ha regalado un discreto diamante; volvemos a Arcore (residencia de Berlusconi) donde la Lario se declara sorprendida y, con hastío, subraya que su marido nunca fue a las fiestas de sus hijos (añadiendo “a pesar de estar invitado”, puntualización que, siendo sincero, me ha sorprendido un poco); ahora, Roma, Berlusconi que cambia las candidaturas (otra purga: ¿y si fuera más estalinista que yo?), quita varias modelos (¡qué lastima!) pero antes de recordar que su objetivo es “renovar la clase política con personas cultas, preparadas, que no sean personas malolientes y mal vestidas como otros personajes, candidatos de ciertos partidos, que circulan por el Parlamento” (no sabía que el parlamento italiano olía peor que el metro; no me digan que hemos llegado a que antes de votar hay que hacer un test de higiene); finalmente la pareja se reúne y discute de sus cosas, acordando un mejor trato (económico) a los jóvenes hijos de Veronica (3 de los 5 hijos de Berlusconi), el ingreso en las empresas familiares y su presencia en las bodas (compatiblemente con la agenda de Aznar). Finalmente se abrazan casi en lágrimas y suena una canción de Berlusconi mismo sobre el valor de la familia. Entre bambalinas, el país arrinconado, en plena crisis con las victimas del terremoto aún sin casas, la economía a pico y el número de muertos por falta de seguridad laboral más alta de Europa. Sin embargo, se levanta el telón y la obra termina con Berlusconi que se arrodilla a los pies de su esposa pidiendo “disculpas” y declarando su inocencia (deformación profesional o costumbre histórica) mientras de reojo, mira al público, guiña el ojo y, con cara de pícaro, suspira: “¡Salvado otra vez!”

Reflexión final: ¿la Señora Lario no podía llamarle al móvil o esperar que se pasase por casa y soltarle todo eso dejándonos en paz? Sinceramente, comparto la indignación y la vergüenza por sus gestas (y no pueden imaginar cuanto…) pero no entiendo el voyeurismo, el uso mediático de una cuestión familiar, la privatización de la escena política y el deseo de hacernos participe de sus cuestiones íntimas. Hasta el retrato de mal padre: citando a Montanelli, “en Italia, un “buen padre de familia” puede permitirse impunemente ser un hombre malvado, un mal ciudadano, un desertor de guerra y un administrador ladrón”. ¡Bah! No sé porqué pienso en esa frase…

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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