Larra en el Alto del León
lunes 04 de mayo de 2009, 18:21h
Fue, en tiempos, un gozne entre las dos Castillas: la Nueva, que arrancaba desde Madrid, y la Vieja, a la cual daba la bienvenida Segovia. Muy cerca de la escultura pétrea del león con las dos bolas bajo sus zarpas quedan numerosos restos de trincheras construidas o excavadas en el suelo granítico. Ventisquero perenne, los dos bandos de la Guerra Civil libraron por aquí combates cruentos al poco de comenzar oficialmente la fase bélica de la discordia. Troceados lomas y collados, lo que ayer no era de nadie pasaba a ser “nuestro” o “suyo”, en cambiante vaivén. Por allí anduvieron, mucho antes, el Arcipreste de Hita y su grotesca serrana; la inscripción de una peña lo recuerda, y un cofre de madera guarda un ejemplar de su Libro de buen amor.
Caminando entre tales vestigios en este año de 2009 viene a la memoria, casi de forma inevitable, la voz de Mariano José de Larra, ésa que él buscaba sin encontrarla -según se lamenta- pero que hoy resuena vigorosa y plena de vida.
Asistió el poeta periodista a otra guerra civil, la primera de las Carlistas cuyo fin no alcanzó a ver, y le resultó pesada como la noche larga de un desvelado, a tenor de la melancólica imagen de su inolvidable artículo “Navidad del 1836”.
Sé que las celebraciones y aniversarios no gozan de buena prensa. Aburre la insistencia, se repite lo consabido y se resalta lo prescindible o una parte de la verdad que, aislada y desgajada de su razón vital, confunde y despista. Pero hay escritores a los que no conviene dejar en barbecho. Son aquellos provistos con el don de la lengua. Mariano José de Larra, de largo nombre como se estilaba entonces, lo tuvo. En eso es cervantino más que romántico, pese a su muerte, a sus amores infelices y al Doncel de don Enrique el doliente. Su escritura es tensa, atribulada, irónica y brillante; medita, a menudo, con el temple y la fuerza argumentativa de un ilustrado, y su estilo barroco anticipa, en ocasiones, la imaginería modernista. Tiene brío e ingenio y su palabra fluye acompasada al ritmo interno de la lengua. Sabía de la traducción y le preocupaba la salud de la lengua. Perdonemos, pues, el tedio conmemorativo y rindamos homenaje a su espléndida prosa leyéndola.